La huella

Andaba días atrás como ustedes, abrumado por los acontecimientos del aeropuerto de Kabul, impotente ante el drama humano de tantas familias queriendo abandonar su país por el miedo a perder la vida, pero con la sensación de que el drama queda muy lejos, cuando al tomar un café en un bar de la Alfalfa, en el centro de Sevilla, se me acercó un camarero con acento árabe, de unos treinta años, que había sido traductor afgano de nuestro ejército, y que en pocas palabras, tras sacarle yo el tema, me contó que había pedido ayuda al gobierno español para repatriar a su familia, la cual había sido amenazada de muerte por los talibanes debido al trabajo que él había realizado con los españoles. 

El drama se me presentaba ahora frente a mí, con un rostro, una voz y una mirada que denotaba la desesperación de quien se enfrenta a la incertidumbre de no volver a ver a sus familiares. Me vino a la memoria, no sé por qué, una de las consignas más repetidas en aquel lejano Mayo del 68, “La libertad no se concede, se conquista”, porque la Historia nos enseña que una democracia como sistema político no se puede imponer, y mucho menos regalar. Occidente ha llegado a esta forma de gobierno, a grandes rasgos y dejando a un lado la antigua Grecia, tras pasar por una Edad Media, un Renacimiento, un siglo de las Luces y finalmente una Revolución Industrial, etapas que no se han dado en otros continentes, ni tampoco en países como Turquía, Rusia o China: no podemos pretender que en dos décadas se instaure en un país de Asia Central como Afganistán, una democracia, cuando los principios de ésta chocan abiertamente con sus milenarios valores culturales.

A este respecto he leído en varios reportajes que “aquello es como nuestra Edad Media”, afirmación que denota un gran desconocimiento en quien esto dice sobre aquel período histórico, que ni fue homogéneo en los más de siete siglos que duró, ni fue un páramo de cultura, como demuestran las numerosas manifestaciones artísticas de todo tipo (literatura, arquitectura, escultura, etc.) que nos legó.

En relación con la reciente salida de tropas de Afganistán y de muchos colaboradores nativos (“el puente aéreo más difícil y más grande de la Historia” según el alto mando americano), junto a atinados y coherentes comentarios, no pocas personas se han manifestado diciendo que ha sido todo un derroche de vidas humanas y gastos para nada, pero desde mi modesta opinión, considero que no ha sido así, y paso a continuación a explicarlo.

Durante este período de veinte años han sido muchas las experiencias vividas, y de nuevo nuestros militares, a los que la vicepresidenta Díaz calificó como ejemplares “trabajadores públicos” (  ) nos han hecho estar orgullosos de su cometido una vez más, hasta el punto de que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, dijo hace unos días que “España es un ejemplo del alma de Europa en su mejor expresión”, por la humanidad derrochada a raudales por nuestros compatriotas en sus deberes como soldados y civiles en estos años, y ahora en el trato gentil con los cooperantes repatriados.

Ahí está el ejemplo dado por nuestro embajador en Kabul, Gabriel Ferrán, su secretaria, diez geos y siete agentes de seguridad, jugándose el pellejo para montar en el avión a todos los que han podido, a pesar de haber cerrado la embajada y poder haber cogido días atrás un avión para regresar a España. Dice el Talmud, libro que recoge la Tradición judía, que “quien salva una vida salva a la humanidad”. Multipliquen por cada afgano salvado, pongan en el otro lado de la balanza lo que les esperaba a cada uno de ellos de haberse quedado allí, y valoraremos lo trascendental de la operación.

Miro a mi alrededor y me pregunto ¿cuántos de nosotros estamos dispuestos, llegado el caso, a entregar la vida por algo tan noble como impedir que un hombre lapide a una mujer, la prive de educación o la maltrate física o verbalmente? Me apena ver ese gesto de aversión ante los uniformes militares, esa postura de “guerra, no; pupa nene” que mantienen el egoísta y el cobarde, porque piensan que sacrificarse es cosa de tontos y que la paz es algo que se consigue con buenismo, que confunden el deseo de que no haya guerras con la ilusión de que no se vayan a producir.

Me resisto a pensar que han sido el balde las pérdidas humanas en todo este tiempo (104 españoles entre ellos): “Que la sangre española que riega esta tierra haga germinar la semilla de la paz para el pueblo afgano”, frase escrita sobre mármol en lo que fue la base avanzada de Herat, en Afganistán, en memoria de los 17 militares españoles que perecieron en el accidente de helicóptero del Cougar en agosto de 2005, entre los que había cuatro sevillanos, a 8.000 kms. de sus hogares. 

Quedan afganos que ahora saben que otra forma de vida es posible (allí permanecen nuestras obras de infraestructura, redes de agua y saneamiento, avances en agricultura, salud, educación,…) y que verán la huella de una sociedad mejor, más igualitaria y justa, que les servirá como referencia para mantener viva la esperanza de cambiar su país, y sobre todo la mentalidad de sus compatriotas.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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10 Comments

  1. Jose Alegrete dice:

    Magnifico artículo Alberto, pero el gran error occidental es haber querido imponer una democracia, tal y como la entiende el mundo occidental, sin tener en cuenta la cultura del pais que se quiere imponer. Afganistán es un país de múltiples pueblo y líderes enfrentados entre sí. Si esto no se tiene ecuenta la situación es harto complicada, como así se ha demostrado. Por otro lado, el camarero que te atendió ¿dejó atrás a su mujer, madre, hijas y escapó del terror talibán? Esa cultura siempre está dentro de la religión islámica y no puedes luchar contra eso sí está inmerso en su mente. Lo que he visto en televisión son masas de hombres queriendo escapar y alguna que otra mujer. La primera ayuda para su familia era la suya y se marchó.

