“La maldad existe”

Este es el título de un artículo escrito por Julián Marías allá por los años noventa, refiriéndose a unas matanzas horribles que tenían lugar en aquellos momentos en Ruanda, y de las que apenas se informaba.

“La maldad existe”. El título le venía como agua de mayo a quien acababa de obtener una licenciatura en Historia sin que jamás hubiera oído ni leído hablar de buenos ni malos (el gran dogma de nuestra época: “¡Oh, no hay buenos ni malos, el mundo no es blanco ni negro!”); nadie fue el causante de ninguna guerra, nadie el culpable ni el benefactor de nada; todo se atribuía a “los factores socioeconómicos”, que determinaban todo. “La maldad EXISTE”: nunca había oído una afirmación tan osada, tan provocativa. 

Si en esos años noventa se oía algún comentario sobre tan espantoso genocidio (tal fue, aunque de esa palabra se abuse tanto), se seguían las mismas pautas. Que si las malas cosechas, que si las malas políticas… A nadie se le ocurría pensar en algo obvio, pero en nuestra época silenciado: que cuando la maldad se apodera del corazón humano, una persona “normal” es capaz de cometer crímenes deleznables, de regodearse en la crueldad…

Es comprensible, sí, el querer mantener la neutralidad, el no querer “erigirse en juez” de nada; no pringarse, no ponerse de un lado, no sea que luego… Pero en la actualidad como en el pasado, la maldad existe. Las “circunstancias socioeconómicas”, el “sistema”… no bastan para explicar los hechos.

Para explicar la situación actual en España y en Madrid, la de octubre de 2020, se habla de “los políticos, los políticos”. Las deficiencias de nuestro sistema electoral, el error este o aquél, la acusación genérica de que “los políticos no son capaces de ponerse de acuerdo” (¿Y si les digo que cuando se ponen todos de acuerdo es peor…?).

Pues hay otro factor y es la maldad humana (“maldad”, esta palabra no figura hoy ni en un libro de texto de Religión de Primaria. Pues existe). Hay personas que no sufrieron lo más mínimo por las víctimas de la pandemia, que no intentaron que su número disminuyera, que no desearon mejorar la situación. Hay personas (que se llaman Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, José Luis Ábalos, etc, etc) que se alegraron de la ocasión para manipular mejor el país; en referencia a la Comunidad de Madrid, estas personas tuvieron la maldad de no desear su bien, sino su mal. Con fines políticos, dictaron leyes para empeorar su situación sanitaria y económica (y en definitiva, existencial). Dejaron adrede el aeropuerto de Barajas sin controles, para que  aumentara el número de contagios, y culpar luego de ello al gobierno autonómico. El plan del gobierno autonómico de reducción de movilidad por distritos, que estaba funcionando como se esperaba, bajando las cifras de contagiados, lo eliminaron por decreto, haciendo que todos se pudieran mover por Madrid (en un intento de que aumenten los contagios, para culpar de ellos al gobierno local), pero luego “cerrando” la ciudad y dictando restricciones de hostelería para arruinar la economía y culpar de ello al gobierno local.

“Factores socioenonómicos”

“El sistema electoral español”

“Es que hay un exceso de políticos, mirad a Italia que los han reducido”

Vengan causas, vengan explicaciones analíticas, a ver quién luce más su inteligencia deductiva. . Y no hablemos de buenos ni malos, que eso no se lleva.

Pero en esta pandemia, como en toda circunstancia humana, ha habido personas, y también políticos, que se han esforzado por mejorar la situación, que han sufrido con el sufrimiento de los ciudadanos, que han hecho uso de la imaginación y del esfuerzo para encontrar soluciones y paliativos. Y hay otros carentes de compasión, a los que no les hace sufrir el que los ciudadano sufran; al contrario, se alegran si eso contribuye a sus fines políticos. Como se alegraron ante el desastre ecológico del Prestige, como se regocijaron (cual los romanos aplaudiendo en el circo) ante el atentado del 11-M en el que sólo vieron una oportunidad política. Hay personas carentes de compasión.

Que sí, que en todas las guerras, en todos los procesos históricos, habrá que considerar las circunstancias socioeconómicas y las político-sanitarias, y las sociológico-higienizantes. Pero además… la maldad existe.

A pocas personas agradarán estas modestas líneas. Incumplen lo que se nos inculcó desde la guardería: que no hay buenos ni malos, que las cosas no son blancas ni negras… Pero, ¿es así? La bondad absoluta y la maldad absoluta, no digo que no sean infrecuentes. Y aun así se dan. Tenemos a Hitler (si dices Lenin parece que no vale… digamos sólo Hitler). Y tenemos a la Madre Teresa de Calcuta. Y miles de personas más, en ambos extremos. 

¿Que no hay buenos ni malos? Qué pena que en clase de Infantil, al oír ese dogma (“No hay buenos ni malos”) tan inculcado a la fuerza, contra toda evidencia,  qué pena que ninguna niña respondona de tres años le responda a su profe:

-¡Porque tú lo digas!




 

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