“La Casa de la Pradera”

En alguna cadena reponen estos días, en horario propicio para ociosos, la inefable serie “La casa de la Pradera”. Al dedicarle un rato, como quien se regala el más banal y facilón de los entretenimientos, no esperaba extraer conclusión alguna, y sin embargo hubo sorpresas…

La primera de ellas (el disfrutar genuinamente, cuando en su momento, allá por el segundo milenio, la serie resultaba más irritante que otra cosa para muchos niños) no es tal vez tan inesperada… Hay una cierta lógica en que un adulto, hastiado de tantas cosas y deseoso de un poco de inocencia y fantasía, de relax mental verdadero, sea capaz de disfrutar un relato ideal donde los buenos son muy buenos, y además son premiados, y los malos caen mal, y la sinrazón nunca triunfa; y en cambio, a una niña con sentido del ridículo, incapaz de identificarse con ninguno de los personajes, le irrite ese mundo tan acaramelado. La serie era vista por millones de niños españoles, pero más bien despertaba su hilaridad… cierta o fingida.

Sí, el disfrutarla  no resulta en realidad tan sorprendente. Muchas otras cosas pensadas para público infantil (juegos, películas o castillos de papel) las saborean con más intensidad a veces los adultos, ansiosos acaso de un poco de inocencia y de frescor, que los niños ya desdeñan…

Pero es que luego la serie proporciona otros elementos inesperados. Sentados ante la caja tonta, con benevolencia y molicie mental, esperamos lo ñoño y lo kitsch, contamos con ello… y al final resulta no tan ñoño. Pero, ¡si es más duro y severo que mucha ficción actual!

Cuando aparece un ladronzuelo, el pater familias lo pone a trabajar hasta que devuelva el último céntimo. A otros niños descarriados los endereza con el mismo método: ¡a trabajar en su granja! Recordábamos al célebre Michael Landon como protagonista hasta irritante de tan bueno, de esposo, padre y ciudadano perfecto. Pues, ¡toma perfecto! Hoy lo detendrían por obligar a trabajar a menores.

Hacia los gamberros, “niños de familias disfuncionales”, en la serie aparece la compasión, mucha, y con sentimentalismo,  pero siempre escarmentándolos. No hay la menor tolerancia hacia la delincuencia. 

Los protagonistas sufren episodios de atracos, caen víctimas de malhechores, de enfermedades graves y hay fallecimientos, a veces de niños. Todo se sobrelleva con serenidad. Hay lágrimas, sí. Pero sobre todo hay entereza. Firmemente se les prohíbe a niños y adultos caer en la autocompasión (incluso en el caso de la niña ciega; la mandan a que aprenda las cosas por sí misma). 

Entereza. Bueno, seamos modernos, ¿no lo llaman hoy “resiliencia”? Los psicólogos parecen haber comprendido (algo más tarde que el resto de los humanos) que hurgar en las viejas heridas no conduce a mucho, es mejor fomentar la resistencia ante los disgustos de la vida. La vieja serie americana es sin duda naif y todo lo que quieran… pero su moraleja es la resiliencia.

Y la mala de la película, la tendera, es una mala tan maravillosa (mala sin disimulo, sin pretensión alguna de dárselas de buena, sin hacer donativos a ONGs…) que en nuestro mundo actual, saturado de falso moralismo, lleno, por ejemplo, de activistas ecológicos con jet privado, pues hasta la “mala” es como un soplo de aire fresco…

La serie, ahora lo veo, provocaba rubor entre los niños del siglo XX por lo “atrasado” de sus ideales – se hablaba mucho de Dios, prevalecían la ley y el orden, el respeto a los padres era sagrado. Pero en punto a ñoñería, pura ñoñería,… ¿no lo son más los consejitos de autoayuda que todos los días recibimos, reenviados, por las redes sociales…?




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