La filoxera moral de Europa

Ahora que el bueno de Jesús Aguirre, consejero de Salud de Andalucía anda confinado por haber dado positivo, aunque vacunado con pauta completa, espero que tenga tiempo y ocasión de leer esto…

He querido reservar plaza con unos amigos para asistir a una cata de vinos en una pequeña bodega situada en la serranía de mi provincia. Se encuentra ubicada en un lugar oculto y apartado, en mitad del campo, rodeada de unos envidiables viñedos que producen unos caldos multipremiados y deliciosos donde organizan jornadas de degustación al aire libre, dentro de la propia finca, que acompañan de un sabroso maridaje de productos de la zona a modo de aperitivos.

No hemos podido hacerlo porque uno de mis amigos tiene un hijo menor de edad y el propietario de los viñedos nos informa de que Sanidad les prohíbe categóricamente, porque los crujen, que puedan asistir menores a estas jornadas regulares de los fines de semana, ni siquiera acompañados de sus padres.

No es que les prohíban beber, sino ni siquiera asistir a un lugar tradicional, armonioso y en mitad de la naturaleza que conecta con la tradición más culta, artesanal y longeva del Mediterráneo.

Todo el panteón de dioses griegos y latinos, con Dionisos/Baco, hijo de Zeus/Júpiter y Sémele, a la cabeza, andarán con parecido berrinche al mío y a punto de alzarse en armas. Es más, no descarto que el contagio por virus chino del consejero sea un castigo de aviso que le envían a modo de advertencia por plegarse a la satrapía reciente de lo políticamente correcto guiado por las ‘Vonderléyenes’ europeas y europeístas de los pueblos bárbaros del norte. Y no me extraña que le castiguen, porque la clase de gilipollez que nos invade como sociedad a estas alturas clama al cielo.

Hace algunos años, cuando trabajé en un órgano administrativo dedicado a la vigilancia de los contenidos audiovisuales en los medios de comunicación públicos y privados, me tocó emplearme a fondo mediante la emisión de votos particulares que me granjearon enemistades fastuosas (que doy por bien empleadas) en los que mostré reiteradamente mi contundente rechazo a la normativa que, guiada desde Europa y desde el Estado, nos imponía una suerte de moralidad escandinava que condena la publicidad de toda clase de bebidas alcohólicas y demoniza su consumo, pretendiendo mantener alejados a los niños de un producto no recomendable para ellos, en lugar de emanciparlos mediante la adecuada cercanía y educación al respecto desde la crianza… y el reserva.

Alegué en su día repetidas veces que de niño, al llegar septiembre, siempre vi correr regatos del zumo de la uva por las calles de mi infancia y todo el pueblo celebraba con alegría las festividades en torno a ese ciclo de la naturaleza, impregnado el aire con el olor intenso de los lagares y las tabernas, que representó siempre, desde Siria hasta Tartessos, desde los griegos y etruscos a las bodegas de Jerez o de Sanlúcar, el renacimiento de la vida en todas las culturas ancestrales…, menos en aquellas donde no vieron una uva ni por milagro (a lo sumo, uvas pasas llevadas en galeras para echarle al cordero) y hoy alquilan un crucero los fines de semana para agarrarse unos pedos colosales en… ¡aguas internacionales! Cínicos hasta la náusea.

En esto, al parecer, consiste el oprobioso y estrecho cinismo de la moral de los pueblos bárbaros del norte que desean imponernos a golpe de decreto o de machete a los pueblos de más al sur, porque jamás entendieron que el maíz, la malta o el arroz y otros productos parecidos sólo son capaces de producir una cierta clase de basura que arruina los hígados y las meninges en cuanto te descuidas.

Habla el Nobel Juan Ramón Jiménez con Platero, arañado por la tragedia y la tristeza, del drama colosal, cuando la filoxera, allá por los años 20 del pasado siglo, arrasó las viñas del entorno del Condado y convirtió sus pueblos en tanatorios de la pena y a sus habitantes en fantasmas. Nada de esto entienden y a este paso, con toda la gilipollez reinante y con la excusa de “las políticas públicas” (término redundante y absurdo que sólo significa afán prohibicionista y recorte de derechos y libertades), terminarán por prohibir la entrada en los bares y en el Real de la Feria de Sevilla a los impúberes e infantes, mientras en la escuela, bajo la misma excusa, se dedican a promocionar cómo debe meterle un niño el dedo en el culo y masturbar con la boca a su compañero de pupitre.

Las medidas de alejamiento, negación y ocultismo con el vino son tan ciegas y subnormales que equivaldrían en materia sexual a ocultar y negarle a un adolescente la posibilidad del sexo y no explicarle los beneficios de usar condones en sus relaciones sexuales. Cuanto más lo escondan, más gente será incapaz de asimilar los principios de la prudencia en su consumo y más borrachos de aluvión en fin de semana nos encontraremos en las calles consumiendo en cualquier explanada como cosacos preadolescentes y no sería de extrañar que el alejamiento nada persuasivo y la persecución y demonización del producto esté detrás de las cogorzas monumentales de cada vez más adolescentes, atascados entre el placer de lo prohibido y la absoluta ignorancia del uso prudencial y comedido del vino y, sobre todo, de otros productos alcohólicos infinitamente más insanos.

Por pura lógica, si la supuesta correlación que parecen establecer estos cabezas de huevo de la barbarie moderna fuese cierta, donde más borrachos (o enfermos de alcohol) habría sería en Jerez de la Frontera y no en Goteborg o en Moscú, donde la única uva que vieron en su vida debió ser en algún bodegón colgado en los museos de San Petersburgo.

Malditos sean todos estos moralistas imbuidos del salvacionismo de damiselas sufragistas decimonónicas que contribuyeron a crear los negocios de la mafia neoyorquina y de Chicago con la llamada “Ley Seca” que se demostró inservible, pero sepan por mi parte que sólo votaré a partidos dispuestos a acabar con toda esta filoxera moral y con esta molicie entreguista, zopenca, cínica y estúpida que nos imponen desde Bruselas.

He dicho.

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