Lo cómodo es seguir abriendo las puertas del hemiciclo a los visitantes, repartir cafelitos y repetir que tenemos mucha suerte porque la Constitución cumple ¡¡¡40 años!!! Pero no podemos seguir ignorando la realidad de un panorama muy preocupante. 

Desde su propia génesis, la Constitución ha ido arrastrando la lacra de una excesiva ambivalencia en algunos de sus postulados fundamentales que, peligrosamente, siempre se han interpretado hacia un sentido disolvente con la unidad nacional proclamada en su artículo 2. 


Por eso mismo, que toda una vicepresidenta del Gobierno y una ministra de Justicia, tachen de inconstitucional a un partido emergente que aboga por una interpretación más restrictiva y respetuosa con la unidad de España, y porque proponga la reforma de algunos artículos, siempre según los propios mecanismos previstos en esa Ley, resulta una manipulación tan obscena y burda, que sólo puede engañar a quienes carezcan de unos mínimos conocimientos jurídicos y constitucionales. 

Arrogándose el papel de «intérpretas supremas», ambas tocan a rebato señalando como terribles enemigos del pueblo a quienes osen separarse de sus particulares criterios y el de algunos de sus particulares socios de Gobierno, que tanto disfrutarían viendo saltar por los aires toda la arquitectura constitucional.