José Antonio, ni estudiado ni comprendido

La patética y vil, pero al tiempo reveladora (ha dejado bien patente, por si faltaran pruebas de ello, la absoluta fulminación de la separación de poderes del Estado en España y la cobardía rayana en la iniquidad de la jerarquía de la Iglesia Católica) profanación de la tumba de Francisco Franco en la basílica del Valle de los Caídos, ha traído a la actualidad la figura de José Antonio Primo de Rivera, al parecer próximo objetivo de la cuadrilla de los salteadores de tumbas.

No ha faltado a la fiesta, como las hienas acuden a los despojos, el iletrado comunista Alberto Garzón (dicen que estudió Económicas. Para dicha y fortuna de los contribuyentes no ejerció nunca de economista, salvo para su propia economía particular que parece le va bien, aunque, a cambio, hemos de padecer sus excreciones en forma de tuits, a cual más imbécil), escribiendo el siguiente mensaje en Twiter: “El fascista José Antonio Primo de Rivera fue ejecutado por golpista, como Mussolini fue fusilado y colgado en Italia. Y ninguno de esos hechos justifica considerarles víctimas, pues ello sería ponerles al mismo nivel que los demócratas asesinados y represaliados por el fascismo”. Es este Garzón una de esas personas a las que va como anillo al dedo la famosa frase de Groucho Marx, “es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente” (que ganas tenía de meterla en algún artículo, es tan cierta…).

Al hecho, que parece desconocer este señor, de que José Antonio, cuando se produjo el alzamiento  militar (lo que él llama golpe), llevaba cuatro meses en la cárcel, acusado de posesión ilícita de armas, primero en la cárcel Modelo de Madrid, donde ingresó el catorce de Marzo de 1.933, y luego, desde el cinco de Junio en la cárcel de Alicante, donde fue finalmente fue juzgado por un Tribunal popular por delito de rebelión y fusilado el día veinte de noviembre de ese mismo año, por lo que malamente pudo intervenir en la conspiración, se suma, en la frase de Garzón, la conocida y eficaz mezcla de mentira y sectarismo de la izquierda española, calificando de demócratas a los partidarios del Frente Popular que, de haber ganado la guerra civil, hubieran seguido diezmando las filas de los católicos e impuesto una dictadura comunista y olvidando esos miles de curas, monjas y simples ciudadanos que iban a misa y que fueron asesinados por ello.

Arnaud Imatz, autor del que quizá sea el mejor libro escrito sobre José Antonio y su pensamiento, “José Antonio, entre odio y amor”, destaca la radical diferenciación  de  su pensamiento político respecto de los fascismos, con los que tantas veces se le ha querido identificar (como hace en su tuit el cretino Garzón). El falangismo joseantoniano no es ni racista, ni antisemita como el nacionalsocialismo alemán y, según frase textual del escritor francés nacido en Bayona, “a diferencia del fascismo italiano, no admite la relación bilateral del trabajo, sino que defiende la integración completa de los dos factores de producción, la atribución de la plusvalía a los productores y la implantación de la propiedad sindical, comunal y familiar”.

Desconocida es la faceta social del discurso joseantoniano, su apelación a una radical reforma agraria para rescatar de la miseria los campos españoles.

E ignorado que, como señaló Imatz, el falangismo de José Antonio no pone en la cúspide y como valor supremo al Estado o al partido, como hacía el fascismo italiano, sino al hombre, como “portador de valores eternos” porque la doctrina joseantoniana está sustentada por los principios del cristianismo como pilar básico de su filosofía, principios que le dan a la persona, al individuo, esa categoría de valor supremo. 

Esto, unido al hecho de que la idea de Hispanidad, fundamental en José Antonio y tomada por el falangismo de Ramiro de Maeztu, no tiene ningún sentido biológico, sino cultural y espiritual, como destaca Imatz, lo distingue claramente del fascismo nacionalsocialista de Hitler y su ideal de raza aria.

El martes día veintinueve de Octubre se cumplieron ochenta y seis años de que ese joven abogado, apenas treinta años, hijo de Miguel Primo de Rivera,  decidiera dejar una vida acomodada y libre de preocupaciones para emprender una febril lucha por España, que dio comienzo oficial con el discurso fundacional de Falange Española en el Teatro de la Comedia de Madrid.

Pocos son los que conocen el auténtico mensaje de ese hombre que con tan solo treinta y tres años dejo una vasta colección de escritos, discursos y pensamientos, elogiados por gentes dispares e incluso alejadas de su pensamiento político.

Pocos los que saben de los intentos que realizó en sus últimos días para una reconciliación entre los españoles y que cesara el derramamiento de sangre, voluntad que dejo plasmada en esa frase inmortal contenida en el testamento escrito en su celda de la cárcel alicantina… ”Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia”.

En ese mismo testamento afirmaba “me asombra que, aun después de tres años, la inmensa mayoría de nuestros compatriotas persistan en juzgarnos sin haber empezado ni por asomo a entendernos y hasta sin haber procurado ni aceptado la más mínima información”. Lastimosamente, sigue siendo verdad. 

Y sí, Garzón, José Antonio sí fue una víctima, pero no de la guerra civil, sino de la barbarie homicida de un Frente popular liderado por un Francisco Largo Caballero sanguinario y totalmente entregado a los dictados de la Unión Soviética para el que José Antonio era un personaje incomodo y del que había que deshacerse y para el que de nada sirvieron ni siquiera los intentos de canje que parece hubo por su propio hijo, arrestado en zona nacional.

Sí, ese mismo Largo Caballero que exalta y al que levanta estatuas la izquierda ignorante y sectaria a la que perteneces, Garzón. 




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