La estampida de ñúes y los orificios

Les aseguro que yo he visto con mis propios ojos a personas de Ciencia defender con uñas y dientes que el mensaje de aquel autobús que rezaba “Los niños tienen pene y las niñas vulva” era un deleznable error porque contenía un disparate científico.

Las razones que alegaban eran tan absurdas como incomprensibles. No para mí, que sabía perfectamente lo que guiaba tan mastuerza e interesada tergiversación, sino para su propio campo de especialidad.

Cuando un científico abandona su Ciencia pero pretende que prevalezca su opinión por su mera condición de serlo, incurre en un serio y deleznable abuso que le descalifica sólo a él. La Ciencia ni se inmuta.

Simón, por ejemplo, es en estos momentos el santo patrón de esta clase de desfalcos, pues refugiándose en su condición profesional y en la pompa inmaterial que le proporciona el cargo, ha entrado ya en una deriva ágrafa y estulta que le permite afirmar una cosa y su contraria, casi nunca en beneficio de la salud pública, del conocimiento o de la objetividad, sino siempre en protección del provecho propio o del Gobierno. O sea, una insana desvergüenza.

Lo mismo que la incidencia de la epidemia en España iba a ser pequeña y las mascarillas no servían de nada, luego resultó que usarlas sería obligatorio y utilizar las Fpp2 ahora es egoísta, como pudo haber dicho que usarlas es emocionante, o lujurioso, o arriesgado, o tenebroso, o cualquier otro chascarrillo que se le hubiese ocurrido en el instante.

Sólo un tipo alcoholizado hasta los huesos podría reunir tanto desahogo para pronunciarse de forma tan contradictoria y contrapuesta como Simón estando sobrio.

Y es que la manera de mentir de Sánchez es, al parecer, muy contagiosa y no hemos encontrado aún la vacuna para prevenir tanta basura, que ya nos inunda y nos desborda: mienten a calzón quitado…

Mintió la Calviño cuando dijo que la incidencia en nuestra economía sería muy pequeña: no, no faltó a la verdad, porque fue a sabiendas y porque era imposible no saber desde el principio que un confinamiento prolongado conllevaría una hecatombe económica descomunal.

Ábalos miente por secreción glandular y por ADN, Illa por salvar su incompetencia y llenar las arcas y Marisú porque yo lo valgo y porque le importa tres puñetas decir que no le subirá los impuestos a la clase media ni a los trabajadores.

Pero vuelvo al principio, porque ocurre ahora, al fin, que la ideología de género parece haber caído en la cuenta de que no se puede mentir con tanto descaro y dejar la asignación biológica en manos de la auto percepción de cada cual, so pena de que algún día los varones, hartos de discriminaciones abusivas (es decir, hasta los cojones), decidamos declarar que nos sentimos mujeres y se les corte el rollo de golpe y tengan que devolver todo lo robado.

Al partido de Lidia Falcón, feminista de la primera ola, lo han expulsado de la coalición Izquierda Unida por defender cosa tan simple como que alguien que se dice transexual o bisexual, etc., no por ello pierde su condición biológica evidente.

De modo que el feminismo empieza a comprender no sólo que el lema de “Los niños tienen pene y las niñas vulva” es una obviedad, sino que negar lo obvio es obtuso, una ignominia y un insulto a todas las mujeres. Y a los hombres también, señora. Pero, sobre todo, admitir eso les recorta la subvención.

La Falcón, que es una señora que vive en el permanente estado de cabreo de quien se tomó demasiado tiempo en serio las paparruchadas del género, pretende desandar ahora el camino y frenar esa estampida de ñúes que contribuyó a desatar a lo largo de toda su vida. Puede que llegue tarde, pero parece haber adquirido la lucidez necesaria para saber que su propia manada se dirige directa y sin remedio hacia el precipicio. Sin subvenciones y discriminaciones no son nada y los lgtbi-etc piden ya una renta mínima vital por ejercer de arañas.

Un fulano que se declare mujer, transexual o gato montés y apalice a una señora, acabará en una cárcel de varones, donde podrá ejercer de lo que guste hasta perder las ganas. Y podrá reclamar que lo visite un ginecólogo en la celda, pero cuando la analítica correspondiente le detecte un tumor de próstata, la observancia le terminará visitando su sublimado orificio trasero.

Las leyes no regulan los sentimientos de nadie, sino las acciones de los ciudadanos. Las leyes respetan (o mejor, ignoran) que usted se sienta vasco o murciano independentista, enviado de Dios, hijo de la pata del caballo del Cid, la reina de Saba, Napoleón Bonaparte, estrella de la ilusión, cervatillo, gurumelo o Bernarda Alba… Allá usted con su desquicie, pero abandonen, por favor, la ventanilla de las subvenciones, por la cuenta que nos tiene a todos.

Irene Montero, sin ir más lejos, se siente cada vez que habla como una Simone de Beauvoir enfundada en un vestido de Rosa de Luxemburgo, pero no detecta que levanta oleadas de vergüenza ajena mientras se le aprieta el gesto de una Madame Bovary como adolescente.

PS: Y C’s…, se apunta a todo.

He dicho.


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