Las elecciones andaluzas del pasado día 2 han supuesto, para nuestro país, un aldabonazo que, sin pretender caer en el tópico, puede ser histórico. Los doce diputados alcanzados por VOX han superado con creces las perspectivas más optimistas del partido de Santiago Abascal. Ha sido verdaderamente una lucha de David contra Goliat desde todos los puntos de vista que se quiera mirar el asunto. El éxito electoral es especialmente meritorio, porque los medios de comunicación que se suponen cercanos a los valores que VOX patrocina, lo han boicoteado de la manera más descarada, sin duda para no perjudicar las expectativas de un PP cada vez más desdibujado, pero al que muchos se aferran en darle un protagonismo que él se niega a asumir. Por su parte, los medios más izquierdistas (prácticamente todas las televisiones) más bien tienden a la deformación absoluta, presentando al partido VOX como una cuadrilla de nazis o una banda de orcos que se comen crudos a los niños.

Desde el pasado domingo, la práctica totalidad de los medios de comunicación han pasado del escarnio condescendiente por su irrelevancia electoral a la histeria de su denigración sistemática, lo cual, al parecer, se ha convertido para el partido en un círculo virtuoso de publicidad gratis. Cuanto más insisten en la burda demonización (“fascista, machista, xenófobo, homófobo”…) más atractivo se hace nuestra formación para los auténticos indignados del actual régimen: aquellos que aún defendemos la unidad nacional, los que no compartimos el feminazismo obligatorio, los que queremos una vuelta al sentido común en esto del género y en tantas otras cosas. Lo último que han dicho sobre VOX es que es un partido anti-constitucional, lo cual resulta verdaderamente chistoso, sobre todo puesto en boca de un tipo que le debe su puesto a golpistas, etarras, chavistas y nostálgicos de la II República. La situación es tan chusca que, ahora mismo, la nómina de simpatizantes de VOX no para de crecer sin que este tenga que hacer nada, aparte de contemplar asombrado cómo sus adversarios lo difaman y predicen todo tipo de calamidades si se acerca a las instituciones.


Si les soy sincero, ignoro los mecanismos que rigen la psicología de los pueblos; francamente preferiría vivir en un mundo en el que los distintos partidos, sin descalificar a sus adversarios, pudieran debatir sosegadamente valorando o rebatiendo las respectivas propuestas. Se supone que en eso consiste la democracia. Pero por contra, en la España de 2018, el marqués de la coleta, desde su lujosa mansión propia de un magnate de las finanzas, ha mandado a sus hordas a la calle para protestar airadamente contra el resultado electoral producido en una región española. Hace tan solo veinte años, antes del infausto ZP, tan esperpéntica situación no sería ni siquiera imaginable. En Cádiz, Granada, Málaga y Sevilla las huestes podemitas, siguiendo la voz de su amo, han provocado graves disturbios, con violencias y amenazas variadas, y han coreado lemas guerracivilistas, consignas que a cualquier persona normal les daría vergüenza usar, habida cuenta de que no funcionaron muy bien hace ochenta años: “No pasarán”, “Cádiz (o Málaga o Sevilla…) será la tumba del fascismo” y otros disparates semejantes. Pero a ellos qué más les da, si gritar esas cosas les hace sentirse importantes. Si tuvieran una remota idea de lo que es el fascismo, tal vez serían capaces de reconocer que sus métodos no son tan distintos de los que usaban los camisas negras italianos. En el fondo, están contentos de haber encontrado por fin unos auténticos enemigos a los que combatir a mamporros, después de haber llamado fascistas a cualquiera que no sea de su cuerda. Lo de confrontar ideas y discutir civilizadamente resulta superior a sus fuerzas. Pero es necesario advertir que muchos de los líderes de tan agresivos descerebrados son profesores universitarios, y aunque el nivel de la Complutense deja mucho que desear, más nos inclinamos a pensar que estos últimos saben realmente lo que quieren y lo hacen a conciencia. No nos esperamos otra cosa de unos comunistas, para quienes el rencor disfrazado de justicia es el norte de su vida.

Ciertamente nos apena que la España de hoy empiece a tener rasgos semejantes a los que tenía en los años treinta. ¿Recuerdan ustedes lo que pasó en España cuando la derecha se atrevió a ganar las elecciones de 1933? Sin embargo, hay algo positivo en todo esto: la tirria de nuestros enemigos nos indica a las claras que vamos por el buen camino. VOX debe hacer un esfuerzo de serenidad y de racionalidad frente a la dialéctica del odio. El ciudadano medio español que no está abducido por la propaganda progresista está comprobando en directo quiénes son los extremistas. Es, sencillamente, la hora de VOX para un renacer de España.