La felicidad no es eso

Criticar un magno bestseller a nivel planetario no es tarea aconsejable para nadie. Máxime si esto lo osa una modestísima escritora desconocida, se presta al ridículo más fácil (“¡Ya quisieras!”, dirán). Y no obstante, después de haber estado de paso en cuatro países en una semana, y en todos ellos hojear periódicos locales y hallar artículos elogiando a la Reina del Orden, y de la “Felicidad” que da el orden, artículos referidos al bestseller que se halla en su vez en todas las grandes estaciones de tren de Europa –y presumo que del mundo- pues bienvenido sea el ridículo con tal de dar rienda suelta al sentido común.

Todo tiene que ser una religión; todo tiene que ser revolucionario y grandioso. Con palabras que sonarán ñoñas, me atrevo a decir: ¡Cómo se echa de menos un poco de humildad! Humildad: esa virtud que nos sonaba tan tonta y poco atractiva, y luego vemos lo necesaria que es para no caer en absurdas grandilocuencias…

El ejemplo más actual es la comida. Ya no se puede hablar de consejitos para comer más sano; no, hay que sentenciar que “Eres lo que comes” (¡me niego a creerlo!), y darle a la cocina un carácter sacrosanto.

Y ahora llega el orden en la casa. No se puede decir: “Vamos a dar unas ideas para despejar las casas, que están hoy abarrotadas” con la modesta y sana intención de dar unos consejos domésticos. Hay que crear una religión nueva, hay que hablar de felicidad. “Debes tirar los objetos que no te hagan feliz”. ¡Feliz! Pues me quedaría sin el noventa por ciento de las cosas que tengo en casa, que no es que me hagan “feliz” pero me hacen falta.

Se unen aquí mil cosas irritantes. El abuso de la palabra “feliz”, hasta la exacerbación. Lo pésimamente traducido que está el libro (hablo de María Kondo, sí), con el abuso continuo de la segunda persona del singular. El totalitarismo, que no otra cosa es el querer crear un sistema que abarque a la persona entera, con promesas (¡por favor!) de felicidad nada menos. La pretenciosidad de haber descubierto América por apropiarse de unos ingeniosos trucos que miles de anónimas amas de casa habían empleado antes, sin soñar con hacerse millonarias con ello (la utilidad de las cajas de zapatos; el colocar los papeles en vertical, que ahorra espacio; etc etc…).

(Qué ironía, por cierto, la de nuestra época. Se dice “ama de casa” y parece que nos van a apalear por expresión tan retrógrada. Pero se vende “felicidad”, con lo que non son sino consejitos de ama de casa, y la vendedora se convierte en el ídolo venerado de todo Occidente).

Y algo más, lo peor quizá. El exacerbado y aberrante culto al materialismo. Es mucho menos materialista la persona que no se preocupa tanto de lo que tiene o deja de tener en casa, que la que hace un análisis profundo de si vale la pena o no conservar tal objeto, y emplea sus neuronas en tenerlos localizados todos con prístina exactitud. Los millonarios modernos habitan en amplias casas minimalistas, casi vacías. Los humildes estamos llenos de chismes, y ni pensamos en ello, y no había caído, pero puestos a pensarlo, me enorgullece.

Con mucho más sentido común, leí en algún lugar otra definición, carente de pretensiones, de lo que constituye un hogar agradable – o una oficina, o cualquier entorno: Si aparece con cierta rapidez lo que se necesita, y si se está a gusto en él, pues no hay que darle más vueltas.

Miren la fotografía del despacho de Julián Marías. No cabe duda de que se encontraba allí a gustísimo y de que más o menos sabía dónde estaba cada papel.



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