Invierno demográfico y ruina de la familia

Si miran ustedes en las listas de preocupaciones de nuestros conciudadanos nos encontramos con asuntos graves, como el paro, el terrorismo, la corrupción o la situación política. Si escarbamos un poco más en esas listas vemos otros temas como el cambio climático, los inmigrantes, la violencia de género o el sufrimiento de los animales.

No voy a ser yo el que le diga a la gente de qué tiene que preocuparse, pero llama la atención el hecho de que a nuestros contemporáneos les importe tan poco el invierno demográfico que se nos avecina. La natalidad española es una de las más bajas del mundo en una Europa que está lejos del índice de reemplazo generacional, lo que quiere decir que ya se muere más gente de la que nace. Si a eso sumamos el hecho –este sí, positivo– de que la mortalidad continúa bajando, nos encontramos con una sociedad en pleno proceso de envejecimiento. No hace falta ser un experto en economía para advertir los terribles problemas de “sostenibilidad” que acarreará esa inversión de la pirámide poblacional. Nadie parece plantearse el hecho de que la Seguridad Social, hoy ya casi gripada por el continuo aumento de pacientes, vaya a ser insostenible cuando los cotizantes sean tan pocos que no puedan sostener al monstruo. Lo mismo cabe decir del sistema de pensiones. En una sociedad sin jóvenes difícilmente habrá inversión ni dinamismo empresarial y hasta el valor de los inmuebles que habitamos caerá, al no haber demanda de nueva vivienda. Alejandro Macarrón es un investigador que lleva tiempo desde su fundación Renacimiento Demográfico tratando de advertir de esos problemas que están empezando a apuntar. A pesar de su buen talante y de su optimismo personal, las fuerzas vivas del país, –políticos y periodistas que son los que deciden de qué se puede o no hablar– lo toman como una Casandra, profetisa de calamidades, a la que no hay que tomar en serio.

El problema no es solo que tengamos cada vez menos hijos. Hay también otro hecho preocupante: que los pocos que nacen hoy tienen muchos más problemas sociales y psicológicos que los niños de hace unos años. Y es a ello a lo que me querría referir desde mi experiencia personal. En mis años infantiles, cuando el llamado baby-boom de los sesenta, las familias tenían muchos hijos, que se criaban con padres, madres y hermanos (además de abuelos, tíos y primos) que tenían tal vez una capacidad adquisitiva mucho más baja que la actual. Sin embargo, al menos parecía que entonces se transmitía a los jóvenes de forma más natural qué era lo que se esperaba de ellos y qué era lo que ellos podían esperar de la sociedad.

Sin embargo, en un momento dado, esto de tener niños a mansalva empezó a verse como un atraso, y así comenzó la bajada de la natalidad. Las razones, por supuesto, fueron variadas: los métodos de control de la natalidad y el aumento del hedonismo tuvieron algo que ver. Pero, tal vez como excusa, se decía que de este modo se les prestaba a los vástagos una atención más personalizada, en vez de criarlos “como conejos”. A un hijo único o a una parejita se podía comprarles mucha más ropa, llevarlos a yudo o a equitación y en verano mandarlos a Irlanda. Como si las cosas materiales valieran más que la experiencia de compartir en familia.

Puede parecer que estoy exagerando, pero si pudieran ustedes asistir a una sesión de evaluación de nuestros adolescentes, de las que tienen lugar en cualquier instituto y a las que yo soy asiduo por motivos profesionales, se darían cuenta de qué es lo que está pasando hoy. Partimos de la base de que todos podemos tener problemas y que, sin duda, muchos de los adolescentes de los años sesenta y setenta crecían sin que se les prestara la atención que tal vez requerían. Pero creo que la situación era entonces, en términos sociales, mucho más sana que la actual. En cambio, cuando en esas sesiones de evaluación actuales vamos examinando alumno por alumno, nos encontramos con que ya empiezan a escasear los niños que viven con sus padres y hermanos, y que no tienen trastornos de comportamiento. Por supuesto, problemas los tenemos todos y siempre hay conflictos incluso en las familias más unidas. Pero créanme si les digo que las sesiones de evaluación se están convirtiendo en un verdadero catálogo de calamidades personales y familiares.

En concreto, el aumento de las rupturas familiares hace que la mayoría de nuestros alumnos vivan solo con la madre, o solo con el padre, o con la abuela, o con el novio/-a del progenitor, con el que no suelen tener una relación demasiado positiva, cuando no es directamente enfrentada. Esa conflictividad latente se aprecia también en el altísimo número de niños que tienen tratamiento psicológico, o psiquiátrico, que tienen medicación, que tienen diagnosticados síndromes variados que uno no sabía que pudieran existir. Lo que antes se solucionaba con una bronca parental, o con una colleja en casa, ahora se lleva a los despachos de profesionales que solucionan el asunto a base de fármacos o de consejos propios de manuales de auto-ayuda. Les sorprendería el número de depresiones, intentos de suicidios, adolescentes tiránicos o con comportamientos desordenados (no duermen por las noches, son adictos a las redes sociales, no saben si son niños o niñas, son acosadores/acosados de sus compañeros…) Gamberros han existido siempre y niños raritos también, pero tengo la impresión de que el número de frikis, enfermos diagnosticados y alumnos infelices es hoy alarmante.

Por parte oficial, no hay una respuesta a semejante reto. Los mismos profesores que no ven como un problema social el que se produzcan rupturas familiares, justifican los bajos rendimientos académicos del alumnado por el divorcio de sus padres. Por lo general, los centros de enseñanza se limitan a la matraca de la “violencia machista” y en lo bonito que es cuidar la naturaleza: a eso lo llaman “educación en valores”. Y, al parecer, creen que así los muchachos salen del instituto con un sólido bagaje moral.

Lo que quiero decir con todo ello es que ni los colegios ni los psicólogos pueden suplantar a las familias. Y que las familias se componen de padres y madres, comprometidos con el bienestar físico y moral del niño. Y también con hermanos, que transmiten sin palabras la impagable lección de que no somos el centro del mundo, que hay que saber compartir y también dar algún codazo para ocupar nuestro puesto en el sofá. La sostenibilidad de nuestra civilización exige no solo que nazcan más niños, sino que estos se críen en familias estables. La familia sigue siendo hoy imprescindible.




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