La Francia imprevisible

Uno de los elementos más significativos que arroja el nuevo panorama político emanado de las urnas en Francia es la desaparición del bipartidismo históricamente representado por socialistas y centro-derecha, un fenómeno que no es en absoluto exclusivo del país galo sino que por el contrario se ha convertido en tendencia habitual en la Europa mediterránea: en Grecia, el viejo PASOK ha sustituido por Syriza, en Italia, los dos partidos que se habían alternado en el gobierno (Forza Italia de Berlusconi y el Partido Democrático) han sido desbancados por nuevas formaciones (todas ellas de signo soberanista) como el Movimiento Cinco Estrellas, la Liga de Salvini y los Hermanos de Italia de Meloni, algo que puede acabar pasando en España con PP y PSOE habida cuenta de que en nuestro país suelen darse los mismos fenómenos que en el resto de Europa con retraso. En este sentido, este elemento ha tenido otra consecuencia no menos importante como es que el eje izquierda-derecha ha quedado difuminado, surgiendo un nuevo marco de debate liberalismo-proteccionismo o globalismo-soberanismo, recibiendo ambas opciones tantos apoyos a izquierda como a derecha. 

Le Pen ha roto su techo electoral, pasando del 35 al 42 %, reduciendo a la mitad la distancia que le separaba de Macron, creciendo electoralmente por la izquierda como consecuencia del fuerte voto de castigo que recibe el líder centrista, dándose la paradoja de que Macron es un presidente elegido por una mayoría que no le quiere, ya que muchos consideran (y no sin razón) que es malo, pero Le Pen es peor, siendo reelegido gracias a la candidata nacionalista, una candidata que nunca podrá ganar, como Keiko Fuimori en Perú, siendo (en palabras de Jiménez Losantos) una cabeza de cartel nacida para perder, lo que le ha permitido a Macron triunfar donde sus dos predecesores de ambos lados del espectro (el conservador Sarkozy y el socialista Hollande) fracasaron, ya que podrá disfrutar de un segundo mandato. 

Esta situación refleja una cruda realidad: la enorme dificultad de sistema de articular una nueva “operación Macron” habida cuenta de que el actual inquilino del Elíseo no puede presentarse a la reelección, convirtiéndose Mélenchon en el siguiente rostro visible, a quien Le Pen sí podría vencer holgadamente en una segunda vuelta, lo que denota los perniciosos efectos del extremo centro político, que trata de presentarse como una alternativa de unidad e integración cuando lo único que consigue es fracturar la sociedad al necesitar a radicales a izquierda (Mélenchon) y derecha (Le Pen) para sobrevivir, algo que no ha sido exclusivo del mapa político sino extensivo al panorama social, ya que la política de Macron ha creado una nueva fractura entre la Francia rural y urbana, que se ha saldado con la irrupción de los chalecos amarillos, que le han marcado la agenda, actuando a su dictado al subir el salario mínimo y dejar de lado su programa reformista. 

En Francia, tras la práctica desaparición del socialismo y del gaullismo en sus diferentes versiones y siglas (UDR, RPR, UMP y más recientemente, Los Republicanos), sólo hay dos partidos propiamente dichos con una fuerte estructura e implantación como son la Agrupación Nacional de Le Pen y la Francia Insumisa de Mélenchon, ya que Macron no tiene un partido sino un movimiento, hasta el extremo de que En Marcha toma las siglas de su nombre (algo nunca visto desde Jesús Gil), siendo en la práctica un partido personalista, y esas dos formaciones son las únicas que han subido en estos comicios, no por méritos propios sino por errores ajenos de los partidos clásicos, que han recibido un fuerte voto de castigo en favor de dos populismos que sólo se diferencian en matices, ya que Le Pen representa un socialismo de derechas, es decir, un socialismo nacionalista, por tanto, a la derecha del socialismo marxista de Mélenchon. 

En estas elecciones, Le Pen ha sido más inteligente que cinco años atrás, ya que ha continuado atrayendo el voto obrero y ha complementado dicha estrategia con algunas propuestas pro-empresariales y de bajada de impuestos para atraer a la derecha por medio de un programa económico algo más liberal que el de 2017, tratando de ese modo de pescar en río revuelto ante el hundimiento de Los Republicanos y el voto útil de la desinflada candidatura de Zemmour para que de ese modo no se abstengan y se decanten por su lista frente a Macron. 

Muchos electores de centro-derecha rechazan a Le Pen por sus vínculos con Putin, muy acertadamente aireados por Macron durante el debate, pero una contundente conclusión que se puede extraer es que un candidato con las mismas ideas que la líder de la Agrupación Nacional, sin vínculos con el autócrata ruso y sin un apellido que recuerda al filonazi Jean-Marie Le Pen (por mucho que se haya depurado a los radicales que le apoyaban) hubiese ganado a un Macron fuertemente desgastado, porque el miedo al apellido Le Pen (aunque sea menor) sigue pesando mucho, lo que da lugar a que su liderazgo se vea cada vez más cuestionado. 

Le Pen se ha nutrido de los votos de Zemmour, Dupont-Aignan y un tercio de los de Mélenchon y Pécresse, siendo estos dos últimos lo más divididos, ya que otro tercio ha ido a las arcas de Macron y el otro restante se ha refugiado en la abstención, lo cual nos lleva a la importancia del escenario que se da en el centro-derecha galo, devenido macronista e indistinguible del líder centrista, que los ha satelizado, algo similar a lo que ha sucedido en España con el Ciudadanos de Rivera, que se convirtió en una fotocopia del PP. En este sentido, no era Pécresse el perfil adecuado, siendo alguien que incluso dejó Los Republicanos para impulsar un giro centrista que volviese a la UMP de Chirac y que por razones estratégicas se ha centrado en la seguridad y la inmigración en campaña para que sus electores no fuesen con Le Pen y Zemmour, pero se quedó sin espacio político, ya que los más moderados se fueron con Macron y los más duros, con Le Pen, a lo que se suma que Los Republicanos han dejado de ser (como sucedió en 2017) la opción más a la derecha, entendiendo como tal el liberalismo conservador, pues Le Pen toma elementos de izquierdas y de derechas en un nacional-populismo transversal e inclasificable, pero Zemmour les ha rebasado por la derecha. 

Es evidente que un perfil más conservador y de derechas como el de Ciotti al frente de Los Republicanos hubiese sido más competitivo y habría evitado una fuga de votos al conectar con dichos electores, además de corregir los excesos extremistas de Le Pen y Zemmour que ahuyentan a muchos, pues Pécresse lo único que ha conseguido ha sido que se vaya el voto de derechas mientras era incapaz de recoger el de centro, que tenía en Macron su opción natural, y la clave hubiese sido la seguridad, pues si bien es cierto que con el Ejecutivo macronista no se han producido atentados como en la etapa de Hollande, no lo es menos que a lo largo de la legislatura se han producido hechos tan atroces como el asesinato de un profesor, que ha sido decapitado por mostrar unas caricaturas de Mahoma en una clase sobre la libertad de expresión o el sospechoso incendio de todo un símbolo de Europa y de toda la cristiandad como Notre Dame, por lo que el modelo debe ser volver al discurso del primer Sarkozy en 2007, el de una derecha sin complejos que dejó sin espacio al Frente Nacional. 




  

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