La farsa de la soberanía popular

¡Cómo se les llena la boca a todos nuestros políticos de alabanzas y parabienes para con el voto soberano del pueblo! “Usted decide con su voto”, “No se quede en casa, si no vota, luego no podrá exigir”… Y todas esas monsergas y lugares comunes “democráticos”.
Todo ello, claro está, hasta el día antes de la votación. Porque, ay, justo un minuto después de que se cierren las urnas ya están pensando en cómo utilizar todos esos votos para traicionar de mil maneras la voluntad de la gente.

Que dos millones setecientas mil personas han votado una opción política que no gusta a los poderes establecidos, pues no hay problema, se desprecia a esos casi tres millones de personas y se coloca a los representantes de toda esa gente en la parte más alta y alejada del hemiciclo, porque su voz, estiman lo que deciden, tiene que oírse más bajito. Que un gobernante europeo muy estirado te da directrices de que hay una opción política a la que hay que marginar y que es tóxico cualquier contacto con ella y tú, dócil y sumiso ciudadano político español, aceptas borreguilmente esos “desinteresados” consejos, pues no pasa nada, se le retira cualquier valor representativo a los votos recibidos por ese partido “tóxico” y se les trata como si no existieran. Que se estima que la gente se ha equivocado durante veinte años votando al mismo Alcalde, que, sorprendentemente, ha vuelto a obtener más votos que nadie (¿será, casualmente, porque a los que votan les gusta cómo lo hace?), pues se alían varios partidos perdedores, de tendencias políticas radicalmente contrarias a la opción más votada, y se coloca de Alcalde a cualquier ciudadano político advenedizo y propenso a moverse descontroladamente a merced del viento cual veleta.

Y ahí se queda la soberanía popular, arrastrada por los suelos y pisoteada cual papel mojado  arrastrado por un huracán de ambición, sectarismo y desprecio hacia la gente que se dice representar.

Lo ocurrido en estos pocos más de quince días desde las elecciones municipales ha sido un espectáculo a la par triste, ridículo y dramático. ¿Cuánto tiempo más tardarán nuestros políticos en darse cuenta que, actuando de esa manera, sin criterio ni principios y, sobre todo, sin respeto alguno a los que les pagamos sus sueldos y los elevamos a situaciones de poder que, de no contar con el voto de muchos, no habrían podido alcanzar, están deslegitimando el sistema político que nos rige y que las urnas sustentan? ¿Que están transformando la soberanía popular en sus manos en un fraude democrático por muy legales que sean los pactos a los que se llega

La conclusión es que la partitocracia subvierte la democracia.

¿Es eso lo que queremos? ¿Seguiremos legitimando con nuestros votos a esos partidos que no los respetan? Por mi parte tengo clara la respuesta.  Persistir, como se viene haciendo desde la transición, en estos fraudes al electorado, aparte de convertir el sistema en una democracia fallida y que pierde su sentido, está llevando a España a la destrucción (tanto poder en manos de unos pocos diputados nacionalistas desde siempre…)

¿Estamos aún a tiempo? No queda mucho, me temo. 




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