Se supone que la actitud elegante al entregar un regalo incluye el darle, por parte del que regala, la menor importancia posible. Se dice: “Te he traído un detallito…”, con aire indiferente. Ciertas fechas ayudan, pues permiten dejar caer, con aire casual: “Los Reyes (Magos) me han dejado una cosilla para ti…”.


No es elegante anunciar con anticipación que se va a hacer un obsequio, entregarlo con solemnidad, hacerse dar las gracias. Y menos “seguirle la pista al regalo”, preguntar al recipiendario si “le ha gustado”, si lo utiliza, si lo sigue utilizando, que dónde lo ha colocado.

No esperemos, sin embargo, que la “elegancia” sea premiada con mayor agradecimiento. Muy especialmente al tratar con niños, si una quiere, no ya que se lo agradezcan, sino que el regalo les haga más ilusión, la técnica a seguir es la contraria a la elegancia. Anticipar el regalo, anunciar el regalo, aplazar la entrega del regalo, entregar por fin EL REGALO a bombo y platillo… todo eso hará que el niño le guste, lo aprecie, lo comente… El pariente elegante que le entregue un obsequio igual o mejor, pero de modo discreto y silencioso, verá cómo al objeto no se le hace ni caso.


Y es que las palabras, al contrario de lo que se dice, impactan más que los hechos. Las palabras provocan la expectación, el placer de ilusionarse un poco. Dan algo de alas a la imaginación, tan adormecida hoy día en los atiborrados, hiper estimulados niños. Ya que el desear algo y esperar a tenerlo es un fenómeno cada vez más escaso en los infantes europeos, al menos eso de “Te tengo un regalo” provoca una mínima intriga.

Esta actitud es una constante: se agradece más al que se anuncia con pompa que al que más hace. Una novela inglesa describía la vida de unos niños huérfanos que tenían dos tías. Llamémosles la tía Loli y la tía Pepi. Pues narraba así: “La tía Loli se fue a vivir con ellos, se ocupó de lavarles, de hacerles de comer, de llevarlos al colegio, de remendar su ropa. La tía Pepi, que vivía en la ciudad, hizo las tareas fáciles y agradables, como mandarles regalos en Navidad, y fue en consecuencia mucho más querida”.

Traslademos las novelescas tías a los progenitores modernos; normalmente uno carga con lo duro e ingrato, y el otro, el que menos los ve, desde el glamour de la distancia y con tres fruslerías, es el depositario de la ilusión, la idealización y el afecto.

No hay que tomar esto como una “injusticia” a remediar. Es ley de vida, no se trata de cambiar la psicología humana, sino de  aceptarla. Al fin y al cabo, alguien tendrá que ocuparse de las penosas tareas prácticas que requieren lo niños, y es normal que éstos no experimenten un especial agradecimiento por cosas cotidianas que dan por obvias.

(Hay quien dice: “Un día te lo agradecerán- un día se darán cuenta…”. No; no suele ser así ni hay que esperarlo. Algo tan pasado de moda como “la satisfacción del deber cumplido” es la única compensación posible. No esperemos otro reconocimiento ni hoy ni mañana ni nunca).

Pues así son los niños.

Y los pueblos son como niños.