La guerra de los estrógenos

A ver si yo me entero… “La política está llena de masculinidades”, dice Yolichari Díaz en su papel de mamá-clueca con colmillo retorcido mientras la emprende a garrotazos contra Irene Montero, la que se quedó con las llaves de las puertas del Reino por la vía del endometrio.

A Khal Drogo Iglesias, de la tribu de los Dothraki con melena, lo despojó de su trono la Daenerys cajera y ahora ella guarda en las mazmorras de Galapagar el tesoro de su descendencia a fin de convertirse en Daenerys Targarien, la que no arde, rompedora de cadenas y madre de dragones, tras el intento de su maromo de arrojarla a los caimanes frente a Isabel Díaz Ayuso.

La ministra no se tragó el anzuelo y dejó que el papá de sus hijos y proveedor de su Ministerio se rompiera la crisma y se cortara la coleta encabezando el desastre electoral de Podemos en Madrid. En venganza por no haber aceptado la envenenada propuesta de abandonar el Ministerio para ser la candidata madrileña (es analfabeta, pero no tonta del todo) el muchacho nombró sucesora a Yolichari, tratando de desposeer a su ex de todos los poderes que le había otorgado a cambio de soportar cada noche una peste inmensa a calcetines sudados.

El amor, si alguna vez lo hubo, se les rompió de tanto cobrarlo y ahora vemos una guerra horrísona de estrógenos y progesterona que salpica las paredes y pone todo hecho un asco: entre Irene y Yolichari, entre Noelia Vera e Irene, entre Yolichari y Mónica García, entre Ione Belarra y Lilyth Verstrynge (estos nombres sí parecen sacados directamente de “Juego de Tronos”). Aunque Yolichari asegura que todo lo que vemos son egos y masculinidades, yo sólo veo trifulcas con faldas y a lo loco sacándose los ojos y muchos empleos y organismos.. “púbicos”.

Noelia Vera, nombrada en su día secretaria de Estado en el palacio de Irene y espía de la contraparte, ha olido la sangre de su jefa y guardiana y ha presentado su dimisión justo a tiempo de que comiencen las andanadas de cañón de la parte contraria, cuando la gallega de los bucles y las mechas californianas se fue a lo de Angels Barceló (otra potente masculinidad) y regó de amenazas sus planes, sugiriendo que montaría una corriente distinta cuyo fin es aislar por completo a la Montero dentro de su castillo de naipes podemita, mientras el consejero y sacerdote de la fortaleza, Iván Redondo, avienta en lo de Évole sus augurios a favor de Yolichari como nueva lideresa de una plataforma de descamisados castrati sin rostro que lamine lo que va a quedar del caudillismo de Iglesias.

Suele ocurrir con los caudillismos, que se extinguen a menudo cuando el líder desaparece y todo lo que viene detrás es un rastro de ceniza o de violencia. El podemismo no era otra cosa que un caudillismo de la peor especie, rodeado de harenes, de palmeras y sobres de Venezuela, comparable al de cualquier tirano banderas, y no veo a Irene Montero como Evita Perón abanderando a sus huestes de pijipis y ni siquiera como Imelda Marcos rodeada de miles de zapatos y bolsas de Loewe, sino más bien ardiendo como Juana de Arco, amarrada al poste de las fieras de su mismo sexo mientras invoca las hogueras, los hogueros y les hogueres en un último grito desesperado por salvar a Echenique y la piscina del chalé como cuando fueron a salvar al soldado Ryan: un fuego de tronos.

A Mónica García, la madre-y-médico de la tribu de los Errejoncitos, la de las pistolas imaginarias con los dedos, no la veo tampoco de Reina Madre, porque Yolichari ambiciona el sitio de Carmena, un lugar donde decir las chorradas que se le apetezcan sin necesidad de ofrecer demasiadas explicaciones, porque ella es más de ocurrencias que de ideas, y de disparar sandeces al voleo, como cuando invoca que la política se llene de matrias y se oscurezca el mar de las masculinidades en un escenario que, sin embargo, rebosa de batallas hormonales mientras el precio de la electricidad se dispara sin que les importe un bledo, quizá porque ellas mismas hace años que no ponen una lavadora ni pagan el recibo de la luz o porque lavan la ropa interior a mano con el jabón suave del borreguito o el del osito rosa de peluche.

Entre tanto, en la Convención Nacional del PP, varias amazonas han salido a reclamar más mujeres en la cosa interna del partido, atiborradas del discurso progre, que cree que los logros de las mujeres dependen de las cuotas. No tienen arreglo.

Masculinidades, dice la peliculera, cuando todo es un sindiós de bragas y sujetadores.

He dicho.




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