La inteligencia rota y los lameciruelos

Por si aún existe algún despistado, les recuerdo: hay una epidemia de un nuevo coronavirus, de origen chino, con una incidencia desigual entre la población mundial en cuanto a contagio y letalidad del mismo. Especialistas del mundo entero andan estudiando cada vez más cosas sobre su comportamiento, lo que ha obligado a rectificar asertos y a corregir recomendaciones, en España especialmente, donde no ha existido nunca un plan que no hayan sido medidas improvisadas para combatir la epidemia, lo cual ha originado flagrantes contradicciones y errores, a menudo aprovechados por la autoridad para tapar sus acciones y sus fracasos políticos.

Hasta aquí, algunas de las líneas descriptivas principales, aunque bien se podrían añadir algunas otras consideraciones, también elementales, tales como la expansión de un miedo atroz transmitido a la población que tal vez supera la concienciación social y la prudencia, a todo lo cual no es ajeno el hecho de haber tomado la decisión de un largo confinamiento general y absoluto de la población que ha paralizado la actividad económica y social del país casi al completo en lugar de adoptar medidas activas de búsqueda masiva y de combate contra la expansión de la epidemia mediante, entre otras, la cuarentena de personas sospechosas y contagiadas.

En definitiva, con este cuadro básico, que se ha ido ampliando en cuanto a datos no siempre lógicos ni del todo coherentes, lo que intento decir es que caben aún demasiadas preguntas y casi cada día surgen otras nuevas que en ocasiones han desvelado palos de ciego y numerosas erratas en el comportamiento de la autoridad competente. No es infrecuente que cuando periodistas y profesionales de distintas ramas han señalado tales contradicciones, los responsables hayan respondido con explicaciones que constituyen hipótesis inciertas planteadas con los consabidos “tal vez”, “quizá”, “probablemente”, etc, lo que da pie a un nivel de incertidumbre que no se corresponde en absoluto con muchas de las tajantes medidas ni de los asertos rotundos con los que nos han trufado estos primeros casi seis meses de locura.

A estas alturas de este artículo creo haber sumado suficientes elementos como para que cualquier mindundi televisivo o digital me haya encasquetado ya el calificativo de “negacionista” y si estuviese siendo entrevistado en un programa cualquiera casi no me cabe duda de que el grafista de dicho programa me habría etiquetado a pie de pantalla con ese apelativo que te convierte en una especie de conspiranoico al que el resto de contertulios de un plató miran con la condescendencia de quien escuchase a un majadero que cree que la tierra es plana.

Uno no entiende que alguien que razone y utilice la lógica para detectar paradojas y contradicciones evidentes, a la vez que la Ciencia y la versión oficial no logran aclarar dudas ni explicar la irracional apariencia de las cosas, pueda ser tildado alegremente de “negacionista” por una banda de incompetentes y de irreflexivos genuflexos que ya acreditaron la ridiculez y la letalidad de sus asertos al inicio de la pandemia.

Menos aún resulta comprensible si se tiene en cuenta que jamás se les ocurriría utilizar semejante palabro para quienes niegan la biología misma. Por ejemplo, no se atreven a tildar de tales a quienes aseveran que alguien es mujer, hombre, tigre de bengala o de raza negra según la elección particular de cada uno.

En este sentido, todo el femicinismo y la inmensa mayor parte del activismo LGTBI, y hasta el de los ecolocos radicales del cambio climático, son negacionistas de tablón de anuncios y constituyen por sí mismos una hipérbole de la irracionalidad caprichosa, arbitraria y acientífica que merecerían ser etiquetados con gran jocosidad y cachondeo de negacionistas hasta del sentido común y de la evidencia.

Esa turba desparramada de secuaces actúa como una manada de primates que no piensan, sólo aplauden o envilecen cada asunto encaminado a la reflexión de lo que sucede ante nuestros ojos y se encargan apenas de acallar y oscurecer cada mensaje que, acertadamente o no, alguien expone fuera de las andanadas oficiales destinadas a provocar la pasividad de la masa hasta hacerla cómoda, sumisa y complaciente incluso más allá de las consecuencias terribles de la epidemia y de las excepcionales medidas que se adoptan con la excusa de la enfermedad.

Nunca, jamás, la irracionalidad triunfó a medio o largo plazo cuando se plantearon dudas razonables o se reflexionó en voz alta con una lógica aséptica y rigurosa. No significa esto que toda vez que se planteen argumentos de apariencia lógica o racional, estos pesen lo mismo o que le otorguen verdad por ello a lo expresado, pero me parece obvio que sólo con ese método empírico y escrupuloso de escuchar la discrepancia cargada de lógica y conocimiento se puede avanzar en el hallazgo luminoso que nos permita despejar las dudas y alcanzar las soluciones.

Lejos de esto, lo que tenemos delante nuestra es a una pléyade de chupatintas casposas y de ágrafos lameciruelos programados como robots para amplificar las arbitrariedades y ocurrencias de los inmensos manipuladores que los agitan como a un banco de sardinas anfetamínicas a las que les arrojasen un cebo.

No es por sangrarlos demasiado, pero no llegan ni a tribunal del Santo Oficio, porque son inquisidores de pelambre parvularia y nivel de comprensión analfabestia cuya única misión en esta vida es permanecer en la espuma de las consignas y las pegatinas, que lo mismo te escupen la etiqueta de “facha” que la de “negacionista” sólo por exigir que la inteligencia humana no sufra demasiado cada vez que abren la boca o desenvainan su memez sin lustre y acalorada. Epidemiólogos del negacionismo, no, gracias.

He dicho.




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *