La Internasioná del castrato

No sé si han visto o escuchado al castrato del socialismo patrio que el otro día, henchido del deseo de lucir sus dotes vocales para la opereta, aprovechó el cierre de un mitin o de una charleta como de la tercera o cuarta edad, para decir ahí voy yo y ahora me vais a tener que aplaudir por mis cojones pelados de castrato.

En lugar de arrancarse con Aida, con El gato montés o con una escena retrechera de chulapos en La Revoltosa, no tuvo mejor ocurrencia que disfrutar de su efímero minuto de gloria levantando su puñito de castrato y entonando con timbre de barítono con pretensiones de tenor las primeras estrofas de esa composición nefasta que es el himno de La Internasioná, cuya traducción es aún más espantosa y que no pega ni con cola ni a martillazos.

Pierre De Geyter (un belga tenía que ser) compuso la música de ese himno intransitable y un tal Eugène Pottier, franchute, redactó la espantable y muy desfasada composición que ha envejecido tan mal que ahora quienes la cantan son burgueses con sueldos estratosféricos que viajan en Falcon y se construyen chaleres de 9 habitaciones y van a juicio apenas porque les molestan los gritos del vecindario cuando protesta contra ellos.

En fin, un ridículo infumable (uno más) que la cursilería retrosocialista no tiene empacho en engullir mientras reparte abrazos a terroristas convictos, confesos y a condenados a varios siglos de prisión.

Estos individuos del puñito y el himno desfasado engañan cada vez a menos gente, pero, esto sí, cada vez que llegan al poder compran voluntades por doquier con el oro de Moscú, que es el que le soplan, como aquella otra vez, al currito de a pie de las Cajas de Reparaciones y de los montes de piedad, pero ahora a base de inflación, subidas de impuestos y sablazos para repartir algo del material sobrante entre la plebe.

En fin, que da tanta grima escucharles entonar ese esperpento como si tuvieran los hombros encanecidos por la caspa, aunque los castrati como el del otro día deben sentir el repelús del cuñado del vozarrón que no desaprovecha la cena de Navidad ni una barbacoa para asestarle a la familia su donosura lírica cuando se arranca con el tamborilero o con una de Manolo Escobar.

Qué peñazo, madre.

He dicho.

….




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *