Kipling y la desesperación del té

Contó José María de Areilza en su libro de recuerdos “Así los he visto” que, en una visita que realizó al bufete de abogados de la madrileña calle Alcalá Galiano donde José Antonio Primo de Rivera ejercía su profesión (entrevista encaminada a la intermediación que Areilza estaba realizando entre José Antonio y Ramiro Ledesma Ramos y que culminó con la fusión de los movimientos que cada uno de ellos lideraba dando lugar a la Falange española y de las JONS), éste le mostró con orgullo no disimulado un cuadro que enmarcaba el célebre poema de Rudyard Kipling, “If”, en inglés , que ambos leyeron y tradujeron al unísono. José Antonio subrayó la lectura de los renombrados versos diciendo: “Ese es mi recordatorio favorito que me acompaña en la áspera tarea de cada día”. Parece claro que el que luego durante mucho tiempo fue llamado “el ausente” se veía definido e identificado por las estrofas del insigne escritor y poeta nacido en la India.

«… Si puedes hablar con multitudes y mantener tu virtud
pasear con reyes y no perder el sentido común;
Si ni los enemigos ni los queridos amigos pueden herirte;
Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado;
Si puedes llenar el minuto inolvidable
con un recorrido de sesenta valiosos segundos.
Tuya es la Tierra y todo lo que contiene,
y —lo que es más— ¡serás un Hombre, hijo mío!»

La referencia de Areilza motivó, entre otras cosas, el título de ese libro, lamentablemente hoy inencontrable, llamado «El hombre al que Kipling dijo si» y escrito por esa rara  avis que responde al nombre de José Antonio Martín Otín, más conocido como «Petón», en una de sus varias vidas, en las que ha sido futbolista y representante de futbolistas. Se licenció en Ciencias de la Información, devino comentarista y tertuliano, futbolero pero culto amén de polémico, fue el máximo artífice del milagro de un equipo como el Huesca, del que se enamoró en sus tiempos de jugador y, en fin, amante de los libros, de los escritores y, él mísmo, escritor.  Su libro es una biografía “no autorizada” de José Antonio, desmitificadora pero guiada por la admiración. En ella hace un hincapié especial en la faceta galante y mundana de José Antonio aportando abundantes datos de alguno de sus amores, y, muy en particular, del que parece su gran amor de juventud Pilar Azlor de Aragón y Guillamas, de noble cuna, y, sobre todo, de su relación con la princesa Bibesco, esposa del entonces embajador rumano en España.
Petón también ha escrito otros libros, algunos sobre su amor al Atlético de Madrid y su odio cordial al equipo rival y vecino de la capital o sobre su representado y querido Fernando Torres, pero también otro, original como el mismo Petón, que tituló «La desesperación del té (27 veces Pepín Bello)”, cuyo eje gira en torno al mejor amigo de su otra figura histórica de referencia, Federico García Lorca, y que no es otro que el Pepín Bello del título, con el que Petón se entrevistó repetidamente al final de sus días. Pepín le contó de esas reuniones nocturnas en la residencia de estudiantes a las que acudían Dalí, Buñuel, Alberti… y en las que Lorca contaba historias a todos los demás, historias que flotaban en esas noches de la residencia y que, muchas de ellas, nacían de la imaginación del propio Pepín Bello. A esas reuniones las bautizó García Lorca con el nombre de “la desesperación del té».
La amistad entre José Antonio y Lorca sobrevuela el texto.
El padre de Petón fue divisionario. Marchó a Rusia a luchar contra el comunismo como tantos otros jóvenes de aquella hora, románticos, valientes, con ideales profundos y sin miedo a morir por ellos. Allí estuvo once años cautivo y, según su hijo, “fue quien más huelgas de hambre le hizo a Stalin”.

Muchas veces se lo han echado en cara a Petón, eso y su pertinaz defensa de aquello en lo que cree, sin arredrarse ante los dictadorzuelos de la corrección política. Como cuando participó en 2010 en un homenaje, con motivo del centenario del nacimiento de Luis Rosales en Sevilla, organizado por las asociaciones Fernando III y Ademán, justo después de que hubiera sido prohibido y cancelado otro similar dedicado al gran Agustín de Foxa. Aquella prohibición infame corrió a cargo de una tal Medrano, concejal del Ayuntamiento hispalense, la cual argumentó como excusa para hacer lo que quería hacer, que suponía una provocación que podía causar “la actuación violenta de la ultraizquierda”… el sectarismo de izquierdas lleva ya demasiado tiempo entre nosotros.

Discúlpenme esta digresión sobre un personaje que me parece digno de encomio, ojalá hubiera muchos como él, muchos Petones le vendrían bien a esta maltrecha España.

Pero, volviendo al poema del gran escritor británico nacido, y eso marcaría su vida y su obra, en Bombay, tengo para mí que José Antonio, en su trágicamente corta vida, tuvo siempre presentes las estrofas de Kipling y cumplió casi escrupulosamente cada uno de sus versos. Ni uno de ellos dejó sin hacer patente en su trayectoria vital, hasta el punto de morir defendiendo unos ideales pero, al tiempo, perdonando y buscando la concordia y la conciliación entre los dos bandos enfrentados, uno de los cuales lo iba a ejecutar. Su aspiración final, fijada en ese testamento escrito en la prisión de Alicante, «ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles», así lo expresa y contradice toda esa patraña izquierdista que ha intentado construir el monigote de un José Antonio emulo de Hitler o Mussolini y catalizador de la guerra civil.
Petón en su libro aborda también con extensión la mala relación entre José Antonio y Francisco Franco. Puede que sea verdad. Como es verdad que el Caudillo utilizo los principios falangistas  y a la propia Falange para darle un corpus doctrinal a su Movimiento desvirtuando en gran medida  el ideario joseantoniano. Pero también lo es que, en sus cortos años de vida, José Antonio como ser complejo y contradictorio que era, fue sujeto de una evolución constante que no sabemos donde lo habría llevado. Seguramente se habría enfrentado muchas veces a Franco pero también habría admirado la obra de ese hombre que libró a España durante cuarenta años de las garras del marxismo y la llevó a una estabilidad y prosperidad económica inéditas.

Y, para terminar, un paréntesis más imbricado en la actualidad: les confieso que a mí particularmente me gusta pensar que el texto de aquel emocionante spot que Vox realizó con motivo de las pasadas elecciones generales, en que Santiago Abascal imitaba al Gladiator de Ridley Scott, no solo remedaba el «If» de Kipling,
«Si jamás das una batalla por perdida ni una bandera por arriada,
si conservas intacta tu honradez en tiempos de corrupción,
si tu voz limpia alcanza por igual a reyes y hombres corrientes,
sabrás que estás logrando hacer a España grande otra vez»,
sino que recordaba conscientemente y sin complejos  a ese José  Antonio idealista,  luchador incansable e integrador que ponía por encima de todo a la Patria, a España.
Ojalá.

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