La frivolidad acabó con Cronos (y II)

La frivolidad acabó con Cronos (I)

Efectivamente, el uso indiscriminado de envío de fotos por mensajería instantánea, y por ende mediante redes sociales, está suponiendo el golpe de gracia a algo tan básico como la construcción de relatos coherentes.

Hablábamos de libros de texto de Historia, de cómo en los libros de memorias y en los documentales históricos, pues se elimina el hilo conductor fundamental de todo relato, que es el orden cronológico.

Y podríamos añadir el fenómeno de los museos, los que exponen el arte que se conserva a través de los siglos. Si algo había que exigiera un orden cronológico era una pinacoteca con grandes obras de distintos períodos históricos. Pasear por una sala llena de cuadros de Valdés Leal por ejemplo, significa sumergirse en otra época, siempre que se le dedique el suficiente tiempo, silencio y contemplación. La frívola moda de exponer (que “exponer” se dice y no “exhibir”) un cuadro de Picasso justo enfrente de otro de El Greco, bajo ese lema carente de sentido de “diálogo del maestro antiguo con el moderno” anula toda posibilidad de percepción de cuanto es un cuadro del siglo XVI. Los maestros antiguos no se perciben de un plumazo, de la manera rápida como percibimos un grafitti. Exigen una mirada lenta, son “un gusto adquirido”; se aprecian cada vez más mientras más se les contempla. Requieren años. Respetar, en los museos, el orden cronológico, no es un simple convencionalismo del que se pueda prescindir sin más. Eliminarlo es robarle toda su fuerza, reducirlo a un pasatiempo vano.

Un interesante libro publicado en 2003 (“El estilo del mundo”, de Vicente Verdú) hablaba de museos donde el orden cronológico se ha sustituido por otros arbitrarios, por ejemplo, por colores (sí, como algunas tiendas de ropa buscando presentaciones novedosas: ahí lo azul, aquí lo rojo…). No se persigue un conocimiento de la propia historia y cultura, sino un entretenimiento ya no cabe más banal.

Libros, manuales, museos… Pero ahora llegamos a lo cotidiano, a la vida habitual de las personas. Yéndonos a las situaciones más familiares, la vida estaba hecha de relatos. El encuentro con un amigo o familiar, en vivo o por teléfono, se componía de narraciones. Cómo es tu nueva casa, cómo lo pasaste en ese campamento, qué tal el veraneo… Niños o mayores recapitulábamos, recordábamos eventos destacados, resumíamos vivencias y las contábamos. Construíamos un relato; y esto muchas veces al día.  

Hoy día esa parte básica de la vida humana, increíblemente se está perdiendo. Durante una excursión, el niño manda fotos en directo a casa. Ya al volver, no se le pregunta lo que ha hecho ni ha visto (ya lo sabemos) ni él sabría respondernos (“Ya te he mandado las fotos”, diría). Se pierde la capacidad de ir observando, la capacidad de percibir algo y recordarlo. Hacer la foto y enviarla es el sustituto de la percepción humana (con lo que puede tener de fruición y reflexión). Mil implicaciones presenta esto, pero centrémonos en el tema de la pérdida del sentido de lo cronológico.

Si en el colegio, a algunas niñas irritables nos molestaba el tener que escribir una redacción sobre “cómo has pasado las vacaciones” (¿Y a ellos qué les importa?), ahora a la vuelta del milenio esa tarea, que tan banal y ridícula nos parecía (“¿Para esto vengo al colegio? Que me enseñen algo, no que se pongan a preguntarme de mis cosas”), pues suena a sublime ejercicio intelectual. Cada vez hay menos seres humanos, adultos o niños, capaces de eso: de, a la vuelta de un viaje, elaborar un relato más o menos coherente, en orden cronológico, de sus vivencias. 

Las personas ya no saben hacer eso. Si se le pregunta a alguien por alguna vivencia o lugar (¡Ah, has estado en esa ciudad! ¿Y qué te ha parecido?), inmediatamente saca el teléfono móvil y enseña imágenes o vídeos. Incluso una pregunta absolutamente simple y cotidiana -cómo ha transcurrido un día en la playa; si han disfrutado una tarde en la feria…- nada de eso saben comentar. Enseñan la foto.

Es decir: no hablamos de la pérdida de sentido histórico, la ausencia de un  pasado espiritual que antes siempre acompañaba (las Coplas de Jorge Manrique dan por obvia la familiaridad que todo el mundo tendrá sin duda con los emperadores romanos. ¡Qué ilusiones!). Hablamos de la pérdida de sentido cronológico en la vida de cada persona. ¿Alguien puede elaborar un relato coherente de su propia vida personal en los últimos años? 

Complementariamente, muchos son reacios a que se les narre vivencia alguna. Si de algún evento, a través de los móviles o redes sociales de amistades comunes, les ha llegado alguna imagen relativa a lo que queremos explicar, inmediatamente cortan: “Ya te he visto”. Ya está. Sobran las palabras, las emociones, la fruición, la descripción de eventos… algo tan personal, cálido, característico. Estamos perdiendo el lenguaje. Si defendíamos “la belleza de la noble lengua castellana”, ahora hasta eso ha pasado a ser secundario. Ya no defendemos el expresarnos correctamente, sino el poder hablar, bien o mal, en el idioma que sea. Es que ya no sabemos decir, hablando con el primo de Valencia: “Hace mucho calor”. Le hacemos una foto al termómetro y se la mandamos.

Empezábamos con la pérdida del orden cronológico, y acabamos con la pérdida del lenguaje. Es que en realidad, una cosa va con la otra. Pensemos un poco. Para vivir sólo en el presente inmediato… con imágenes y señales podemos arreglarnos.




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