Jesús Despojado de sus Cuadros

 

“Toda idolización de un bien impide necesariamente la comprensión de su verdadero valor”, decía Dietrich von Hildebrand en un libro publicado en 1969. ¿Suena a frase abstracta? Pues para algunos esa frase significó algo tan concreto y preciso como la solución de una raíz cuadrada. A saber: la explicación de por qué unos fieles cristianos sentimos un desgarro al ver que unos cuadros junto a los cuales rezábamos habían sido quitados de una capilla, para que se “vieran mejor” en el museo parroquial. ¿A qué esa desazón profunda, ese enorme dolor? Una simple cuestión de gustos no explica que la herida llegue tan hondo. ¿Estamos algo locos, cómo es posible que con tantos problemas reales ahora esa minucia de en dónde ponen un cuadro nos cause una sensación de pérdida como si perdiéramos a un hermano…?

Pues este señor Von Hildebrand, cuyo nombre nos sonaba pero algo remotamente, nos da la respuesta precisa. Añade: “La mayor y más auténtica apreciación de un bien es posible únicamente cuando lo vemos situado en su lugar objetivo dentro de la jerarquía del ser, marcada por Dios”.

En la diminuta y recogida capilla sacramental, los cuadros “no se veían bien” porque los fieles, mirando al Santísimo (los fieles creen, sí, que ahí está Dios en persona) no iban a tener la mala educación de girarse para analizar “el estilo inigualable de Zurbarán”. Allí los cuadros cumplían su función de expresar un ambiente sagrado, de dar el mejor acomodo posible a la presencia de Dios. Justamente cuando estaban como algo secundario era cuando más brillaban. Ocupaban “su lugar objetivo dentro de la jerarquía del ser”. No añaden presencia de Dios, claro, pero dan una medida de la respuesta humana ante esa presencia. La enorme belleza de esos lienzos impregnaba el ambiente, como lo hace el incienso. 

La obsesión de que los cuadros, apartados de su entorno, “se vean bien, se vean bien” (y, ¡horror! que sean explicados, descritos, comentados, por la perorata de un guía) trastorna radicalmente la escala de valores. La primacía pasa al cuadro, convertido en ídolo, pero ídolo que hay que examinar y diseccionar; y encima le hace poco favor hasta al mismo cuadro, pues lo degrada. 

Antes, se lucía “en su lugar objetivo dentro de la jerarquía del ser, marcada por Dios” (no hay más remedio que repetir la cita de este pensador que sabía explicarse tan bien). Su  lugar era justamente el más santo de los santos; no cabe más honor para un cuadro (dentro de que a los cuadros no hay que honrarlos, pero bueno).

 Ahora, es un objeto de pasatiempo más en este entretenimiento de moda que llaman “cultura”. Al grupo que disfruta de ese refinado ocio le va a dar más o menos igual qué lienzo esté de fondo ante las explicaciones de un ameno, casi siempre joven y atractivo guía, que les atiborra de anécdotas y les señala detalles. Por haber idolatrado al lienzo (darle una importancia descomunal a que todos sepan autor, fecha, circunstancia, pincelada), finalmente lo han banalizado.

Antes, el cuadro contribuía a que hombres y mujeres se comunicaran con Dios. Ahora, ayuda a que las personas se distraigan un ratito.

Como en nuestros días todo se atribuye a motivos económicos, no falta quien ha lamentado esta medida “porque ahora para ver esos cuadros hay que pagar”. Lo insertan en la repetida, cansina cantinela de que “la Iglesia lo único que hace es sacar dinero”. Lejos de mí semejante acusación. Además: que ante la tacañería de las administraciones, y la insuficiencia de las limosnas de los fieles, haya que discurrir otras fuentes de supervivencia y conservación del templo, eso todos lo deberían entender. 

La obsesión de atribuirlo todo a lo económico nos ciega, nos impide ver otros males de muchísima mayor trascendencia. 

Si este alevoso despojo (se hizo sin avisar, de un día para otro) hubiera sido “por dinero”, pues hasta preferible resultaría. Feo, sí, pero menos grave que la explicación real, que es la sustitución de la adoración a Dios por el culto a los artistas. Y que, como tan bien explica Von Hildebrand, acaba degradando hasta a los artistas.

