La boda y Sevilla

A Pilar Rubio se le pasó que Sevilla hace de Sevilla. Con la de detalles que tiene una boda, con la de puntadas que lleva consigo -incluidas las del traje de la novia-, con el protocolo que se gastó hasta prohibiendo colores de vestidos o vallando la zona del Alcázar como si fuera el Rey, a Pilar Rubio se le ocurrió llegar hasta la verja de la Catedral en un coche con cristales oscuros que impidieron verla a los cientos de personas que aguardaban ese momento después de varias horas aguantando bajo el sol.

Fue entonces cuando la gente empezó a gritar “¡Fuera! ¡Fuera!” y se produjo una intensa pitada que provocó que la presentadora de TV, por decisión propia o porque se lo recomendaron, una vez que bajó del coche desanduvo a pie el trayecto ante la multitud y saludó mientras se dejaba ver de la mano del padrino.

Esta anécdota real sin sangre azul no ha sido recogida por reportaje alguno, lo cual me llama mucho la atención; porque en esta como en tantas otras cosas los medios cada vez me parecen más franquistas, más de la prensa del Movimiento que de la democracia, como si hubiera vuelto la censura, como si se recibieran consignas inapelables de lo que se puede contar y aquello que silenciar. Pero la verdad más indisimulable es que la pitada de la gente fue bien sonora.

A Pilar Rubio no le contaron cuál es el papel de Sevilla a la que por poco deja sin papel. ¿Qué creyó, que Sevilla es una figurante? Sevilla no figura, Sevilla actúa y se sintió de pronto fuera del reparto. De ahí el abucheo de “todo el mundo en general y a voces…”.

¿Qué se piensan por ahí que hace Sevilla viendo la Semana Santa, estar de relleno en las calles? ¿Qué les parece Sevilla en la Maestranza, presenciando el Corpus, llenando el Sánchez Pizjuán o el Villamarín? ¿Qué noción tienen de Sevilla recibiendo a sus equipos cuando se traen una copa? ¿Qué se han pensado que hace Sevilla cuando espera, como hace unos días, a los Reyes? Sevilla siempre juega el mejor papel de Sevilla: interpretarse a sí misma en la mejor actuación que se espera de ella.

La demostración más clara la tienen en la Cabalgata. ¿A quién le hace falta hoy coger desesperadamente un caramelo? A nadie. La costumbre de tirarlos desde las carrozas supongo que viene de tiempos de carencias en los que la dulce dádiva caía como del cielo. Pero ahora, cuando al paso del cortejo la gente se hace selfies con móviles que cuestan ochocientos euros, ¿quién necesita ya un simple caramelo? Sin embargo, ahí está Sevilla con las bolsas levantadas para atraparlos, ahí está Sevilla con los paraguas al revés para trincarlos a puñados, ahí está la infalible Sevilla haciendo lo que entiende que tiene que hacer. Y lo mismo que los Magos asumen el cometido de lanzarlos, Sevilla sabe que le toca agacharse buscándolos hasta por los suelos. Es su colaboración especial en este fascinante y gran teatro que es la ciudad. Al final, lo que menos importan son los caramelos. Por eso en cuanto pasa Baltasar, Lipasam se dedica a recoger caramelos pegados por las calles y las aceras. Además, ¿saben dónde acaban gran parte de los caramelos de la Cabalgata? Pues acaban en la nueva y maravillosa interpretación de Sevilla, cuando allá por primavera sean los caramelos de los nazarenos que, como si fuera un ciclo de nuestros mayores gozos, den otra vez a los niños de esta increíble ciudad que vuelve a interpretarse a sí misma. Una ciudad radiante de luz de Domingo de Ramos. Sin cristales oscuros.



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