La casación de las urnas

El traidor Sánchez ha tirado de faca y arremete contra todo lo que se menea a su paso y que suponga un inconveniente para seguir sentándose en el wáter del Palacio de la Moncloa y seguir limpiándose con el papel higiénico perfumado que allí gastan. No hay más proyecto, pero, ojo, la dependencia ha llegado a ser tan alta que tensa el muelle de la faca por menos que canta un gallo. De tal gravedad es este asunto que podemos afirmar que antes de que cante el gallo, cualquier gallo, incluido García Page, el traidor es capaz de “apuñalar” tres veces.

Este político –aquejado del síndrome del Higiénico Persistente- ha copiado los dos principios que introdujo el que le quitaba el sueño (el que, al fin y al cabo, le ha hecho soñar): la violencia y la propaganda. No hay más. Quebrar el estado de derecho mediante tantas tropelías (saltarse las leyes y la Constitución, sumar quebrados y decimales, mezclar metros y centímetros, ir contra el sentido común, dinamitar los principios generales del derecho, pactar con prófugos de la justicia, pactar la gobernabilidad del estado con quienes quieren destruirlo, etc.) es violencia extrema, y hasta este gravísimo atentado corren él y su troupe para taponar los infinitos agujeros con la propaganda. Convertir, por ejemplo, lo que es una burda mentira en cambio de opinión entra dentro del montón del estercolero que es la propaganda. Cazar a los oponentes políticos antes de explicar y aclarar la brutal corrupción que lo asedia, por ejemplo, es violencia. Propaganda y violencia, no hay más. Querer que este modus operandi insolente quede dentro del marco legal y constitucional es, simplemente, imposible. Para aparentar que lo está, el traidor Sánchez y su troupe tienen que subir el grado de violencia y propaganda cada vez más, y es esta perversa retroalimentación de su juego desquiciado la que nos ha llevado al punto tan peligroso de no retorno en el que España se encuentra, en el que tenemos que contemplar, atónitos, la adhesión incondicional de personas –políticos, periodistas, y algunos intelectuales- a las que creíamos -hasta hace cuatro días o cuatro años, para el caso es lo mismo- gente corriente, sensata, y que han cambiado de manera radical sus valores y posiciones para seguir trincando una pasta gansa proveniente de nuestros castigados bolsillos; un punto de no retorno en el que tenemos, decepcionados, que contemplar, también, a parte del electorado que ha avalado con su voto la fuga hacia delante de un traidor sin norte. También hay aquí pasta gansa, menos pasta per cápita, es cierto, pero más gansa.

La batalla de nuestras instituciones. Podemos creer en ellas a medias, por un lado, porque son muchas las ya colonizadas por el traidor y su troupe, y por otro porque el desproporcionado acoso que sufren por los poderes del estado (los controlados por la troupe), incluido el cuarto poder, es de tal intensidad que la batalla a librar será dura y con un final dudoso. Sin ir más lejos, el Tribunal Constitucional ha sido conformado con todo tipo de argucias para que lo que salga del gobierno sea constitucional; un TC presidido por un fiscal general del estado, y del que forman parte un ministro de justicia y una política al servicio de este y otros gobiernos, que sí, que ya no lo son (expresamente prohibido por su Ley Orgánica), faltaría más, pero lo fueron, lo cual quiere decir que trabajaron por una ideología y por los planes de un gobierno que quería lo mismo que quiere el que ahora tenemos. ¿Creéis que estos tres políticos se han rehabilitado lo suficiente como para ser ahora juristas independientes y de reconocido prestigio? Sobre su independencia dudamos, pero sobre su prestigio sabemos que está severamente dañado al haber aceptado desempeñar el cargo actual habiendo ocupado los puestos políticos de antaño. Juan Carlos Campo, nombrado a propuesta del gobierno, no tiene currículum vitae. María Luisa Segoviano, la que parece que va montada en una moto de gran cilindrada, no tiene currículum vitae. César Tolosa Tribiño, no tiene currículum vitae. Yo quiero saber, como ciudadano, el currículum de estos tres magistrados que cobran un sueldo del erario público, ¿por qué no lo suben a la web del TC?

Hay que señalar que las instituciones que dictaminan resoluciones no vinculantes deberíamos eliminarlas y así nos ahorraríamos una pasta, como por ejemplo el Consejo de Estado.

La batalla de la Unión Europea. Poco o nada debemos de esperar de sus instituciones. Para las que emiten resoluciones no vinculantes como la Comisión de Venecia, por ejemplo, digo lo mismo que para las españolas inservibles, debemos eliminarlas y nos ahorraríamos un pastón. Si en la UE, además, no es posible entregar entre dos países miembros un delincuente fugado como Puigdemónt, ¿de qué Unión estamos hablando, para qué sirve, pues, la UE?

La batalla de las urnas. Tan claro como que el plan del traidor Sánchez es tan solo violencia y propaganda para seguir en el poder, igual de claro, digo, es la idea de que los únicos que podemos pararle los pies somos los españoles, sin distinción de ideología, de intereses y de memoria. La única esperanza real para que las cosas en este país vuelvan a los cauces democráticos, constitucionales y legales pasa por la casación de las urnas contra el traidor Sánchez. Damos y quitamos el poder. Devolvemos la sensatez. Impulsamos el sentido común. Enseñamos el camino, porque varios millones de personas es más difícil que se equivoquen a la vez que veinte o treinta aprendices de sátrapa. Solo nosotros, los ciudadanos, ni los prófugos, ni los terroristas, ni los golpistas, ni la Comisión de Venecia que se reúne en Venecia –nos cuesta un pastizal- para nada, ni los letrados del Congreso, ni los del Senado, ni el Fiscal General del Estado (no sabemos de qué Estado), ni el Tribunal Constitucional (no sabemos, tampoco, de qué Constitución), ni el Consejo General del Poder Judicial (no sabemos de qué poder judicial).

La casación de las urnas es lo único que nos queda. No podemos ir a votar porque tenemos derecho a votar, que también, debemos ir a votar a partir de ahora porque nuestro país –España, según la Constitución del 78, con más de quinientos años de existencia- necesita de nuestra responsabilidad, necesita que nuestra responsabilidad restablezca el orden, que no es otra cosa que el acatamiento de los principios –lógicos, naturales, admitidos en todas las democracias modernas del primer mundo- que nos devolvieron la libertad.




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