La culpa no era mía, Sánchez

El Gobierno lucha en estos momentos con todas sus fuerzas contra una epidemia temible y muchos minusvaloran los esfuerzos que realizan Sánchez y sus ministros para librarnos de su contagio: la epidemia es de un virus llamado… la verdad.
No hay manera de contenerla y se expande como un éter invisible difícil de contrarrestar.
A estas alturas el Gobierno lo está intentando todo: ha confinado a España en sus casas y ha colocado bajo el radar de la geolocalización (de manera absolutamente inútil) incluso a las mascotas; ha convertido las televisiones en un hilo musical de complacencias y agradaores; ha llamado a filas por Twitter a todos sus lobos para que se alisten y se lancen a pelear contra ella (la mili sigue siendo sólo cosa de hombres para el PSOE); ha inventado seres fantasmagóricos en redes sociales hasta salirles boqueras de tanto succionar; ha revisado y limpiado a fondo los time-lines del Gobierno y el partido para no dejar huella de lo pronunciado hasta el día anterior; ha inundado los hogares de España de embustes colosales; ha embadurnado cada comparecencia ministerial o experta de emocionalidades infantiles y celebra que los niños se laven ahora más las manos a la hora de merendar; ha reventado el copy-paste a base de extraer citas apócrifas que van desde poetas saadíes a JFK y ha convertido a George Orwell en un humilde aprendiz de lo distópico.
Pero no hay manera, no hay quien pueda con ese virus fatal llamado la verdad.
Les confesaré una cosa: todos los países están falseando las cifras a uña de caballo y la batalla contra esta epidemia va a durar mucho más que la del coronavirus, pero hay que darla, cada cual en su país, para que la democracia logre inmunizarse frente al engaño, la estafa y la mentira de sus dirigentes.
No es fácil comparar las cifras de la batalla contra el virus de Wuhan entre países, porque cada cual tiene un punto de partida y una idiosincrasia diferente. Por ejemplo, Alemania tiene 20 camas de UCI por cada 100.000 habitantes, Francia 12, España 10 y Reino Unido 8 o 9. Y era evidente que no se obtendrían los mismos resultados partiendo de una situación que de la otra en caso de saturación.
Pero una cosa es que los resultados no sean homogéneos y otra muy distinta que no se puedan observar cuáles fueron los errores en cada lugar.
En el caso de España, el mayor de todos se debió al sesgo ideológico y partidista del 8-M. Según los Informes del Imperial College de Londres (el último del pasado lunes 30 de marzo), la semana previa al 8-M, la cifra de contagiados en España rondaba los 270.000 (el día 5-M se registró el tercer fallecido por coronavirus en nuestro país) e inmediatamente después del 8-M esa cifra se elevó a más de 2 millones de infectados, mientras que los números oficiales del Gobierno contabilizaban ese mismo día 1.200 contagios identificados.
Traten de pensar en el bulto que existe entre 1.200 contagios y 2 millones y pueden intentar imaginarse el consecuente número de muertos que nos ocultan aunque desborden morgues, garajes públicos y pistas de hielo… Para el 30 de marzo, fecha del Informe del Imperial, el número de contagiados en España se calculaba ya en 7 millones.Y subiendo.
Habría bastado con restringir los eventos públicos en los días previos al 8-M para habernos evitado esta catástrofe de tintes penales. Lo hizo Alemania, que suspendió la Feria Mundial de Turismo prevista entre el 4 y el 8-M; también Suiza, que suspendió la gran Feria del Automóvil de Ginebra prevista entre el 5 y el 15-M, así como otros muchos países; y por eso (además de tener más camas de UCI, mas test, más suministros médicos, etc), el resultado (siendo menos falseado) arroja un balance mucho mejor.
¿No lo sabía Simón cuando le preguntaron? Lo sabía, claro que sí. Pero en ese momento estaba luchando contra ese virus llamado “la verdad”.
Para la segunda parte de la hecatombe española casi no hay palabras, porque, además, se deriva de la anterior. Hicieron caso omiso de las advertencias públicas mundiales y también de las específicas para afrontar el impacto del tsunami chino. Olvidaron, por encima de todo, y esto es imperdonable, elaborar un plan. Es decir, aplicaron la misma receta que las autoridades del siglo XVII aplicaban cuando se desataba una epidemia de peste negra: el encierro de los habitantes en sus casas y ciudades y esperar a que el virus terminara su banquete cuando mejor le pareciera. Ése, no otro, era el único plan.
