La bendita pandemia

Uno de los síntomas más graves y perversos de lo que nos pasa es que “el resiliente” Sánchez parece contemplar la catástrofe que tenemos encima en términos de “margen de maniobra”.

Su casi absoluta inexperiencia profesional en casi todo le hace pensar que la economía y la vida de un país se rigen, como ocurrió en su elección para liderar a su partido, por mera insistencia, por contumacia, hasta encontrar un resquicio, una ocasión, una trampilla por la que colarse.

Algo parecido volvió a sucederle con la moción de censura, que se la encontró en un escalón y sólo le bastó ceder todos los principios a los golpistas y prometer todos los indultos a los asesinos. Ahí terminó de convencerse de que para andar el camino no hace falta andar, sino coger un taxi, y para ganar el campeonato de salto de altura no hace falta saltar, sino aparecer de repente al otro lado del listón o de la cuerda…, aunque hayas cruzado por debajo o te hayas situado allí por detrás.

Sin embargo, por muchas motos que se venda a sí mismo y por muchos argumentos de series que le proporcionen Iván Redondo y el Marqués de las Tranfullas, el margen de maniobra nos lo hemos comido entero, a salvo la opción in extremis de un pucherazo como el que ya intentó en su elección en las primarias y lo expulsaron del partido.

Así, trampeando, sacándose conejos de la chistera y comodines de tramposo como un tahúr de taberna portuaria, aspira a sostenerse en el ala izquierda del Falcon, donde guarda el disfraz completo de hiper estadista con gafas RayBan de aviador de serie B.

En política, es verdad, una semana puede ser un mundo o casi un año, pero la cuestión errada es que el objetivo no es su permanencia en el machito, como él piensa, sino la recuperación de la pujanza de 40 años de un país ahora hundido en la ruina que fue capaz de resistir los embates de dos legislaturas de Zapatero, pero que no aguantará sin quebrarse una más de un gobierno de incompetentes hecho de retales de lunares socialcomunistas.

Algunos preferirán culpar únicamente a la crisis económica del estrepitoso fracaso de ZP, que no pudo agotar su segundo mandato, pero sabemos que no es cierto; lo mismo que este gobierno pretende achacar la causa del fastuoso desastre actual a la epidemia. Pero traten de imaginar cómo estaríamos después de un año de gobierno de Sánchez e Iglesias, ambos con las manos sueltas y sin el cinturón abrochado de la necesidad de prestar alguna clase de atención a lo urgente e importante que les requieren las actuales circunstancias.

La deslealtad con las instituciones y desde las instituciones que manejan es una constante a pesar de la grave situación que nos atraviesa, no la atravesamos. Y sería aún mucho peor si hubieran tenido tiempo y recursos para dedicarse a la demolición de lo que nos va quedando de democracia. Si la desgracia de fallecidos y de arruinados no fuese la que es, casi habría que dar las gracias al coronavirus o no hay mal que por bien no venga.

Han tomado el poder al asalto y vamos para un año en estado de alerta. Ahora le ha tocado la vez al Consejo de Transparencia, mientras vuelven a la carga con el Poder Judicial, al mismo tiempo que le atan una mano a la espalda a S.M. el Rey y le apuntan con la figura del Rey-padre a la cabeza.

En el libreto socialcomunista, la primera apuesta fue deshilachar a la Guardia Civil usando a Marlaska y la última será descabezar al Ejército hasta ver otra vez al inefable José Julio Rodríguez de JEMAD o de ministro de Defensa, aunque la pandemia, ya digo, aparte de una crisis sanitaria y socio-económica, se les ha convertido en un impedimento, una traba, un freno para haber acelerado todo ese proceso.

Este país se ha vuelto loco de remate si en Cataluña van a votar al corrupto e incompetente Illa como medicina para frenar a los puigdemones y a los junqueras, además en un proceso electoral utilizado políticamente y pervertido por la evolución de la pandemia y por las volanderas sacas de voto por correo que se adivinan en la lontananza. Sólo falta que además de al Rubius se lleven a Andorra los servidores y la nube del recuento electoral para dejarnos sin jurisdicción ni control posible de lo que suceda.

Como cuenta bien “The Crown”, a Harold Wilson, el ex primer ministro británico, le atribuyeron ser un espía de la KGB, pero no sólo no era cierto, sino que, aunque equivocado en las recetas económicas, como le demostraron más tarde Edward Heath y más Margaret Thatcher, guardó siempre una lealtad a su país y a la Jefa del Estado que a Sánchez no le entraría en la cabeza ni a empujones ni a martillazos. Claro está que Wilson no padecía las pulsiones enfermizas de este Sánchez y además era catedrático de Historia de la Economía en Oxford, mientras Sánchez no pasa de ser un trepa profesional que no sabe a qué otra cosa podría haberse dedicado fuera de su obsesión por sí mismo.

Hace unas horas, sin ir más lejos, el tipo ha declarado ante los representantes de las multinacionales ligadas a la Marca España que vislumbra ya la recuperación económica de nuestro país para ejercer “un liderazgo mundial”. O sea, sigue sin asumir la realidad y ya no hay más margen de maniobra.

Por favor, ya basta, enciérrenlo en alguna parte.

He dicho.




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