La guerra por la arena

La palabra arena, y más en esta época del año, nos evoca la playa, con su blando suelo, los granitos adheridos a los pies o al bañador, o puede que a otros les recuerde un coso taurino; quizás a algunos, el material de construcción. De hecho, cada estructura de hormigón armado se compone de dos tercios de arena; pero el más humilde de los minerales no sólo se usa para construir, sino también para hacer plásticos, carreteras, pantallas, microchips, cosméticos, coches, vidrios, y hasta las pastas de dientes. Algunos la llaman el “héroe anónimo de nuestras vidas”.

De su importancia en nuestro cotidiano día a día, nos da idea el hecho de que tras el agua es el recurso natural más consumido. El óxido de silicio que contiene, está en los vinos, productos de limpieza, detergentes, papel, alimentos deshidratados, y ello sin entrar en los minerales estratégicos que se obtienen gracias a él, como el silicio, el titanio o el uranio. 

La extracción y posterior comercio de la arena, es de las actividades más cotizadas y menos conocidas del mundo, y eso sin contar con datos de países muy activos cuyas cifras quedan fuera de las estadísticas oficiales, como Corea del Norte y Cuba.

Como afirma Vince Beiser, un experto en la materia, en su libro “El mundo en un grano”, no todas las arenas son iguales: por ejemplo, la del desierto no sirve para usos industriales porque está muy erosionada y sus granos son redondeados y lisos (no se apelmazan para la elaboración de hormigón armado), y es distinta a la de ríos, lagos, playas y, sobre todo, fondos marinos, más afilada e irregular.

Los dragados de los fondos subacuáticos no son en absoluto beneficiosos: al dragar el suelo se dragan también los animales y plantas que viven en él. Al dañar esa superficie, se maltrata al eslabón fundamental de la cadena alimentaria de las profundidades marinas, pero es que, además, al rellenarse de modo natural el hueco que se deja con material próximo, desciende el nivel de la arena de las playas cercanas, hasta el punto de que hay islas que corren el riesgo de desaparecer.

China utilizó más hormigón entre 2011 y 2013 que todo el que usó EE.UU. en el siglo XX. Ello le ha llevado a sobreexplotar el mar de la China Meridional (básicamente la costa de Vietnam). De hecho, cuenta con más de cien ciudades que superan el millón de habitantes (más megalópolis que Europa y EE.UU. juntas). La ciudad de Shangai, por ejemplo, ha utilizado más hormigón en lo que llevamos de siglo XXI que todo el empleado por Nueva York desde su fundación.

En Dubai resulta más rentable crear tierra que comprarla: el edificio más grande del mundo, el Burj Khalifa, utilizó 330.000 Tms de arena importada, no del desierto que la circunda, sino ¡traída desde Australia! Les animo a contemplar las vistas de la “Palmera Jumeirah” o el proyectado archipiélago artificial “The world” en dicho país para tomar conciencia del problema. Por su parte, Singapur, la ciudad estado conocida como la Suiza de Asia, ha agregado a su territorio más de 137 Km2 detraídos al mar en los últimos 45 años, al mismo tiempo que han ido desapareciendo unas 25 islas en Indonesia.

El caso de India es aún más preocupante, porque se estima que más del 70 % de la minería de arena es ilegal, pues no pasa controles administrativos, sino que está gestionada por mafias cada vez más poderosas, hasta el punto de convertirse en uno de los sindicatos criminales más fuertes del país al estar vinculado a la industria de la construcción.

Aquí en Andalucía, en 2013 se conoció que el Ayuntamiento de Tarifa había vendido a Gibraltar 3.000 Tms de arena de la duna de Valdevaqueros, sin solicitar los correspondientes permisos a la Junta de Andalucía, en la regeneración de la playa de Sandy Bay.

Todo ello va a tener consecuencias impredecibles en los ecosistemas de ríos, lagos y costas, sobre todo en la fauna fluvial y marina, y no es de extrañar que se produzcan inundaciones en ciudades costeras o interiores por las que pasen ríos caudalosos. 

Al igual que ocurre con el aire, no solemos pensar mucho en la arena, pero lo mismo que acontece con aquél, no podríamos vivir sin ella. El problema es que es un recurso que no se puede reponer, pues su creación es un proceso que lleva siglos, o más bien milenios, y las ingentes cantidades que la humanidad viene utilizando en las últimas décadas, no están siendo restablecidas por la Naturaleza. Las reservas de arena podrían convertirse en un recurso estratégico, por lo que resulta urgente incentivar la investigación de productos alternativos, como los subproductos de residuos.

La Historia nos enseña que cuando un recurso estratégico se vuelve finito, se convierte en causa de conflictos geopolíticos. Estemos atentos, porque la arena puede ser el reloj que ponga fecha a nuestra civilización tal y como la entendemos hoy.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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2 Comments

  1. Carmen dice:

    Me ha parecido interesantísimo el articulo, Alberto. Desconocía la importancia de este recurso, así como su cantidad de aplicaciones.
    Enhorabuena

  2. Pedro dice:

    Buenas Alberto, muy interesante el artículo, te animo a que en uno de tus próximos artículos nos hables de Abengoa. Como cada semana un placer leerte.

    Un saludo,
    Pedro.

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