  2. Charo dice:

    Difícil solución, sin que se pierdan más vidas humanas, tiene Afganistán.
    Gracias Alberto, un magnífico artículo.

  3. Gonzalo Orozco dice:

    Muy buen artículo, muy emocionante, por cuanto me pone en la piel del otro, del afgano, de los militares, de las personas con miedo. Lo que me temo es que, aún después de estar tan bien expuesto haya personas que sigan viendo solo una de las caras de la figura geométrica que tenemos delante. En fin, yo tampoco tengo capacidad para ver todos los ángulos y me equivocaría si tratara de comprenderlo por entero. Sin embargo, en el caso del camarero, creo que, en la desesperación aquella, la única salida es que uno escape e intente sacar a la familia del terror, antes que perecer todos. Bueno, muchas gracias por el artículo.

  4. Carmen dice:

    Es verdad Alberto.
    Lamentablemente la presencia de nuestros militares allí no ha cambiado la forma de sociedad pero ha servido para mostrarles otro tipo de vida donde sobre todo, las mujeres puedan ser personas y no esclavas.

  5. jose dice:

    Discrepo profundamente, la propia sociedad de estas zonas tienen que revelarse de forma unánime, independientemente del coste y lamentablemente serán vidas, pero incluso sin revelarse estos regímenes autoritarios sin escrúpulos y que utilizan la religión y el miedo de la sociedad , siega vidas, ilusiones y cualquier abismo de esperanza, por lo tanto yo opto porque aunque sea con piedras este pueblo haga saber a estos criminales y asesinos no solo de vidas, también de ilusión y de futuro, que el pueblo no los quiere, que su pueblo los rechaza y que lucharan sin fin hasta derrotarles.
    Por otro lado estos 20 años que hemos estado allí, podríamos haber hecho algo para derrotar a estos criminales y haber dotado a estos paises de una política democratica que pudiese hacer frente a todos estos mercenarios que secuestran, matan , violan mujeres y cualquier asomo de libertad verdadera o por lo menos como nosotros la conocemos.
    Por lo tanto y como digo al principio, discrepo, no hemos aprendido nada, solo la valentía y el buen hacer de los soldados implicados allí merecen mi mas profundo respeto, pero creo que se podría haber hecho mucho más, no por ellos, si no por los que los dirigen-

  6. Joaquín Cardador Rodríguez dice:

    Magnífico artículo Alberto……he estado en misiones internacionales en Bosnia y Kosovo como guardia civil y me enorgullece leer tu artículo. Uno de esos militares sevillano que perdieron la vida en el helicóptero era amigo mío. Gracias por tu reconocimiento. Un fuerte abrazo👍

  7. Didaqus J dice:

    Huella?! Creo que acabará siendo un estigma para Occidente, Profesor…. la deserción cometida contra el pueblo afgano!! Y el Tío Biden quiere desclasificar los documentos del 11S…acuérdese que lo hará para blanquear a los talibanes-Alquaeda en detrimento del ISIS!! Pues no son los mismos fanáticos-misticistas-fariseos?! La venganza es de ÉL, Amigo Alberto, no quisiera estar en el pellejo de los terroristas ni de lo fatuadores de la verdad. 😔

  8. Pepa Pineda Villarrubia dice:

    Ojalá sea una realidad que nuestra huella sea un modelo de respeto y progreso para los afganos. Que haya merecido la pena la sangre de nuestros jóvenes.

  9. Carmen dice:

    Leyendo tu artículo me ha venido a la memoria Teresa de Calcuta cuando decía, más o menis: no quiero cambiar el mundo, solo pongo una gota de agua .
    Son muchas las gotas de agua puestas en Afganistán.

  10. José Antonio Molino dice:

    Tu artículo, como es habitual, es magnífico Alberto, pero es muy difícil hablar de lo que ocurre en esta zona del mundo, desde el desconocimiento que tenemos de aquella sociedad y su mentalidad tan distinta de la nuestra. Me quedo con el último párrafo, con la esperanza de que todo lo bueno hecho allí durante 20 años, les haga ver que otra forma de vida es posible, quizá no como la que tenemos nosotros, pero al menos sin la tiranía y el terror de los talibanes. La sociedad afgana que se encontraron los talibanes en 1996 no tiene nada que ver con la de 2021. Y también es verdad que la libertad no se solicita, ni se regala, ni se acuerda en una reunión de la U.E. La libertad se gana día a día y muchas veces pagándola muy cara. Es preciso hacer un esfuerzo para meterse en la piel y en los zapatos de nuestro embajador y de nuestros militares ( Sí. He dicho militares, ¿ pasa algo ministra? ) Hay que estar hecho de una pasta especial para decidir irse en el último avión. Y también para venir a España a trabajar de camarero y dejar allí a tu familia. Líbreme Dios de criticarlo, que bastante tuvo que pasar para tomar esa decisión. Me resisto a creer que todo haya sido en vano. Siempre nos queda la Esperanza

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