Inteligencia vital

Julián Marías utilizaba este término para contraponerlo a lo que habitualmente entendemos por inteligencia. Él lo explicaba con mucha mayor elegancia, pero venía a decir: Si a un hombre medio le preguntan su opinión sobre cualquier tema importante, lo más probable es que responda de acuerdo con el eslogan de moda, con lo último que ha oído en la televisión o en un chat. Un crítico diría que ese hombre es poco inteligente, que repite lo que oye sin un ápice de pensamiento propio (en palabras de Ortega: “responde con frases que encuentra en su cabeza, sin que recuerde quién las puso ahí”). Esto puede ser; si se le acerca el micrófono a una persona media para que hable de cualquier asunto de política o sociedad, seguramente soltará los habituales tópicos vigentes, lo que ha oído mil veces, sin preocuparse en pensar.  

Las personas medias no piensan mucho. Pero, ¿son “necias”? Pues luego en su modo de actuar frente a la vida suelen mostrar una sagacidad notable. Y se complacen en cosas que verbalmente critican, y viceversa. ¿Es hipocresía – palabra de la que se abusa tanto? No. Es que la inteligencia abstracta, analítica, de comprender y expresar conceptos, va por un lado (y general escasea), y luego algo arcano e instintivo de saber vivir (la “inteligencia vital”) va por otro.

Si le preguntan a millones de personas su opinión sobre cómo debe ser una Monarquía en la actualidad (aceptando ya su existencia), pues prácticamente todas dirán que los monarcas deben comportarse como personas “normales”, vestir ropa económica; alabarán que los reyes hagan cola en el supermercado, se les vea en establecimientos populares, utilicen el autobús; en caso de bodas y celebraciones, que extremen la sencillez; y por supuesto, ni oír hablar de cosas obsoletas cual mantos y coronas y cetros, ni siquiera en ocasiones, ni de residir en palacios históricos. Esto es lo que la inmensa mayoría dirá, y creerá pensar (son ideas que encuentran en su cabeza, por haberlas oído mil veces, y hasta creerán que son suyas).

Y sobre otro tema, sobre la antigua costumbre de vestir de negro tras la muerte de un familiar cercano, ¡cuántas, cuántas veces hemos oído ridiculizarla, aplaudir su extinción, y declarar pomposamente, con aire de originalidad, la sentencia: “Yo el dolor lo llevo por dentro”. Hasta tal punto ha llegado la denigración de esa costumbre, que ya al acudir a un tanatorio hay que cuidar de no ir de negro para no hacer el ridículo ni parecer que queremos protagonismo, sabiendo que ni los hijos del difunto irán así. Recientemente, ¡hasta los coches de las funerarias han sustituido el negro por el verde oscuro! ¡hasta ese punto llega el rechazo a la costumbre, el ansia de querer “ser modernos”! Y cualquier persona media a la que se le pregunte, dirá que le parece fenomenal.

Estas son pues las “opiniones”, lo que creen pensar la mayoría de las personas de Occidente. Hay que “estar al día” y esto por lo visto significa la supresión de todo lo ritual, solemne y simbólico, hasta en las ceremonias religiosas (un contrasentido esto último… pero así es).

Y luego lo que les fascina, de manera arcana y visceral, es el único elemento de la cultura europea donde se extreman las formas y los ritos, y el negro como luto, y la solemnidad máxima: en la Monarquía británica. Millones de personas contemplan con arrobo los cientos de miles de flores que se colocan para una reina difunta (las mismas personas que han dicho mil veces que “las flores son una tontería”, que jamás han ido a un cementerio a colocarlas sobre ninguna tumba), siguen con admiración lo solemnísimos rituales de salvas de cañonazos (lo que los guardias suizos dejaron de hacer durante las misas en el Vaticano, arrodillarse un momento durante la Consagración, pues en estos días vemos a cientos de soldados rodilla en tierra mientras se disparan las salvas funerarias), contemplan los aúreos bordados de ER (Elizabeth Regina; se sustituirán por Carolus Rex. Aquí mantienen el latín), y esperan con ansiedad el magnífico espectáculo que se avecina con los funerales y con una nueva coronación, con corona de oro de dos kilos y cetro, con manto de armiño y con óleos como Samuel ungiendo a David.

Se dan sentimientos encontrados; pena infinita de que los símbolos y rituales hayan desaparecido de todas partes (especialmente en donde tendrían más sentido. Ya una ceremonia en el Vaticano es un puro compadreo, no se sabe ya qué hacer para simplificar, eliminar, borrar y suprimir…), y tengamos que recurrir a los de otra nación, que, no nos engañemos, es enemiga de España. También es de lamentar el servilismo absurdo de tantos españoles (en Andalucía no nos molestamos en declarar festivo el día del patrón de España, el 25 de julio, que pasó sin pena ni gloria, y ahora, ¿declaramos luto por la reina de otro país…?), la confesada auto anulación de nosotros mismos, la ausencia de una gota de sano orgullo… Hay muchos motivos de tristeza estos días.

Pero alegra constatar que la población en general tiene una inteligencia vital mucho más alta de lo que manifiesta cuando le da por opinar. Es decir: aprecia, si no con palabras con su actitud estos días (millones de personas contemplarán ceremonias solemnes y rituales, y oirán continuas menciones a Dios. “God, by whom all King and Queens reign…” se oyó estos días. Y bien descristianizados que están los británicos. Pero el ritual no lo tocan), que la sociedad humana no se sostiene sin ritos ni símbolos, y sobre todo sin honrar a sus muertos.

Es un dolor enorme la mutilación de los símbolos que dan sentido a nuestra vida. Estos días podemos darnos un atracón de civilización, aunque sea de prestado, aunque sea de nuestros “enemigos”.




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