La Estrella (roja) de la Muerte y Santa Evita

Recuerdo las fiestas de celebración del 1 de mayo en Moscú, con el politburó de aquellos dinosaurios presidiendo los desfiles en la Plaza Roja y el gigantesco despliegue de misilería y de autómatas marcando el paso de la oca, como troopers de Star Wars guiados por la Estrella (roja) de la Muerte, un bosque de carceleros del gulag que
expandían la miseria alrededor del mundo y hostigaban ambos hemisferios con su amenaza de proletarización al servicio de ellos mismos.

Al terminar aquellos fastos de banderas y cantos internacionalistas, los jóvenes líderes de más de 80 años se besaban en la boca envueltos en abrigos de piel de oso y gorros como de cosacos de piel de foca. Un asco de narices daba aquello, por el fondo y por la forma.

Como la democracia liberal (¿cuál si no?, no hay otra) no quiso desde Yalta excomulgar al comunismo como la verdadera peste que representa, terminaron levantando a su capricho un muro que escondía todo aquel horror y un telón de acero detrás del cual implantaron la tiranía más abyecta conocida por la Historia.

Déjense de cuentos chinos, porque el 1 de mayo no conmemora la lucha en ninguna fábrica manchesteriana ni homenajea a ningún obrero, sino que celebra como una fiesta el sueño totalitario de aquel Big Brother elemental que encerró para siempre a diez generaciones de víctimas que no pudieron jamás alzar la voz y que aún persiste en lugares como Cuba, Corea del Norte o Venezuela.

La épica de aquella mierda pervive sólo en los huesos olvidados de millones de zombis esparcidos por las estepas y en el silencio sepulcral de quienes vivieron aplastados por el miedo.

Resulta vergonzoso que en mitad del siglo XXI en España tengamos un gobierno cooptado por aquellos mismos catequistas que aspiran a subirse a la tribuna con el puño en alto a reivindicar en nombre de la clase obrera las cartillas de racionamiento y el silencio de los corderos.

Que Yolanda Díaz, ministra responsable de llevar al país a la catástrofe de más de seis millones de parados y que emplea su tiempo en el Ministerio a probarse camisas de seda regaladas acuda a una manifestación por el Día de los Descamisados es un oprobio y un insulto, pero más aún lo es que los sindicalistas la reciban como a Santa Evita en ninguna parte si no es para echarla al pilón de su ignominia.

Ministros y líderes políticos cuya primera nómina de su curriculum es precisamente la de ministro o la de dirigente político debiera ser suficiente motivo de alarma para Europa. Y no lo es.

El comunismo de niñatos de este siglo XXI no contempla a la persona ni siquiera como obrero, que ya era de por sí una deshumanización que reducía al ser humano a su condición de utensilio o de herramienta y lo desvinculaba de la libertad porque sólo era una pieza más de un engranaje abyecto al servicio de un sistema. Para los de ahora, cada cual es un cadáver sostenido por una paguita, una ayuda o una subvención, un papelote que suma en las cuentas de un Estado piojoso que necesita robarlo todo para sostenerse arriba de la bicicleta.

Ayer mismo señalaba Felipe González que cuando el mundo yace entre las ruinas y todo es escombro, sale un tipo que te dice que la cosa va de cojón de mico y que estamos a punto de asistir a la más asombrosa recuperación económica.

Tanta mentira y tanto discurso de posguerra nos condena a una etapa larga de sufrimiento y de rescates mientras ellos desfilan con sus viejas canciones de descamisados para luego subirse al Falcon luciendo gafas Ray-Ban, mientras saludan la llegada de maletas cargadas de tesoros a través de un cable submarino que conecta con las casas de apuestas. Hagan juego.

He dicho.




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