El feminismo idiota era inaplazable y el Gobierno no sólo no dio la voz de alerta sino que alentó a participar, lo que conllevaba igualmente la normal celebración de otros mil eventos. Y colmató su culposo silencio no haciendo acopio del material necesario que había recomendado la OMS y creyendo suficientes los test que podría suministrarles el Instituto de Salud Carlos III. ¿Qué mierda podía saber el ministro de Filosofías sobre el número necesario de test en caso de pandemias?
Cuando el virus chino mostró su rostro exponencial, no hubo test, ni mascarillas, ni Equipos de Protección Integral, ni respiradores, ni camas suficientes para el abordaje de una enfermedad que habían dejado extenderse con una impunidad dolosa sólo por aprovechar el tirón ideológico de un feminismo tan agresivo, despreocupado y obsceno como el propio coronavirus.
En las dos primeras semanas (son datos del Imperial), los hospitales españoles habían consumido los 30.000 test de los que disponía, el mismo período en el cual los coreanos habían efectuado 338.000 test, además de contar con un plan sistematizado que permitía aislar, sectorizar y quebrar las cadenas de contagio mediante geolocalización de los teléfonos móviles de los sospechosos y el uso de una app obligatoria.
Japón y Taiwán también habían trazado un plan, basado en ambos casos en el peinado casi nanométrico de fronteras, el uso masivo de las mascarillas y el escrutinio inmediato de los sospechosos de contagio. Éxito absoluto.
Singapur, por su parte, también logró librarse con un plan alternativo, esta vez necesitado de una estrecha colaboración ciudadana, que incluía, cómo no, la distribución y utilización obligatoria de las mascarillas y, sobre todo, hacía uso de las redes de bluetooth, lo cual permitía a la gente por la calle alertar de la presencia cercana de un infectado.
Ninguno de esos países necesitó enviar a cero su actividad económica normal y hace unos días millones de japoneses se reunían alegremente para ver el florecimiento de los cerezos por las colinas de todo el país…, mientras en España no podemos reunirnos ni para asistir a misa el Domingo de Ramos.
Sean cuales sean las cifras reales de Alemania, su balance de muertes está muy lejos del nuestro y realiza 160.000 test semanales, más de 20.000 por día, y en ningún momento ha sufrido carestía de equipos básicos de protección.
Hay muchas otras diferencias, ya digo, pero el Gobierno de España no cumplió ni uno sólo de los requisitos mínimamente exigibles y luego fracasó con estrépito y vergüenza delante de todos los ciudadanos en cada paso que ensayó.
A falta de poder distribuir nada de lo necesario, los ministros ahora se suceden con declaraciones horrísonas y cursis sobre el afecto y el cariño que han volcado sobre los que soportan en primera línea esta crisis, olvidando que el Estado no tiene que efectuar despliegue alguno de emocionalidades ni soplapolleces, sino ejecutar planes eficaces, con respeto y honor, en beneficio de sus ciudadanos.
Me importa tres narices que la ministra de Defensa me quiera mucho o poco o el de Interior ponga ojitos o se conmueva con una presidiaria que fallece del covid19 (por cierto, de 78 años y que sólo iba a la cárcel a dormir). Lo que espero es que estos tarados morales hagan todo lo necesario para que a nuestras tropas no les falte lo necesario para cumplir su misión. Y todo lo que no sea esto, sólo es que luchan contra el otro virus: el de la verdad.
Lo peor de todo, no obstante, no es que hayan acrecentado su escalada de combate contra “la verdad”, ni que hayan marrulleado hasta el extremo de aprovechar la crisis para meter al subcomandante expropiador en el CNI, para despenalizar las injurias al Rey, para reservarse la facultad de indultar a presos o para elaborar expedientes expropiadores de la Mezquita de Córdoba y de la Giralda. Lo peor, digo, es que han enfangado con sus torpezas y mentiras el trabajo de los sanitarios y de los cuerpos de seguridad hasta la desmoralización y, subiendo la apuesta, la izquierda ha aprovechado para introducir la aberrante, inefable y oblicua inmoralidad de abandonar y despreciar a nuestros mayores, por razón de edad, contraviniendo los más elementales principios morales, del Derecho Natural, de la Constitución, de los derechos humanos y hasta del juramento hipocrático.
Y en esto no puede haber dudas, Illa (o Sánchez, tanto monta monta tanto): la culpa no era mía ni de la edad que yo tenía… ¡el violador eres tú!
He dicho.

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