La idiotez florida desiguala mucho

Hasta hace un rato, como quien dice, y durante muchas décadas, las Casas Ducales españolas que mayor número de títulos nobiliarios acaparan (dos de ellos más que la de Windsor) estaban encabezadas por mujeres: Medinaceli, Alba, Medina-Sidonia, Osuna, Infantado… A nadie oí pedir la paridad en ese tiempo.

En 1968, la activista Valerie Solanas, encumbrada como referente de la llamada “lucha feminista” con su manifiesto Society for Cutting Up Men (SCUM, término que significa “escoria”), traducido como “Sociedad para el Exterminio de los Hombres”, descerrajó 4 tiros sobre el artista pop Andy Warhol apenas por llamar la atención sobre su proclama de odio contra los varones y terminaría por ingresar en el Hospital Psiquiátrico de Bellevue, South Florida, por tendencias homicidas, lo cual no dista en realidad ni un cícero de las pancartas “machete al machote”, “hetero muerto, abono pa mi huerto” o “el machismo mata más que el coronavirus” del 8-M, que es de lo que habla este pretendido feminismo de Irene Montero y de su directora del Instituto “de las Mujeres” (sic), la tal Beatriz Gimeno, que sugiere penetrar a todos los hombre por el ano mientras se lleva 59.000 euros de sueldo y otros 58.800 más por complementos caprichosos otorgados por su jefa.

Por más que se empeñen en disfrazarlo de igualdad de derechos, brecha salarial, violencia de género y otros eufemismos, aquí de lo que hablamos es de un movimiento programado para un mangazo fantasmagórico que va más allá de las cantidades que reciben las que encabezan el chillerío y que para sostenerse precisa, como le ocurría al emperador con las legiones de Roma o a Carlos V con los Tercios, esparcir la inexcusable soldada entre la tropa.

Lo malo de todo esto es que, cuanta más propaganda vierten sobre el asunto y más “logros” alcanzan en su disparate (también los llaman “avances”, que tiene algo de ardor guerrero en la batalla), más cerca están de lograr el desfase definitivo que hunda al movimiento en un desfiladero profundo y sin salida, pues, por cada abuso que estas leyes alientan sobre un varón, crece exponencialmente el número de víctimas madres, hermanas, hermanos, abuelos, hijos, familiares en general y amistades afectadas por la desequilibrada agresión a los derechos de la mitad de la población. A su vez, sus hijos, hermanos y parientes también serán alcanzados algún día por tal desequilibrio.

Sucede igual o parecido con el cuento chino de la brecha salarial, que comienza también a flojear como argumento porque es a todas luces una filfa, y lo veremos repetido en lo de la presunta discriminación laboral, de la que dijeron que bastaba con mirar las profesiones cualificadas o los puestos directivos, olvidando, claro está, que en España da igual si eres hombre o mujer para estudiar y obtener una plaza por oposición en las mismas condiciones y en las empresas privadas les importa un guano tu sexo siempre que pongas el talento y el esfuerzo a su servicio.

Mientras ese momento llega, esto sí, miríadas de políticos cobardes y directivos que actúan como secuaces se acomodan en sus poltronas y van cediendo jirones del presupuesto a costa de los verdaderos desahuciados. O arrasan con la verdadera igualdad y con los derechos esenciales de la mitad de la población a sabiendas de que el fracaso escolar entre los jóvenes crece muy por encima del de las jóvenes y de que las licenciaturas universitarias se disparan en el caso de ellas, así como se mantiene que el 85% de los “sin techo” son hombres, el 98% de las muertes por accidente laboral son varones y los hombres más que triplican a las mujeres en muertes por suicidio o por “envenenamiento accidental”. Por expresarlo con un dato foráneo: el 100% de los bomberos fallecidos en las tareas de rescate de las Torres Gemelas (343 en total) eran varones… y daba igual el “género” asignado.

En esta larga y sinuosa vía (“The long and winding road”, cantaban The Beatles) del igualitarismo han llegado a la impostura de que la posibilidad de embarazarse sea una causa de desigualdad hacia las mujeres, pero puestos a ser rigurosos no sería “hacia”, sino “desde las mujeres”, es decir, derivada de su condición de tales y no causada por ningún sistema opresor distinto del que la propia naturaleza atribuye a su capricho.

Para corregir esa diferencia (llámenlo desigualdad, si lo prefieren enunciar en estos términos de confrontación) se pueden pedir y desarrollar medidas, que ya existen y me parece bien, pero entonces también cabría plantear que se aminore la desigualdad que genera no poderse ganar la vida como Naomi Campbell o como un atleta de élite por no poseer un físico ni semejante.

Como ciertas causas de desigualdad son consustanciales a la condición propia de cada ser humano, el resultado es que se rebajan los requisitos exigidos para ser bombero y las leyes interceden para que se practique esa discriminación positiva, pero ocurre entonces que todos podríamos reclamar que no sea un obstáculo la condición física aparente para jugar en la NBA, ni para que la falta de predisposición para las matemáticas constituya un obstáculo para trabajar de ingeniero en la NASA. Es más, podrían imponer cuotas de paridad también en eso, de forma que al menos la mitad de ingenieros de la Samsung no sean capaces de desarrollar una ecuación compleja. Sería lo justo porque es lo igualitario, según la meninge de Montero.

No obstante, lo más reciente era exigir “no tener miedo a volver a casa solas de noche”, pero eso equivale a exigir no tener vértigo cuando te subes a un andamio de un rascacielos. En realidad, lo que se puede reclamar es aminorar todo lo posible el riesgo, pero pretender que se elimine el vértigo (o la Ley de la gravedad) es un desideratum, más allá de que casi el 100% de quienes construyen los rascacielos resultan ser varones.

Aun así, la farsa de los enunciados del feminismo radical (¿acaso hay otro?) es aún más grave, porque no hay un concepto “mujeres” (tampoco “hombres”) mucho más allá de su significado descriptivo biológico. Fuera de eso lo que existe son individuos de una misma especie (la humana), condicionados por un cúmulo casi infinito de variables, desde las biológicas, psicológicas y ambientales a las culturales e incluso las casuales, propias del azar (lugar y época de nacimiento), las sociales y económicas suyas y de su entorno, etc.

Ni yo tengo causas comunes q me identifiquen de modo general con un ladrón pakistaní que vive en las montañas (aparte la pura biología carente de significado a estos efectos), ni ninguna mujer de África se parece en nada a una feminista que hace como que trabaja al frente de un Ministerio. En fin, la impostura global es una pasta indigerible que no arregla nada, salvo allanarle el camino al dislate colectivista que tanto gusta al anti capitalismo.

Y es que, a menudo, la verdadera causa de “desigualdad” no es el heteropatriarcado, sino la idiotez florida y reconcentrada. Eso desiguala mucho.

He dicho.




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