No hablemos de pérdidas espirituales (¿cuántas horas de oración se han perdido, en una capilla que en vez de al arrobo invita a la tristeza?) pues asunto tan delicado no procede ni analizarlo, es como sacrílego a su vez…

Pero hasta yéndonos a la Historia del arte convencional, los manuales clásicos decían como máximo elogio hacia una obra el que se hallara aún “in loco”, en el lugar para el que fue pintada.

Que los siglos, las guerras, los expolios, los comunismos, las mil circunstancias, hayan hecho que las obras de arte religioso acaben en los museos, bien está (al menos se conservan). Pero cuando no se da, loado sea el cielo, ninguna de esas circunstancias adversas, y el cuadro permanece in loco, y no hay invasión turística, y hay siempre fieles rezando al lado, ¿quitarlo de ahí por las buenas, y, por las buenas, queriendo, museificarlo??? 

Menos mal que hay una hermandad en Sevilla que se llama “Jesús Despojado”.




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1 Comment

  1. Emilio Domínguez-Palacios Gómez dice:

    El presente artículo de la escritora e historiadora Gloria Cruz Moreno, debe ser leído y meditado con detenimiento, porque bien es cierto, que en el último cuarto del siglo XX y los años que llevamos del presente siglo XXI. Los Templos o Casas de Oración lo estamos convirtiendo en Museos, no es momento de buscar culpables, pues a lo mejor todos tenemos que entonar un mea culpa, por los tiempos de laicismo que estamos viviendo. Es cierto que los Templos son patrimonio de la Iglesia (de sus gobernantes) y no tanto de la feligresía que contribuye para su sostenimiento en la medida en que podemos, también el Estado destina un porcentaje, que no sé si es o no suficiente.
    Lo cierto, es que cito por ejemplo, a la Iglesia de San Luis de los Franceses, obra cumbre del barroco sevillano, del arquitecto Leonardo de Figueroa, que sabemos que padeció la desamortización en el siglo XXI, llevado por los Jesuitas, como bien clara queda su huella. Hoy es Museo, no Casa de Oración, ni se celebran Eucaristías.
    Más reciente es la venta del Palacio de San Telmo, en tiempos del arzobispo D. Carlos Amigo, que se vende a la Junta de Andalucía y pasa a ser el Palacio de la Presidencia de la misma. Pues bien, tiene un maravilloso retablo, donde se formaron muchos presbíteros, pues fue el antiguo Seminario de Sevilla, con una Capilla, que posee un maravilloso retablo del siglo XVIII. Hoy tampoco es Casa de Oración, ni se celebran Eucaristías.
    También, me daña pensar, el antiguo Hospital de las Cinco Llagas, que su Capilla grandiosa, es lugar de peleas y discusiones, también de insultos entre políticos, pero la Capilla hermosísima es lugar de enfrentamientos en lugar de ser Casa de Oración y lugar donde se celebren Eucaristías diarias. Se abre solo al público en contadas ocasiones como el día de Andalucía. Pues bien, os cuento una obra de arte donde nunca más se reza, el retablo Mayor es diseño de Asencio de Maeda, pero las extraordinarias pinturas ante donde muchos fieles han rezado, como un servidor, son pinturas del insigne rondeño Alonso Vázquez.
    He estado allí, rezando, contemplando el primer cuerpo, donde a la izquierda está San Sebastián mártir, en el centro San Laureano y a la derecha San Roque. En el segundo cuerpo San Francisco de Asís, Cristo resucitado y San Antonio de Padua y en el ático a San José, que celebramos hoy su año, una imagen del Calvario y a San Juan Bautista y coronando el retablo un escudo con las Cinco Llagas de Jesucristo.
    Entiendo a la escritora, su pesar, su disgusto, su desazón, porque llega a su Parroquia de Santa María Magdalena, este “virus” que no es coronavirus, pero merodea nuestros templos para convertirlos en Casa Museos y no en Casas de Oración en sus múltiples y bellísimas Capillas. El cuadro los cuadros se verán mejor, pero no se rezará ante ellos. Me sumo a tu impotencia.

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