La insoportable levedad de la lascivia

“Miradas lascivas”…, dice la ministra que le palmeaba el culo a su churri en los mítines y saraos del partido y que le hizo tasajo a su predecesora en el cargo, la tal Tania Sánchez, ubicada detrás de una columna en el Congreso de los Diputados sólo por certificarle un repudio y una humillación repentina que le engendraban a la susodicha miradas tipificables en el Código Penal como delito de odio.

Y es que ser pareja o compañera sentimental del líder, en Podemos, como en toda organización de izquierdas o en cualquier tiranía, es un cargo orgánico de primer orden, no se olvide.

En los soviets o en el apabullante comunismo chino, pasando por todas las nomenklaturas dictatoriales, el privilegio de ser la camarada oficial del caudillo (compartas sábanas o no, que esto no es imprescindible, porque el líder yace dónde y con quien quiere como un derecho de pernada) es el cargo más relevante y por antonomasia de la cúpula interior, con sus pechinas, su linterna, sus tirantes, nervaduras y sus arcos apuntados.

En el altar mayor del socialismo, la camarada consorte del timonel comparte siempre las mieles del poder con el “Deus ex machina” tronante en el frontón a modo de Pantocrátor, al alimón con los héroes de la causa, sean éstos Marx, Engel y Lenin, o Stalin, Fidel y el Ché, situados por encima, en un nivel teológico superior.

La consorte disfruta de la derrama caprichosa del poder que emana de los dioses, así como de las reverencias de la turba, ya sea mediante aplausos enfervorizados, como Evita asomada a los balcones, o accediendo a una cátedra de pago, como Begoña o como ahora Irene, dispuestas a aflojar 180.000 euros salidos de las arcas del Estado para comprarse un birrete con flecos y una toga de colores fuchinosos adornados con una banda de raso y unas hojas de laurel o de roble que hable de las excelencias de su condición subsidiaria por la vía de compartir el baño y los desayunos.

La consorte no tiene otra tarea que ejercitarse en la derrama del reconocimiento de derechos a los descamisados, porque en su función secundaria destaca por su labor de beneficencia y de devolver parte de lo que el líder le ha esquilmado a la muchedumbre de los siervos con anterioridad. De modo que si el Caudillo les arranca la libertad, la hacienda o la misma vida, luego llega la consorte y les devuelve el derecho a arreglarse los dientes o a una libra de arroz y a comer pollo una vez al mes.

O sea, que la consorte es el tubo de escape de un motor de explosión que está siempre a punto de la asfixia por los gases que acumula y, si la carestía de la vida, el precio de la electricidad o el desempleo se disparan, siempre nos queda el dulce recurso de empoderarnos y respirar el aire puro de denunciar a un paseante por miradas lascivas o a un marido por abusos, que es el reconocimiento del sufragismo decimonónico que acogota a las señoras y que a algunas en el PP las incita a reclamar “más mujeres” igual que podrían solicitar más asiáticos o más personas con ojos color miel, como aquel poeta-ganadero, Fernando Villalón, que se arruinó en el ensayo de criar toros de ojos verdes como la albahaca. Y todo esto, ya se sabe, es cosa de masculinidades, porque los “peep-shows” y las despedidas de soltera con un maromo agitando sinuoso la bragueta encima de las asistentes no existen y a Paul Newman y a Johnny Depp todas lo mirarían como a un “daddy” que las lleva al cole.

Lo que vengo a subrayar es que Irene Montero pretende cárcel inmediata y sumarísima, en 30 días, para las miradas lascivas y lo próximo será para los pensamientos oscuros, en cuyo caso José Luis Ábalos saldrá huyendo por Andorra antes de que le den caza y llenen las calles de confesionarios donde cualquiera podrá exponer sus pecados y arrepentimiento ante la furia de los agentes de la Montero para expiar sus pecados de pensamiento, obra u omisión.

Al fin, Cristina Almeida, Pilar Rahola y la Colau podrán pasear tranquilas por las calles sin tener que soportar la lascivia impropia del populacho.

He dicho.




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