La historia los absorberá

Por mucho que el Gobierno pretenda amparar sus caóticas excentricidades en la opinión de presuntos “expertos”, todo lo que dice y hacen sus ministros no pasan de ser las opiniones de un payaso.

Heinrïch Boll volvería a ganar un Nobel con una mera recopilación del “amarillismo” que practica esta banda como de Pancho Villa que acumula decisiones absurdas, negativas, contradictorias, agravantes y contraproducentes en cada paso. Y fuera de la Ley, ojo.

El único hilo común que se vislumbra en todas ellas no es un ejercicio que persiga la eficacia, sino el sostenimiento arriba del poder, a toda costa. La pura ostentación del mismo es la premisa primera de toda esa maquinaria inútil y de propaganda.

Se necesitan asesores (muchos) para nada, órdenes como si se diesen a súbditos o a plebeyos, abuso de las apariciones en pantalla, ocultación de la réplica…, es decir, detentación del poder mismo como argumento primordial y casi único. Detrás no hay nada.

El pueblo grita que ese reyezuelo va desnudo, pero Sánchez e Iglesias hacen oídos sordos a los gritos de la UE y a la amenaza judicial que se les cierne y les estrecha el campo de juego.

Cada envite es una huida hacia delante, una fuga inconsistente, un acercamiento a la ruina y resulta absolutamente incomprensible que al frente de un comité creado para discutir, presuntamente, la reconstrucción del universo, ese presidente marrullero coloque a dos analfabetos funcionales como Patxi López y al chucho enojado de Adriana Lastra, además de a un representante de la narcoguerrilla colombiana. A no ser, claro está, que otra vez el muy filibustero no pretenda nada de dicha comisión, salvo llenar de humo la estancia mientras huye hacia la siguiente base.

En esta ocasión, es obvio, ni siquiera podrá referirse a ellos como expertos. Entre Cayetana Álvarez de Toledo e Iván Espinosa de los Monteros, como retroexcavadoras, se bastarán, con una mano atada a la espalda cada uno de ellos, para desguazar y demoler la futilidad de este nuevo e inservible aparato del Estado concebido para tapar la desvergüenza que gastan Sánchez e Iglesias en todo lo que hacen.

Cada nueva decisión desvela una flagrante cacicada y ni al Gobierno ni a sus expertos de churrete se les ocurre pensar si el uso de las mascarillas para aliviar la masa viral circulante en nuestros entornos es una recomendación útil si no va acompañada de una imposición obligatoria y punitiva que les consagre en ese mero ejercitarse en la apariencia del poder mismo.

Un juez de La Coruña que parece haber leído a fondo a Kelsen ya ha apuntado que todo lo que no esté expresamente prohibido por la Ley está permitido, de modo que las leyes no se desobedecen, sino que se infringen, y sólo un gobierno como el chino podría perseguir y castigar a quien no quiera ponerse una mascarilla, porque sería lo mismo que si el gobierno exigiera que nos vistiésemos con camisas de cuello Mao o con los calzoncillos puestos del revés. Una simple estupidez que no cabe en cabeza alguna o algún día pretenderán con un decreto que dejemos de respirar cuando caminamos por la calle o prohibirán que miremos a los ojos a ese contrarrey Midas que todo lo que toca lo convierte en miseria y despelote llamado Sánchez.

Por mucha trascendencia que quieran otorgarle a las fases improvisadas una tarde, todo en Sánchez es perfectamente irrelevante y la única desescalada que necesitamos es la de bajarlos del poder a cualquier precio, porque el precio de la UE va a ser muy alto.

Ahora vienen con la renta mínima como una panacea, pero a la UE la renta mínima le importa un bledo y le parece una triste guasa escuchar de labios del vicepresidente comunistón que eso sirve para activar la demanda de bienes de consumo cuando sólo puede tratarse de un sostén para la estricta supervivencia de quienes queden fuera del tablero. Aviada estaría Holanda si su prosperidad dependiese de la renta mínima universal que practica desde los años 80 como poco.

En mitad de esta pandemia de asesores y payasos, a Julio Anguita sólo se le ocurre morirse (me gusta suponer que del susto tras comprobar la imbecilidad de sus pares ahora que están en el Gobierno de España) y allá que va el zurderío cordobés a manifestarse, con la pasividad interesada de las frivolidades de Marlaska, y a cubrir el ataúd con una bandera con la hoz y el martillo, ignominiosa representación de unos regímenes abyectos y de una ideología bastarda condenada el año pasado por la Europa democrática del siglo XXI.

Pueden perpetuarse hasta el destrozo irreversible de este país, pero lo que quizá no saben Sánchez ni Iglesias es que, tarde o temprano, habrán enterrado sus nombres en un fangal de tal categoría que la Historia escupirá sobre sus tumbas.

La Historia no los absolverá, simplemente los absorberá.

He dicho.




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