Juan Carlos, nunca fuiste mi capitán (In memoriam)

Lo reconozco. Nunca fui muy juancarlista, carnavalescamente hablando. Reconozco que Juan Carlos Aragón siempre causó en mí el efecto que, con mucha probabilidad, pretendía fuese o no del hilo argumental de sus agrupaciones. Aragón era capaz de hacerme vibrar y hacerme morder las uñas a la vez y eso, también lo reconozco, solo lo hacen las madres y los genios.

Juan Carlos Aragón era, hablo siempre de carnavales, mi antagonista protagonista favorito pues, como le sucediera a Salieri con Mozart, yo no podía dejar de admirar la capacidad del filósofo artista, y ello también ha de reconocérsele: Aragón era un artista en el más estricto sentido de la acepción. Yo no era amigo ni lo conocía en persona, no tengo fotografías hechas con él, ni tan siquiera lo seguía por las redes sociales. Tampoco hacía falta, su figura era demasiado alargada como para no encontrarse con él en algún momento. Su figura, de hecho, será ya mucho más alargada, porque es lo que pasa con los que han dejado su sombra crecer.

Capitán de muchos, pero no mío. Tenía una armada fiel que le perdonó, incluso, que llegase a abandonar la nave del Falla hace unos años, y al que nunca le quitaron sus galones. No, no era capitán mío y, sin embargo, anhelaba oír los cañonazos de su dotación año tras año. Deseaba criticarlo por sus versos llenos de impertinencia contra mis ideas y, a la par, extasiarme como Ulises con el canto de las sirenas. Una extraña relación de masoquismo y amor la mía con uno de los poetas más populares –del pueblo– era la que en mi fuero interno se dirimía. A él, que ya digo no me conocía, ¿qué le importaría eso? Uno más de tantos. Un incondicional de no ser incondicional suyo, pero admirador de su admirable capacidad de crear. ¿Que podría decir lo mismo, por ejemplo, de Martínez Ares? ¡No! De don Antonio soy fidelísimo creyente, lo difícil era no pecar con Aragón.

Sí, Aragón era un pecado para el que les habla. Resultaba difícil no caer en la tentación de sus melodías [triple persignación], de no tararear alguno de sus pasodobles, alguno de sus estribillos, de no emocionarse con la afinación, la exquisitez, la atractiva obra pictórica de sus cuadros en escena. Y yo, pecador. ¿Qué le voy a hacer si el sentimiento es débil y el demonio se aparecía hermoso para mis oídos?

Cádiz ha ganado, por desgracia, una leyenda, sin duda; y se le recordará con el respeto de las grandes figuras, la nostalgia de su arte y la melancolía de su presencia. Ya solo nos queda la inolvidable esencia. Solo nos queda la  tristeza de su gaditaníssima escuela. Solo nos queda la inmensa secuela de su inspiración. Mi nunca devoto Juan Carlos, te escriben estas letras la sorpresa, el desánimo y la resignación de un aficionado al Carnaval –siempre en mayúsculas– de nuestro Cádiz, que ha sentido como suya tu pérdida, y lo digo de todo corazón, como lo han sentido hasta las bambalinas del teatro de la plaza Fragela plegadas en señal de duelo. Nunca fuiste mi capitán, lo reitero, pero ante tamaña derrota de nuestra fragilidad humana, ¡oh, capitán, mi capitán!, que nunca nos sea leve tu recuerdo.



2 Comments

  1. isabel dice:

    OLE TÚ!

    Gracias de una gaditana que, al igual que tú, no recibía «órdenes» de ese capitán, pero lo ha llorado como cosa suya.

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