“La gente tiene que asumir…”

En una tertulia radiofónica, personajes muy sensatos y pausados comentaban: “Es que la seguridad absoluta no existe”, “La gente tiene que asumir que hay que correr algunos riesgos”, y, por supuesto, que “los beneficios son mayores”.

Hablaban, claro, de la vacuna AstraZeneca, y de lo absurdo del miedo que se ha disparado por “total, un caso de trombosis grave entre doscientas mil personas. ¡Qué ridiculez!, si cualquier medicamento cotidiano tiene más efectos adversos. Hay que ver lo crédula e irracional que es la población, cómo se dejan influir, qué modo de asustarse tanto por un riesgo tan mínimo…”.

Oyéndolos hablar así, tan serenos, tan intelectuales ellos, pues… ¿cómo contradecirles?. Bueno, es que no deseo contradecirles. Tienen toda la razón. Pero, ¿ahora se dan cuenta?

“La gente tiene que asumir que en esta vida hay que correr algunos riesgos”. ¿Ahora se enteran? Durante trece meses nos han dicho lo contrario. Que lo único que cuenta en esta vida es seguir con vida, en su sentido más básico y vegetativo de estar respirando y bombeando sangre el corazón; que TODO LO DEMÁS, trabajo, amigos, alimento del alma, paseos, belleza, tradiciones, costumbres, TODO debía ser suprimido ante la remota posibilidad de pillar una enfermedad que la inmensa mayoría de afectados pasa de manera leve o hasta sin síntoma alguno. 

“Los beneficios (de la vacuna) superan a los riesgos”. ¿Beneficios para quién?

 Durante el oscuro período de arresto domiciliario de millones de personas sin culpa, una podía pensar que el beneficio de pasear unos instantes al sol era incomparablemente mayor que el remotísimo riesgo de caer enferma por eso. Pero no pudimos elegir. Se nos obligó a estar presos, a ricos y pobres, a dueños de mansiones y a habitantes de pisitos de interior, porque no cabía correr riesgo alguno.Y la inmensa mayoría de la población lo asumió con increíble rapidez y solidez, una parte considerable de ella pasando a ejercer funciones policiales y represivas hacia el resto. Lo “responsable” era suprimir todo lo que daba sentido a la vida, con tal de de esquivar la menor ocasión de pillar un virus, que, aun en una proporción mínima, podía ser letal.

Ahora nos dicen que “una trombosis por cada cien mil no es nada, caramba, en esta vida siempre hay riesgos”. (Aparte, los reticentes a la vacunación no lo son, en su mayoría, por un miedo concreto a una trombosis de cada cien mil, sino porque ya se hace evidente el despropósito, la gigantesca chapuza que es todo esto. Para consolarnos, se nos dice que “las otras vacunas son peores y se lo callan”. Pues qué tranquilidad…).

No entraremos aquí en polémicas, ni en la cuestión de fondo que tanto divide a la sociedad. Simplemente respondemos a los comentaristas de una tertulia, diciendo que tienen razón, cómo no (¿habrá algo más cierto que el hecho de que en esta vida hay que correr riesgos?), pero que, ¿por qué no dijeron esto mismo en mil y una ocasiones en los últimos trece meses?

Para muchos, los beneficios, por ejemplo, de haber podido celebrar en las iglesias (bueno, esto es un tema confesional, pero, ¿por qué no? Para cada uno será importante una cosa) la Pascua de 2020, con mascarillas y medidas, etc, pero celebrarla presencialmente, pues los beneficios hubieran sido muchísimo mayores que los riesgos. Pero nadie dijo ni dejó decir eso. Idem para una celebración (discreta, acotada, con aforo, como fuera) de la procesión del Corpus Christi o de la Virgen de los Reyes. Pero en estos temas nadie contempló que se perdía un posible beneficio. Había que evitar todo riesgo, y punto.

Nadie habló de los beneficios de una reunión familiar en fecha navideña, o en otra cualquiera. Se trataba de evitar riesgos.

¿Por qué ahora se acuerdan de que en esta vida siempre hay riesgos, y de que hay que contrastarlo con los beneficios?

También comentaron, en la intelectual y distinguida tertulia radiofónica, lo crédulos que son los ciudadanos, cómo se asustan por todo lo que sale en los medios, qué barbaridad, qué asustadizos, darle tanta importancia a una trombosis entre cien mil… Pero, ¿por qué estos tertulianos no se quejaron de eso mismo hace un año? Si la población no fuera “tan crédula”, no se habría asustado tanto con el coronavirus (hasta el punto de renunciar a todo el contenido de la vida con tal de conservarla). ¿Entonces no animaban a los oyentes a no ser tan crédulos? ¿Era bueno creerse que el contraer el Covid, aun teniendo este virus entre menores de ochenta años una letalidad sumamente baja, era el peligro a evitar a toda costa, sacrificando todo lo demás- y en cambio ahora es malo y ridículo el ser tan asustadizos?¿Por qué no dijeron entonces que la seguridad absoluta no existe, que hay que aprender a vivir con algunos riesgos?

Gracias a que la población “es tan crédula”, según ellos, pues se les ha convencido con éxito de que la conservación de la vida biológica y vegetativa es lo único que cuenta. Durante milenios, semejante actitud hubiera parecido increíble, de cobarde y mezquina. Casi se puede decir que la civilización consiste en tener cosas por las cuales dar la vida; ninguna ha habido que exalte, como único valor, el conservarla a toda costa (más bien los individuos que actuaban así, como los desertores en el ejército, eran despreciados). Pero en fin, se han salido con la suya: han convencido a las gentes de que nada vale, ni costumbres, ni tradiciones, ni religión, ni familia, NI TRABAJO, nada, nada cuenta salvo seguir respirando aun sin salir del cuchitril. No importa lo remoto que sea el riesgo de enfermar: el caso es que hay que evitarlo a toda costa. 

 Y ahora que se han salido con la suya, ¿ahora se extrañan de que le tengan tanto miedo “a una trombosis entre cien mil”? (que, repito, no creo sea el verdadero motivo de rechazo a la vacuna, sino la desconfianza general ante tanta incompetencia; pero es por seguirles el argumento). 

“En esta vida siempre hay que correr riesgos”. Muy cierto. Pero eso ya lo sabíamos de antes. 




1 Comment

  1. Maloma dice:

    Como habitualmente, muy acertada reflexión/denuncia.

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