Iván Redondo films

La fase final de un gobernante da comienzo con una progresiva o fulminante desconexión de la realidad y un alejamiento de la calle que le conduce inexorablemente, consciente o no de ello, a ser percibido como un aspirante a tirano. La mayor parte de las veces lo denota en la grandilocuencia de sus gestos públicos y también privados.

La cuestión en Sánchez es que todos esos síntomas los ha venido acreditando desde antes de instalarse en la poltrona, de modo que “el inicio del fin” en su caso es indetectable porque es indesmayable (“Manual de resistencia”) desde el principio y es parte esencial de su carácter.

Aun así, para hacernos una idea exacta, podríamos acudir a un tuit suyo de abril de 2015, lejos aún de convertirse en ‘conducator’, lo cual demuestra la megalómana magnificencia de los designios que adivinaba en sí mismo, en el que literal y escuetamente señalaba, sin venir a cuento porque aún estaba en la oposición: “Me gustaría ser recordado como el político que arregló la economía de España”. Y se quedó tan ancho.

Pasados los años, transformado ya en el “gran timonel” de su periplo aventurero a base de mentir y prometer cualquier estafa en beneficio de su único objetivo personalista, y a la vista de que aquel afán por ser recordado como el político que arregló la economía es ya una tarea no sólo imposible sino desahuciada, todos los pasos que cabe presagiar en él irán en la línea de su deseo delirante de “ser recordado” (a secas); o sea, de pasar a la Historia.

El evento ridículo de la apisonadora de las armas oxidadas (sin bandera, sin himno, sin víctimas…) es un paso más en esa carrera extravagante en la que incurrirá su asesor Iván Redondo, necesitado de ser cada vez más peliculero, más teatral, más impostado, más Netflix o más HBO, para convencer y hacer creer al líder que se encuentra en el camino correcto de alcanzar la gloria memorial e imperecedera.

Algo así como Napoleón evolucionó de sus proclamas republicanas a coronarse emperador de su propia mano o como Calígula construyó una caballeriza de mármol y pesebres de marfil para su caballo favorito, Incitatus, al que, según Casio, alimentaba con copos de avena mezclados con suaves y delgadísimas escamas de oro, devoraba ratones, calamares, mejillones y pollo, tomaba el mejor vino en copas de oro, lo vestía con púrpuras reservadas a la familia Imperial y usaba collares con piedras preciosas. Hasta le proporcionó una novia, una yegua de nombre Penélope, que eligió personalmente como esposa de su amado caballo. Tal era, en su delirio, el desprecio por las instituciones del Imperio o del Estado.

Si la boda de la hija de Aznar en el Monasterio de El Escorial, el 5 de septiembre de 2002, al final de su segundo mandato, representó en su intención magnificente el culmen simbólico de aquel alejamiento de la calle, los continuos aspavientos de Sánchez, que empezaron por querer robarle planos al Monarca en toda ocasión protocolaria, no dejan lugar a dudas de que ha entrado en la fase más extrema y ‘bollywoodiense’ de su excéntrica pulsión, sólo que esta vez logra aplastar la dignidad misma del cotarro que dice presidir, pues en el plano internacional resitúa a España no como una democracia que derrotó al terrorismo, sino como una suerte de país humillado que se rindió a una paz en tablas contra las guerrillas insurgentes de las FARC o del IRA. Inaceptable.

Más allá de que entre las presuntas armas apisonadas había escopetillas de aire comprimido y escopetas imposibles de cartuchos (sólo faltaban las pistolas de agua que venden en el Imaginarium y las armas coleccionables de aquel absurdo presunto magnicida que inventaron los Mossos), la puesta en escena debió extraerla el escenógrafo Iván de alguna mala serie de TV con Sacha Baron Cohen de protagonista enloquecido: Producciones Iván Redondo Films.

La presencia, al fin, del desaparecido Marlaska en aquel teatro, ex juez del “Caso Faisán”, sólo alimentaba un regusto perverso de sedición a la pantomima, a la vez que la obligada presencia de mandos militares y policiales en el acto añadía unas gotas insufribles de humillación a todo el aparato del Estado.

Para colmo de males, la mini apisonadora, refulgente y limpia, con las mejores galas que es capaz de lucir un cacharro de esa clase (o sea, ninguna), temblaba no de la emoción sino de mera ineficacia en la tarea encomendada.

Una vez se bajó el telón de aquel teatro, el nuevo napoleoncito, que pretende revestir la Historia con el celofán de lo que denomina “memoria democrática”, seguirá aplicado en estrechar las manos de quienes empuñaron algún día las armas que asesinaron a sus compañeros de partido.

Todo sea por pasar a la Historia. O por el teatro.

He dicho.




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