Estos días estamos hastiados de oír las falsas argumentaciones que repiten insistentemente los separatistas catalanes para apoyar sus falacias históricas y, ahora, incluso jurídicas; sus mantras insistentes, que no se sostienen con la Historia ni con las leyes, inundan múltiples publicaciones.
Hoy, tras la manifestación convocada contra la decisión de Rajoy de aplicar el artículo 155 -empezando por el cese del presidente de la Generalidad y su gobierno– ,resulta que los dirigentes separatistas acusan al gobierno español de dar un golpe de estado en Cataluña; el mundo al revés, no son golpistas los políticos independentistas que han provocado graves movimientos sediciosos en esta región, ya que los hechos acaecidos en Barcelona, contra la Guardia Civil y la Policía Nacional, están muy cerca de la sedición y, por desgracia, irán a más si no se toman medidas contundentes y eficaces.
Tras el primero que ha tenido la miserable idea de calificar la acción del gobierno como golpe de estado, todos los dirigentes separatistas y afines la han tomado como suya, y ya se recoge en algunos medios internacionales; no hay que negar que nos llevan ventaja con sus campañas mediáticas en el exterior.
Comenzaron con el fantasmagórico “derecho a decidir”, inexistente, no solo en la legislación española, sino en la inmensa mayoría de la internacional, que no lo reconoce. Lo justificaban con las expresiones “España nos roba” y “gobierno totalitario español”; todo un disparate insostenible, producto de la paranoia separatista.
La detención de los “Jordis” también abrió una nueva puerta a la manipulación: “En España hay presos políticos”. Habría que preguntarse qué hubiera sucedido en cualquier país de la Comunidad Europea si unos dirigentes de organizaciones políticas promueven e intervienen en el asalto y destrozo de coches de sus fuerzas de seguridad, roban las armas que contenían, agreden, insultan y cercan a sus miembros durante horas. No, no son presos políticos, no tienen esa “consideración jurídico-política”, son vulgares y cobardes delincuentes amparados en una masa que no atiende a más razones que sus intereses espurios.
Para ellos no existe esa mayoría de catalanes que se sienten españoles y que han estado silenciados o callados, bien por miedo a las represalias, bien por ser señalados en sus trabajos, y que salieron en la mayor manifestación celebrada en la historia de Barcelona para declarar su españolidad. Pero esos no son catalanes, no valen nada para ellos, sólo los ocho apellidos catalanes cuentan; condición, por otro lado, que no se da en la inmensa mayoría del pueblo catalán.
Todo esto denota el racismo que subyace en la genética de los históricos dirigentes catalanistas, de la que ya hicieron gala en el primer tercio del siglo XX, sin reconocer que esos cientos de miles de emigrantes de toda España hicieron grande a Cataluña. Un simple estudio de la progresión poblacional de Cataluña deja claro el origen foráneo de la gran mayoría del pueblo catalán; basta subir algunas generaciones para comprobarlo, por mucho que se hayan “catalanizado” los nombres y apellidos. Fueron emigrantes que llegaban, en ínfimas condiciones de trabajo, a las empresas y fábricas de Cataluña, donde la manipuladora burguesía los explotaba desde finales del siglo XIX. Pero ahora muchos reniegan de sus orígenes, los esconden, quizás por una vergüenza mal entendida, pues no hay nada más digno que un trabajo honrado; o quizás por querer trepar en algún ámbito social o político. Traicionan sus orígenes, a aquellos que se dejaron la vida por darles un futuro mejor a sus descendientes, renegando de sus ancestros y siendo más separatistas que los más radicales.
Cuando se denunció el adoctrinamiento de niños en las escuelas catalanas, un “brillante” cabecilla -pues me niego a darle otra calidad- dijo que en los colegios de la Iglesia Católica también se adoctrinaba cuando decían a sus alumnos que el aborto era un asesinato. Sin comentarios.
Ahora sumamos un nuevo mantra, el “golpe de estado”, o de forma más suave “golpe a la democracia” que ha dado el gobierno de Rajoy; y lo tendremos que oír y leer en todos los medios hasta la saciedad.
¿Se puede dialogar con personas que así actúan y llevan manipulando a la opinión pública más de cuarenta años?, y que suman apoyos gracias a las víctimas de la indigencia cultural y manipulación sectaria que se ha adueñado de la enseñanza en Cataluña.
Pero es que no hay nada que dialogar, ni pactar, ni discutir; la ruptura de la unidad de España no se puede poner como base de negociación alguna; ni lo permite la Ley, ni lo permitiremos la mayoría de los españoles, de todas las ideologías, que así lo creemos firmemente.
La Generalidad ha subvertido el orden constitucional, así como un buen número de leyes civiles y penales; ha levantado las masas provocando gravísimos incidentes. Forcadell y otros dirigentes continúan llamando a la movilización, a sabiendas de lo que puede suceder.
Y mientras que Puigdemont sigue secuestrado por la Cup -sin otra salida que huir hacia adelante- los “sabios asesores” de este presidente ya no saben que otra artimaña inventar. Ayer oí decir a algunos de ellos que el artículo 155 era inconstitucional y se quedaron tan tranquilos. ¿Cómo va a ser inconstitucional un artículo de la propia Constitución?, una Constitución que fue votada por una inmensa mayoría de los catalanes.
Estamos ante una negación de la evidencia, ante una sinrazón y un querer imponerse a la mayoría de cualquier forma, incluida la movilización violenta. Ante ello solo nos queda la aplicación de la Ley con el mayor de los rigores, sin paños calientes, y que todos paguen el irreparable daño que se ha causado a España y a la región catalana.