El Partido Popular confiesa que hay un sólo bautismo para el perdón de los pecados. O se vota al PP, o no hay solución a esto. “Esto” es la forma en la que nos referimos ya al caos en que está sumida España. Es una expresión exactamente igual a la que Fernando Fernán Gómez rememoró en un artículo que dedicó a los espantosos días de la Guerra Civil, durante la que solía decirse “cuando se acabe esto”. Todo el mundo sabía lo que era “esto”.


Electoralmente el Partido Popular es muy torpe. El subidón que le ha provocado la presidencia de la Junta de Andalucía por Juanma Moreno, es tal que vuelve a despegarle los pies del suelo. Por torpes han sacado de nuevo a escena a Rajoy, a Soraya y a Aznar. Y dos veces, no una. Casado hizo creer que hubo una regeneración del tejido popular, y ahora resulta que aún estamos con la zona necrosada. Y encima Rajoy dando consejos a Casado de cómo ha de jugar su papel. Consejos de un lamentable político que no está legitimado para darlos, autor con sus cómplices de una estafa electoral que abrió desangrada la vena safena de los votos. Vamos, de llamar a Ramón Vila camino de Córdoba desde Pozoblanco.

Yo soy uno de los que se fue del PP tras la estafa. Fue un acto libre e independiente. Pero me encontré con que mi decisión al votar ya a otro partido, resultó ser la misma que la de dos millones de electores, los que le rompimos al PP la mayoría absoluta. De modo que me descubrí a mí mismo en el valor de significar un auténtico indicio de lo que ocurrió. Desde entonces ya no me pierdo de vista en esa condición de orientador de lo que pase en el futuro.


Casado, muy católico y con el papa Rajoy entre bastidores, da el toque general para que volvamos al redil, como ovejas descarriadas que guíe el buen pastor. Está cayendo en el error eclesiástico de creer que sin Iglesia no hay Dios, que la salvación no es posible en otras religiones e incluso fuera de todas, en la mera relación directa con lo divino.

Por este camino -que suena al otro “Camino” de Escrivá- no creo que vaya a recomponer la derecha troceada de la que habla Aznar, la que dejó entera y de una pieza al inepto Rajoy que la hizo añicos. El mismo que en la Convención creyó que Casado necesitaba de su aval de inútiles e increíbles palabras. Puede que le haya malogrado sus propias garantías. Puede que nuestros votos de fugados sigan sumándose a las posibilidades de otros partidos menos ambiguos, en corto y por derecho, sin Rajoy en el telón de fondo: ese Rajoy reticente a la quimio política, que donde mejor estaría ya es, de una vez por todas, en el Registro de la Propiedad.