Debido a una semana cargadísima de noticias, ha pasado un tanto desapercibida la muerte de Laura Sanz, una mujer de Burguillos (Toledo), madre de tres hijos, que falleció por los efectos de una gran explosión de gas (se supone que accidental), procedente de una panadería situada frente al hotel de París donde se alojaba con su marido. Concurría la desgraciada circunstancia de que aquella era su primera salida de España, gracias a un viaje sorpresa que le había regalado su esposo.


Pero lo que añade otra vuelta de tuerca a esta tremenda historia, es el testimonio del marido contando cómo al salir del hotel -llevando a su mujer gravemente herida entre sus brazos- sus desesperados gritos pidiendo ayuda fueron absolutamente ignorados por todos con los que se fue encontrando, que se limitaban a grabar con sus móviles la desoladora escena. Inhumana conducta ésta, muy vista ya en las redes sociales, donde sea  cual fuere el lugar del planeta donde se producen unas imágenes escabrosas, nunca falta un público impertérrito grabándolo todo.

Un tema que hoy suscita un interesante debate sobre nuestro inminente futuro es el grado de empatía e inteligencia que podrían llegar a adquirir los robots. Parece que el de algunos seres humanos queda acreditado tan sólo con facilitarles un teléfono móvil.