La hojarasca de Galapagar

No os hagáis los nuevos. Todos sabíais que Irene Montero era completamente deficiente…, pero no lo vayáis a decir, no sea que se enteren hasta los del laboratorio de Wuhan y le envíen a Galapagar una edición especial del virus covid19 versión Gold Premium con embalaje especial de metacrilato transparente y un lazo violeta.

Por bastante menos que la pillada de la Montero, un funcionario o un ministro chino habría acabado en el paredón de fusilamiento o en la horca. Y en cualquier democracia homologable, a estas horas la Montero habría presentado su dimisión irrevocable o habría sido cesada con puerta giratoria a una tienda de los chinos de Galapagar. De cajera.

Aquí, la ministra consorte terminará en el estraperlo de las redes sociales, chequeadas por Ferreras y su señora, o haciendo chistes en el programa de rojos y maricones de Jorge Javier.

Yo la mandaría una larga temporada a picar boletos a la entrada del recinto del Valle de los Caídos, no como un castigo o una reprimenda, sino como un acto de justicia poética universal y como conmemoración de la inmensa estulticia que terminó por conducir a Cuelgamuros a casi tantos miles de españoles de ambos bandos como ha matado ahora el virus chino con la contribución insensata, negligente y presuntamente dolosa de este desgobierno de la farsa y la mentira.

Que el subdelegado del Gobierno, de apellidos Franco Pardo, y el viceministro de pandemias Fernando Simón ocultaron hasta finalizar las manifas del 8-M lo que era ya una realidad, no lo dudan ni Miguel Lacambra ni Elisa Beni y sé de buena tinta que Carmen Calvo se estremece todavía cuando le asalta el video en el que ella misma señalaba que “se les va la vida en ello”… y se echa a llorar.

Hace falta que te pese el moño tonelada y media, ¡jó, tía!, para reconocer ante un equipo de TV que la causa del descenso en la asistencia al 8-M fue por el coronavirus y añadir que eso no lo diría durante la entrevista porque la desinformación que venía ofreciendo el Gobierno a base de enmascararlo todo con datos pretendidamente médicos era magnífica para tapar la realidad.

Con medidas “superdrásticas”, otros países han obtenido unos resultados limitaditos, así que imagínate súper nosotras que vamos súper esquivando súper besos y manitas de niños que nos imploran: “Súper Ministra, súper ministra, deja que te coma la boca a besos, julandrona, que te lo has montado que te cagas y a ver si se nos pega algo de la nueva casta”.

Esta gente a lo peor se ha creído que sólo se trata de ir a la uni y pegarse dos sofocones de asamblea…, pero vosotras bien sabéis que no, que para ganarse el cargo de ministra hay que comerle al jefe casi de todo, que la competencia está feroz.

La sensación de impunidad que otorga el cargo, sobre todo a quienes jamás han asumido en su vida ni una sola responsabilidad, es un tobogán que conduce directamente al basurero de Zaldívar, a las residencias de menores de Mallorca donde se ejercía la prostitución o, como en el caso de Pablo Iglesias, a las morgues infinitas de las residencias de mayores convertidas en unas como checas mediante una orden ministerial.

Muchos terroristas no recuperan jamás el escrúpulo necesario para arrepentirse de conciencia y pedir perdón a las víctimas de sus asesinatos, pero tampoco creo que tamaña impotencia e indignidad se transmita en los genes. Más bien pienso que obedezca a una tara moral, consolidada con el transcurrir del tiempo mediante aprendizaje ambiental y de los progenitores, una ignominiosa pulsión de tribu que puede pasar de padres a hijos de manera distraída y por costumbre, como ocurre con el canibalismo.

A Iglesias, por ejemplo, le asalta su antropofagia zurda del mismo modo que le ocurre a ese corresponsal del New York Times, quien ve a Abascal en el Congreso exigirle a Sánchez que pague las nóminas y se largue y entonces siente la necesidad acuciante de firmar un pacto con Von Ribbentrop para invadir Polonia, país con muchas menos muertes en cifras absolutas y relativas que la provincia de Ciudad Real.

El ministro Illa, de todos modos, puede estar contento, porque cada gambazo de sus pares le disimula la culpa o se la redistribuye. A Illa lo colocaron al frente del Ministerio de Sanidad como pudieron haberlo puesto al frente del Ministerio del Boniato Verde. Y lo hubiese ejercido igual; o sea, con idéntica sonrisa, que es exactamente ninguna.

Cada mañana, Illa se coloca el flequillo a un lado, se calza sus gafas de pasta y se asoma al plasma, y al mundo, con esa seriedad seminarista que lo mismo le sirve para sumar tres mil cadáveres al gerontocidio de Iglesias que para restárselos.

La verdadera cruz (o la envidia) del ministro, yo me temo, ha de ser sobrellevar la sonrisa perpetua de Yolanda Díaz, que se desparrama como una presentadora del tiempo igual si anuncia sol para mañana en toda España que la tormenta perfecta en las colas del SEPE.

Pero Irene Montero, como Yolanda Díaz, su comadre, tampoco es de este mundo, y lo suyo son los cumpleaños de ositos y gominolas con las compis y las carpetas del cole llenas de fotos, antes de Brad Pitt y luego de Sulamith Firestone y Pedro Zerolo.

A Irene Montero le pasa lo que al bocazas de su consorte, que cuando pretende disimularse amable, se le frunce el ceño, se le entona el gallo y se cae por la pendiente de la furia arrabalera de España, la del insulto y el escupitajo obsceno de miliciana de La Moraleja.

Lo importante es no dejar hablar a nadie. Cuando a Irene Montero le llega el turno de palabra es capaz de repetir la misma idea de diez maneras diferentes, aunque siempre igual . En un discurso de la Montero o de su consorte no hay elipsis nunca, hay que pronunciar hasta lo que ya se sabe o ya se ha dicho miles de veces, porque se trata de copar el tiempo y el espacio con el catecismo progre, inundar la mente ajena de palabras huecas o con las obviedades de EGB.

En el sanchicomunismo, como en el castrismo o el chavismo, las realidades que no existen se crean mediante el amontonamiento de palabras, durante horas si hace falta. Las realidades no se inmutan, pero se transmutan en una montaña de hojarasca que te apelotona el juicio y te atasca en el espejismo de sus enunciados. No llega el dinero de los ERTE ni nadie sabe de dónde va a salir la pasta para el ingreso mínimo vital, pero lo pone en el BOE y basta repetirlo muchas veces en todas partes para que adopte la apariencia de real.

Sensu contrario, lo que no quieras que exista ni siquiera lo menciones…, sobre todo si hay un equipo de cámaras de la ETB que ha empezado ya a grabar.

He dicho.

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