La gota que colmó el vaso

Lo que se juega este gobierno con el 8 de marzo va mucho más allá de que algunos de sus representantes puedan ser juzgados por homicidio imprudente. Lo que se juega es su pura supervivencia política. Porque la confrontación “de género” –la famosa “guerra de sexos”- constituye la nueva identidad de esta izquierda desnaturalizada, que ya no habla de justicia social, sino de “perspectiva de género”. El plus de voto femenino manipulado por esa “perspectiva” ya le dio el poder a ZP durante dos legislaturas, y esa es la jugada que han querido repetir Sánchez y compañía con su “gobierno feminista”. Por eso resulta lógico que pongan en marcha mecanismos inimaginables para intentar tapar el escándalo desatado por el último 8 de marzo, esa gota que ha colmado el vaso de las paciencias, así, en plural, como les gusta decir, contra este feminismo totalitario que ejercen para mantenerse en el poder. 

También resulta lógico que el aquelarre del 8 de marzo tuviera que celebrarse sí o sí, con su ley de “libertades sexuales” como estandarte, igual que hizo ZP con su ley de “violencia de género”. Y si los demás partidos se descolgaban por miedo al virus, la izquierda se quedaría con el feminismo –y sus millones de votos envenenados- para ella sola, como pretendía. Porque no olvidemos nunca que al 8-m se apuntaron muy transversal y obedientemente todos los partidos del actual arco parlamentario, con la única y honrosa excepción de VOX. Una vez más, la agenda política prevalecía sobre la realidad de los informes técnicos, que fue cuidadosamente ignorada, y ocultada, para permitir el aquelarre morado, lo que obligó a autorizar toda clase de eventos masivos previstos para la misma fecha. Lo sucedido después iba a dejar al descubierto el retrato más descarnado del feminismo institucional, tan lleno de mentiras como de desprecio a los derechos fundamentales de los demás. 

Este 8 de marzo, con sus mentiras y sus miles de muertos, ha provocado una ola de indignación contra el feminazismo oficial del gobierno. Pero el descontento social ya estaba ahí desde mucho antes del virus. Ya existía un hartazgo a tantas mentiras mediáticas, a tanta salvaje injusticia feminista, y a tanta indecencia política que, por activa o por pasiva, ha promovido todo esto. Faltaba la chispa del virus para hacerlo estallar.  Pero esta explosión de indignación no hubiera sido posible sin el novedoso catalizador político que encarna VOX. Que ha dado voz –y voto- a lo que millones de españoles ya sufrían en silencio, pensando que quizás los que estaban locos eran ellos. Pero no. Con su discurso valiente VOX los ha rescatado de la ficción totalitaria de la izquierda, haciéndolos renacer de nuevo como seres humanos de pleno derecho.

Mientras tanto las feministas moradas, ajenas a todo, y sabiéndose impunes por ser mujeres, confundieron impunidad con inmunidad, creyendo que ni el virus se atrevería con ellas, tan empoderadas están. No se cuestionaron siquiera el aquelarre y, habida cuenta que el virus mata a muchos más hombres que mujeres, casi parecía un aliado de todas esas entusiastas del “machete al machote”. Fernando Simón les daba las bendiciones, legitimando expresamente la “manifa” en su última comparecencia antes del 8-m (sí, ya comparecía Simón para hablarnos del virus antes del 8-m, transfigurado en vocero político del gobierno). El lunes 9 de marzo el gobierno anunciaba apresuradamente un plan de choque contra el virus, contándonos que los datos habían empeorado justo esa madrugada; y Pablo Echenique tuiteaba tan campante: “Marcho ilusionado al trabajo. Hoy toca convertir en delito los piropos.” Pero no.

Este criminal 8 de marzo debería marcar el fin de un feminismo que, en nombre de la igualdad, ha acabado con la igualdad. Y el de una corrupción política empeñada en dividir a los españoles, para sacar tajada. Para que el próximo 8 de marzo, quién sabe, pudiéramos reconciliarnos, en un homenaje a esos 48.000 muertos, que todavía hoy pretenden ocultarnos. 




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