La Calvo y pajaritos fritos

Carmen Calvo pertenece a esa clase de personas que un buen día amanecen y nos revelan que un pajarillo les ha hablado. No hay momento inoportuno para que le suceda, lo mismo le ocurre mientras desayuna frente a un ventanal inundado de sol o en el transcurso de un mitin con una gorra de cuadros.

A la Calvo, entre gárrula y garrula, el fenómeno le sobreviene a menudo, vaya por Dios, cuando habla delante de un micrófono, que se siente invadida por una luz interior como una pastorcita de Fátima y levita entonces sobre sus enunciados para proclamar cosas entre lunáticas y esotéricas, tremendas e inesperadas, como las de un mago o un alquimista fuera del tiempo: “Estamos manejando dinero público y el dinero público no es de nadie”, por ejemplo; o “Deseo que la Unesco legisle para todos los planetas”.

Otros fogonazos que tuvo con el pajarito hablándole a ese oído peregrino suyo: “El Rocío es la explosión de la primavera en el Mediterráneo”… “Un concierto de rock en español hace más por el castellano que el Instituto Cervantes”… “Nuestra Constitución no recoge la igualdad entre hombres y mujeres como lo hacen otras constituciones”… “Me gusta madrugar para poder pasar más rato en el baño: allí leo el periódico, oigo la radio, oigo música y hablo por teléfono con alcaldes en bragas”… “No podemos perder el dominio de la Ñ, que casualmente es la letra que está en la palabra español”.

A la Calvo, que por revelaciones suyas sabemos que fue “cocinera antes que fraila” (Pixie y Dixie, una más), se le va la vida en todo lo que el pajarito le profetiza o le cuenta, porque ella cree en los oráculos, en las meigas y en los augures capaces de leer el futuro progresista en las vísceras de las ocas y los ánsares, no en las de las cacatúas, especialidad de su pinche en estos menesteres, la muy menesterosa Adriana Lastra.

La vicepresidenta (hagámosle la concesión de terminarle el cargo en “a”) tiene dos apellidos de género masculino y acabados en una “o” mayestática (Calvo y Poyato)…, aunque todas las vocales se usan con determinante femenino: la O, la A, la E…

Estas cosas de enjundia aconstitucional que tanto le preocupan a la Calva no las entendió tampoco del francés, cuando el femenino “foi”, que significa fe y se pronuncia “fuá”, se choca contra el masculino “foie”, que se pronuncia igual y significa hígado, aunque éste finaliza con una “e”, marca habitual de femenino en gabacho. Y lo que es peor, ambas se pronuncian con las dos vocales que no aparecen en el sintagma. Están locos estos galos…

La vicepresidente acudió el otro día al Congreso como acuden los tullidos a las procesiones de Lourdes, en la silla de ruedas de su aposento de gobierno y envuelta en una manta. Esta vez no ha arruinado la imagen de España a través de las palabras de ese pajarito que le anida en la meninge, sino con la sola imagen de un sudario fantasmal con mascarilla reclinado en el regazo de su idolatría. A ver quién tiene huevos de codorniz, después de eso, de venderle durante la próxima década al mercado oriental y al mundo una imagen idílica y eficaz de España, lugar de vacaciones.

Pero ayer, la catedrática en ornitologías constitucionales, derramó otra perturbadora ración de pajaritos fritos cuando descargó en Los Desayunos de TVE que “Para ser más felices, como decían los padres de la primera Constitución norteamericana y nuestra Constitución de Cádiz, La Pepa, que decía que teníamos derecho a la felicidad”.

Y no, la Constitución americana (17 de septiembre de 1787) no menciona la felicidad como concepto. Es la Declaración de Independencia (4 de Julio de 1776) la que se refiere a “la felicidad” y no como un derecho, porque el derecho genérico que allí se enuncia y de forma no dispositiva no es a la felicidad sino el derecho de cada individuo a perseguirla, a buscarla por su cuenta (“pursuit of happiness”, dice), que es sutileza bien distinta, aunque no se le alcance a la neurona de la experta.

Y tampoco La Pepa, la Constitución de Cádiz de 1812, recoge el término felicidad como derecho individual de nadie, sino como guía de la pretensión genérica y última de la actividad de las instituciones de España, de modo que en su artículo 13 proclama que “el objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación”.

Y en ello anda la oracular vicepresidente, “muerta de miedo” (dixit), pero procurándonos felicidad a manos llenas enviando al Cielo a millares de compatriotas con sus ineptitudes y sus impertinencias de manifa y de furores uterinos.

No me extrañaría que, una vez resucitada y después de haber visto una luz al final del túnel de la desescalada, la Calvo haya consultado al pajarito y ahora forme parte de ese comité de once miembros, como una plantilla de Guardiola, del que Simón no puede desvelarnos nombres para liberarles de la presión mediática que les encumbra a base de mentiras y les permite meternos goles por la escuadra.

Como ayer le reveló a Simón un cuervo, un buitre o un pajarraco de mal agüero, de todos los muertos que llevamos enumerados, no se fíen, porque pueden haberse debido no a un virus chino de pandemia ni a una inoperante y negligente actuación de su departamento, sino, tal vez, a… ¡un accidente de tráfico enorme! del que quizá no habíamos tenido noticias hasta ahora para no alarmarnos.

Al fin y al cabo, ya lo saben, ellos sólo están en procurarnos la felicidad a los ciudadanos, aunque para ello fuese necesario administrarles la morfina letal a los abuelos, como una eutanasia alegal y en seco.

Pájaro en mano y cientos (de millones de euros en contratos) volando.

He dicho.




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