Uno con veinte euros. Número que no es redondo, monedas diferentes, imperfección por los cuatros costados. Aun así, esta cifra da la felicidad, y mucha.  A veces, viene acompañada de altramuces, cacahuetes, patatas o aceitunas rellenas, en ocasiones, este aperitivo es gratis y en otras situaciones viene plastificado con un precio escrito a boli. Eso sí, magnífica presentación siempre.


A las personas que se gastan más de uno veinte, a esas, hay que hacerles más caso que al resto en esta vida. Seguramente en los próximos minutos de reunión sacan algún tema (inventado o exagerado) que te sacará unas risas, para evadirte un poco de la realidad. A los que se gastan 1,20 y se van, son los típicos que rechazan una, y en el mundo del 1,20 no hay segundas oportunidades y tampoco prisas. Pero ojo eh, se les quiere, ellos aportan, son una figura partícipe de este acto de felicidad. Hay que tener en cuenta que siempre sabes la hora de llegada, pero nunca jamás la hora de vuelta.

Personalmente, me encanta el mundo del 1,20. Lo veo natural, llano, simple, como la vida misma. También en estos bares donde brilla la comedia, hay fantasmeo, caraduras, con menos vergüenza que un ladrón en una juguetería, te los puedes creer o no, pero reírte te ríes tela.


En esta atmósfera, se suele subir el toldo a la hora del brunch, vamos lo que viene siendo a las 12 de la mañana. Sin duda, la mejor hora de los del 1,20, y con un clima que acompañe, ni te digo. Para mí, esa franja horaria es mi preferida, aunque la vespertina también entra de manera cumbre.

El lugar donde se produce esta explosión de endorfinas, suele estar al límite de su capacidad,  tiene más cuentas que un banco, camareros habilidosos y bonachones, vasos peculiares, empleados con máster en cálculo mental, y como no,  parroquianos que se juegan su matrimonio día a día. Las sonrisas en este contexto están aseguradas.

Ver correr la cerveza por los grifos de la Cruz del Campo, es una sensación de bienestar . Mi felicidad y la de muchos y muchas que leen esto, tiene precio. Sólo vale uno con veinte euros por unidad. A veces nos complicamos la vida buscando la felicidad, y no nos damos cuenta que está en lo simple.

Larga vida al 1,20; pero sobre todo, gloria bendita a las buenas compañías.

¡Que nunca nos falten los bares del sur!