La conciencia de la señora Calvo

La definición de consciencia es algo así como “la capacidad del ser humano para percibir la realidad y reconocerse en ella”, mientras que la de conciencia es “el conocimiento moral de lo que está bien y lo que está mal”.

No podía evitar, y miren que lo intenté, sentir verdadera lástima por esa señora, natural de la nobilísima ciudad de Cabra, de apellido Calvo. Porque, aunque actualmente carezca de ella, todos los humanos, y ella, bien que le pese lo es, tienen en algún sitio guardada, algunos más escondida, otros menos, esa cosa importante a la que llamamos conciencia. Y porque algún día, y espero que no a mucho tardar, porque ya no es ninguna jovencita (no bonita, no bonita), esta mujer será consciente de lo que ha hecho (sola o en compañía de otros como reza el código penal español). 

Carmen Calvo, que debería haber pasado a la pequeña historia como la del Pixie y Dixit, o la de “el dinero público no es de nadie”, y otras anécdotas gramaticales, muy nefastas para la lengua española y la categoría intelectual de sus políticos (pero, digamos, “asumibles”), finalmente va a quedar retratada para la posteridad en las trágicas páginas que recogerán los últimos tres meses de la historia de España con unas palabras que le perseguirán hasta su muerte, la suya, si es que un día recobra eso llamado conciencia, es decir, si es consciente de la maldad moral que supuso arengar a las masas a sumarse a una macro manifestación a sabiendas de todo lo que, por mucho que lo nieguen ahora, ya sabían. 

Porque, a la pregunta de una pseudo periodista de la banda progre megaguay y súper drástica, tía, tan dispuesta a lamer los traseros de todo lo que huela a izquierda, sobre lo que les diría a aquellas mujeres que tuvieran dudas sobre si ir a la manifestación del ya trágico 8M de 2020, respondió con una frase que, si este país no estuviera dominado por el pasotismo y la mansedumbre lanar, recordaríamos a diario después de todo lo ocurrido. Una frase digna de ser incluida en esa historia universal de la infamia del maestro Borges: “LES DIRÍA QUE LES VA LA VIDA EN ELLO”. Y no contenta con decirlo una vez, lo repitió una segunda, “QUE LES VA LA VIDA EN ELLO”… todo ello riéndose.

Se impone un silencio valorativo para sopesar en su justa medida el contenido de esas pocas palabras. 

No sabía, o quizá sí, la pobre Carmen Calvo, y no sé por qué digo pobre, cuánta verdad contenían dichas palabras, porque la cifra real de muertos (que no las cifras oficiales falsas que suministra el siervo Simón cada día) que llevamos en esta nefasta pandemia suman casi la mitad de las asistentes a esa manifestación en Madrid. 

Sí, hay veces que es mejor callar, si no quieres que tus palabras te persigan cada día del resto de tu vida. 

A Sánchez hay muchas palabras que le perseguirán hasta el final de sus días, pero, quizá, y mira que las hay tremendas, las que más, las que profirió hace unos días en el Parlamento cuando, provocativa y chulescamente, como en el personaje es connatural, gritó: “¡Viva el 8 de Marzo!”. Exclamación extemporánea y terriblemente cruel por lo que significa que, con magnifica agilidad intelectual, recogió Santiago Abascal al vuelo para lanzársela a la cara y compararle con aquellos legionarios que gritaban “VIVA LA MUERTE”.

Porque la tristísima realidad es que el “ingreso mínimo vital” (entre nosotros, la paguita) del que presume ese tipo de coleta anticuada (ya saben, ese que, a pesar de los cuarenta y cuatro mil muertos reales, se ríe, enseñando su fea dentadura, cuando tilda a los que le ponen las verdades por delante de golpistas), va a pagarse en buena parte con las pensiones que van a dejar de abonarse a esos más de veinte mil (serán más) ancianos que han muerto encerrados en su habitación sin que nadie les pudiera visitar ni despedir y sin que nadie los llevara a un hospital por instrucciones del señor que asumió la responsabilidad de las residencias de mayores, como él mismo anunció vanagloriándose al principio de todo este desastre, y que era, oh casualidad, ese mismo señor de coleta.

No es de extrañar que quieran enterrar ese informe de la Benemérita, evacuado por ordenes de una juez heroica (habrá que protegerla por el bien de este país y de la verdad), y que los deseos de este Gobierno de frenar ese proceso judicial hayan hecho cometer flagrante delito a medio Consejo de Ministros, Secretarios de Estado y Directoras de la Guardia Civil y ahora haya hecho, una vez más, mancharse “con el polvo del camino” (más bien fango asqueroso) las togas de los fiscales a las ordenes de esa otra demócrata ejemplar de apellido Delgado, asidua de la cloaca policial, y las de los abogados del Estado, que nunca habían caído tan bajo en su prestigio y credibilidad como con este infame Gobierno.

Pero hete aquí que hace unos días, en la sesión de control al Gobierno, fui testigo estupefacto de cómo la señora Vicepresidenta Calvo, ante una intervención de la diputada Cayetana Álvarez de Toledo en la que la brillante y magnífica parlamentaria del Partido Popular (lástima su soledad) le intentaba hacer ver que, a cada crítica realizada desde la oposición, el Gobierno no tenía otro recurso que repetir la cantinela de que la oposición crispaba, la vicepresidenta respondía desde su escaño, de manera irresponsable e inmoral, insinuando velada e insidiosamente maniobras golpistas por parte de la oposición (unas maniobras que solo deben estar en su imaginación y en la agenda de Iván Redondo), con las palabras, dichas con retranca “¿en qué andan, en qué andan?…sumándose así, haciendo gala de una irresponsabilidad realmente criminal, con el sector más comunista y totalitario del Gobierno al que pertenece (Iglesias, Garzón…).

Así que no, desistan de cualquier esperanza, definitivamente la señora Calvo, al igual que su jefe y la mayor parte del Gobierno al que pertenece, no tiene conciencia.  




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