La flaca

Llevo años intentando encontrar un largo artículo que leí en los años de estudiante sobre cuánto debe la creatividad literaria a lo que se ha leído y la impronta a menudo inconsciente que deja en nosotros hasta el punto de repetir ideas básicas o sofisticadas, incluso con parecidas o las mismas palabras que aquello que se leyó, sin recordar siquiera que la idea no es nuestra.

La memoria es selectiva y los creadores pueden terminar por olvidar que ese material a base de palabras q les ronda en la cabeza no es original y tuvo un previo autor. Aunque ya no es que no recuerden su nombre, sino que ni siquiera recuerdan que se lo leyeron a alguien antes en alguna parte.

Muchas veces estuve convencido de que el artículo al que me refiero pertenecía a Luis Cernuda y que lo leí en un volumen recopilatorio de los artículos de crítica literaria de dicho poeta. Es probable, indiciariamente, que así fuese, porque en casa sólo encuentro uno de los dos volúmenes en que creo recordar que se dividía aquella colección y el otro quizá desapareció en lo que creí entonces que era un préstamo ocasional pero, por lo que se ve, resultó ser definitivo.

He revisitado en muchas ocasiones ese volumen que guardo en mi biblioteca en busca del artículo en cuestión, por si lo hubiera pasado por alto, pero nunca he vuelto a dar con él, así que cabe imaginar que quizá se encuentre en el otro volumen de aquella edición, pero no es un recopilatorio, que yo sepa, fácil de encontrar.

En todo caso, según mi memoria flaca, Cernuda (o quien fuese) se extendía, con numerosos ejemplos concretos, sobre esta cuestión nada banal y citaba versos y párrafos enteros de, entre otros grandes autores, Quevedo o Cervantes (tanto ellos de víctimas como de verdugos), que inspiraron a otros o que debieron inspirarles a ellos mismos algunos autores anteriores.

Recuerdo que eran fragmentos sorprendentes en los que resultaba imposible adivinar en muchos casos si se trataba de un plagio, de un guiño, de una casualidad o de la repetición de una idea de la que ya ‘el nuevo autor’ ni siquiera recordaba que la había extraído de su memoria y no de su misma creatividad, la propia, la original.

Si se tratase de esto último, la cosa se complica aún más, pues la memoria (incluso flaca) sabemos que forma parte ineludible de la creación (material básico de la imaginación) y cabe preguntarse si no es suficiente reelaboración creativa haber olvidado que ese texto o esa idea fue adoptada muy lejos en el tiempo, anteriormente, hasta olvidar incluso que se leyó y a quién se le leyó.

Se trataría pues de un caso de honradez intelectual saber reconocer, llegado el caso, que aquella idea o aquellas palabras le debieron parecer tan acertadas a quien mucho después las adoptó, que han permanecido indelebles en su memoria, pero ya no como homenaje de ninguna clase, sino como verdadero material de su entera propiedad, hasta haberlo hecho suyo. No sería adopción, sino un hijo propio, en tal caso…, aunque alguien quizá podría reprochar lo que se quiera, incluso con maldad o suspicacia, cuando el tiempo haya transcurrido y ya no esté su protagonista para recuperar la versión de la auténtica intención de todo ello.

Si algo de estos fenómenos inciertos y de difícil explicación les parece interesante, sepan que nada de esto guarda relación alguna con lo que hizo ese tal Pedro Sánchez con su tesis doctoral. En su caso, todos sabemos lo que sucedió y lo suyo es un continuo ejercicio de desmemoria sobre sí mismo, sobre sus palabras, sobre sus acciones y sobre su misma ideología inexistente. Lo suyo es un YO del tamaño de la Cruz del Valle de los Caídos. Le sobra España.

He dicho.




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