Joaquín Moeckel, la herencia del ejemplo

Ya puede decirse que Moeckel es el apellido de una saga de abogados.  Las dos hijas de su famoso padre también han elegido el ejercicio de la abogacía, el que tuvo origen familiar en el bisabuelo. Blanca y Marta flanquean ahora a Joaquín Moeckel en esta foto diferente e inusual en el hombre al que los medios, y durante tantos años, han mostrado solo ante el peligro; solo para defender sus argumentos, solo exponiendo sus motivos, solo para dar la cara solo en un mundo hostil con su valentía. Siempre contra corriente en la ciudad que te aguarda con la dirección única. Pero esta imagen trae como suavizado el contorno y enseña al prestigioso jurista en un apacible orgullo donde la vida se calma y se destensa, donde el posado amable y feliz de hoy deja el presentimiento de que será el retrato guardado para siempre.

Ha debido ser la admiración hacia su padre la que marcara los caminos de Blanca y de Marta Moeckel para elegir la abogacía. Saber que son hijas del afamado jurista me hace calcular que eso es nacer con espejo donde mirarte, crecer con brújula, vivir con el ejemplo en casa, a tu lado mismo. La orientación está servida. Joaquín Moeckel ejerce ya de por sí un poderoso influjo de indudable personalidad y carácter con todo el mundo, como para no sentirse precisamente por quienes están más cerca de él.

Yo he visto a esas dos mujeres cuando eran niñas, cuando se estaban cantando por la agridulce melodía del cambio, en la música aquella donde se vive de largos silencios. Y tenían ya un ídolo que las conmovía: su padre. Me bastó una tarde de Miércoles Santo para ser consciente de cómo lo miraban, de cómo lo asistían en el rito torero de vestirse de nazareno del Baratillo. Juro que puede cortarse el aire cuando espera la Piedad, lo mismo que se corta en una habitación del Colón cuando espera la Maestranza.

Si se trata de cerca a Moeckel (de cerca), no es difícil cavilar que ya ha empezado a distribuir entre los suyos la mejor parte de su herencia: una actitud vital que fascina, un entusiasmo contagioso, un amor propio en beneficio de los demás, un apasionamiento inconcebible para los tibios, un atrevimiento molesto para los indolentes… Moeckel está en las antípodas de esa plaga social que se ha dado en llamar el tranquilismo. ¡La de veces que le han pedido que sea alcalde de Sevilla para acabar con un Ayuntamiento de pasarela!

En su inquietud natural por averiguarse desde muy joven, por señalar cuanto antes la estrella de su vocación, Moeckel dio con su identidad de homo juridicus. Lo lleva dentro. Posee una fuerte intuición para el Derecho y un hondo sentido de la justicia, que habrán sido decisivos en las razones que Blanca y Marta tuvieron a las horas en las que cada una  -Blanca primero y ahora Marta-  apostaron por una profesión difícil en la que son muchos los llamados, pero pocos los elegidos.

Blanca y Marta tienen en su padre el listón muy alto, pero también el mejor maestro. Es Moeckel: el que hizo saber a un arzobispo de Sevilla que la soberanía de las cofradías reside en sus cabildos. Es Moeckel: el mismo que obtuvo el varapalo judicial a la SGAE por cobrar indebidamente un canon que no había porqué pagar, o le impidió ante los tribunales grabar los banquetes de las bodas. Es el mismo Moeckel que hizo reconocer a un juez la viudedad de una mujer aunque no estuviera casada. El Moeckel que ganó las causas de Carmen Martínez-Bordiú, Victorio y Lucchino o Fran Rivera. El que defendió a las monjas de Santa Inés multadas por restaurar el órgano de las leyendas becquerianas. Es el Moeckel salvador del Salvador, defensor del pueblo en la radio, contertulio en las televisiones, biografiado por Félix Machuca. El Moeckel que ha hecho de su arrojo un imperio en la capital de tantos cobardes.

Por hoy queda ahí, entre sus hijas, en la paz de sus compañías, en la tranquilidad del deber cumplido y en el legado que les entrega de su conducta, en la esperanza de seguir abriendo con ellas los áridos surcos de una Justicia que ya nadie comprende, la que se ha quedado sin lenguaje que asimilar, en sinrazones que tienen prohibido el paso hacia el sentido común. Por eso esta es una foto para el sosiego, el sosiego de una sociedad asustada por tantos despropósitos. Una foto en la que dos niñas han llegado al tiempo grande en el que dos mujeres aprenderán de su padre a modificar las circunstancias. Seguro. Su padre es aquel de quien se escribióLa fuerza del carácter.




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