La infancia

Una vez más, el enorme poder de las palabras (¡nunca se dirá lo bastante!) ha hecho casi imposible que surja la menor crítica hacia una ley de un disparatado que no entra ni en cabeza humana… pero que lleva el bondadoso, incuestionable título de “Ley de Protección de la Infancia”.

Muchos supimos de esta nueva ley mientras oíamos, por una emisora de radio habitualmente crítica con el Gobierno, una entrevista con una representante de “los menores”, satisfecha con lo conseguido, y a duras penas concebíamos la actitud del entrevistador, tan complaciente, por lo visto tan satisfecho él también… Claro, una ley que “protege a los menores”, ¿quién va a decir que no? Imagino que muchos oyentes, personas que oyen la radio para entretenerse pero que tienen sus propios problemas (no van a dedicar todo su espíritu crítico y analítico a una cosa que no les concierne directamente, y con la que profesionales que le merecen cierta autoridad – en este caso, locutores con los que suelen estar de acuerdo, – se muestran contentos), pues influidos por el tono de la entrevista, den por hecho que es cosa buena y pasen a otra noticia sin más. En medio de nuestra enorme crisis, de la pandemia, de las restricciones, de todo, pues “se ha dado un paso para proteger más a la infancia”. Pues qué bien; es más cómodo no darle más vueltas…

La defensora de la ley explicó que el plazo para denunciar abusos sufridos en la infancia se prolongaba hasta que la víctima tuviera treinta y cinco años (“Hubiéramos querido que fuera hasta los cuarenta, pero bueno”); que sólo en el momento de la denuncia empezaba a contar el tiempo hasta que el delito prescribiera (quince años), es decir, como resumían los periódicos al día siguiente (todos muy contentos, muy satisfechos), que el delito de abuso o maltrato a un niño podía no prescribir hasta los cincuenta años cumplidos de la víctima.

Acaso hace falta detenerse un poco para comprender que la ley no va tanto a “proteger a la infancia” (el destinatario inmediato no es la infancia, sino los treintañeros) sino a promover, estimular y alimentar una fea tendencia ya muy en boga en la sociedad y que lo que menos necesita es ser estimulada: el victimismo, el rencor, y el ansia desordenada de reclamaciones y compensaciones por agravios reales o imaginarios de un pasado remoto; el querer prosperar en la vida a base de reclamar y exigir reparaciones, en vez de mirar hacia adelante y pensar en lo que uno puede hacer.

Es normal que pocos osen, no ya decir, sino hasta pensar estas cosas, pues la sola idea de ser acusado de “no proteger a la infancia”, la sola idea de que a uno lo asocien con “los abusadores”, pues es comprensible que selle no ya las bocas sino hasta las mentes. Pero alguien tendrá que decirlo.

La protección a la infancia es acaso el único valor que hoy tiene vigencia absoluta en la totalidad de esta sociedad “plural”. Creyentes y ateos, personas de toda ideología, que no están de acuerdo en nada, sí lo estarán en que hay que procurar el bienestar, y hasta la exaltación de los niños (al menos de los niños ya nacidos. En esto, unanimidad todal). 

Como toda idea llevada a la obsesión, esto de ultraproteger a los de una franja de edad, colocándola en una categoría distinta del resto, pues… resulta a veces incongruente. Los miembros de una sociedad están entrelazados. Cabe pensar que el niño a cuya mamá asaltan unos delicuentes comunes, y la dejan traumatizada y acuchillada, que ese niño sufrirá más que si el papá (ejemplo anticuado de cosa que ya nadie hace, pero por decir algo) le da un manozato en un enfado. No obstante, lo segundo entra en la categoría de “maltrato a un Menor” (cosa que se podrá denunciar hasta treinta años después del hecho, y que prácticamente no prescribe), mientras que lo primero es un simple delito común  sin mayor importancia.

Se podían decir tantas cosas… He puesto el ejemplo, anticuado, de un manotazo a un niño. Hoy esto no se hace, pero, ¿y si dentro de treinta años el dejar a un menor sin el móvil un fin de semana, por ejemplo, se considera maltrato- con las mismas connotaciones de crueldad y brutalidad que hoy tiene el dar un bofetón? Permitir que algo se pueda denunciar decenios más tarde de producido el hecho, en una sociedad tan velozmente cambiante de valores y criterios, es algo disparatado en sí mismo – no cabe el alegar: “Fíjate qué horror, el maltrato a la infancia” como justificación de ese absurdo. Justo si se la quiere proteger, no se deben dictar normas absurdas.

La Justicia, como institución humana, no está para investigar agravios personales del pasado remoto. Es un instrumento para permitir el funcionamiento de la sociedad actual. (Es muy posible que la cosas que nos hayan hecho más daño en la vida caigan fuera del ámbito de la justicia humana… pero esto no queda sino aceptarlo).

Alguien dirá que pongo ejemplos de nimiedades, pero que la pedofilia es una realidad espantosa. Evidentemente (no hay delito que tenga peor prensa. Hasta en las cárceles, los internos por esa causa son los peor vistos, peor que grandes asesinos múltiples). Hay un acuerdo general en que ese delito es el más repugnante de todos.

Pero, ¿cómo combatirlo? Pues si hay unanimidad en que es el delito más vil, lo cierto es que no para de aumentar (así como las violaciones). Pues, ¿por qué no pensamos si ciertas noticias secundarias que que salen a veces –“la alcalde de Getafe anima a las adolescentes a masturbarse”, como esto mil cosas todos los días- si estos hechos, aparte de la obscenidad y el mal gusto, no son dañinos de manera mucho más profunda; si no promueven y exaltan todo tipo de perturbaciones, si no desembocan en los hechos que queremos evitar…?

Un adolescente, qué digo, un niño promedio ya tiene al alcance de la mano muchísima pornografía y cosas peligrosas. Ya lo sabemos. Pero si encima desde las instancias oficiales, desde la política, desde el colegio, desde los puestos de autoridad, se les impone tempranamente una información detallada e innecesaria de los detalles más viscerales de la intimidad, y se les atiborra de un lenguaje que anula especialmente la intimidad femenina (lo que antes era inviolable)… ¿nadie ve que eso favorece – bueno, que se está ya produciendo una violación de algo sagrado? ¿Cómo se extrañan de la superabundancia de abusos, si parece que la promueven – con tanta fijación obsesiva en lo más animal del ser humano?




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *