Inconsistencia de los argumentos de Putin para invadir Ucrania

Vladimir Putin ha recurrido a los argumentos más pintorescos para intentar justificar la invasión por parte de las tropas rusas de un país vecino que se está esforzando para consolidar su democracia, vía que va en dirección opuesta a la que está siguiendo Rusia, cada día más condescendiente con la autocracia y la violación de los derechos humanos. Ésta es, en última instancia, la razón de la política agresiva de Putin, que teme el efecto contagio, pues Ucrania está demostrando que un país que tiene tantas cosas en común con Rusia –geográficas, históricas, políticas y culturales- puede llegar a ser un Estado plenamente democrático.

Putin ha alegado como razones para justificar la agresión a la pacífica Ucrania -entre otras, a cual más extravagante- la protección de los ucranianos ruso-parlantes que están siendo sometidos a actos genocidas por las autoridades ucranianas, la “desnazificación” de un país cuyo Gobierno está presidido por un nazi judío que sigue una política racista y exterminadora como la de Adolf Hitler, la prevención de un ataque de la OTAN –que estaba preparando la invasión de la santa tierra rusa desde Ucrania, la restauración de la gran Rusia zarista con la reincorporación del Rus de Kiev –núcleo originario del Imperio-, que nunca debería haberse desgajado de él…

Proceso de expansión de la OTAN

En el fondo de estas excusas está la desconfianza de Putin hacia la Alianza atlántica, que es la única fuerza capaz que impedir que se haga realidad su ensoñación de volver al “statu quo ante”, no ya de los Acuerdos de Yalta al final de la II Guerra Mundial –que establecieron la estructura de seguridad de la Europa postbélica- sino de las épocas más brillantes del zarismo y del comunismo estalinista. Putin es un iluminado que se considera una reencarnación de Iván el Terrible, Pedro el Grande y el “padrecito” Stalin, y pretende devolver a Rusia sus pasadas grandezas y su estatuto de gran potencia y –hasta cierto punto- lo está consiguiendo, ante el progresivo repliegue de Estados Unidos de la escena internacional tras los fiascos de Afganistán y de Siria.

Algo de razón no le falta a Putin, porque la OTAN ha seguido una política de expansión hasta el Este, a pesar de las vanas promesas que hicieron sus líderes a Mijail Gorvachov tras la caída del muro de Berlín, la reunificación de Alemania, la desintegración de la Unión Soviética y la disolución del Pacto de Varsovia. Aunque el compromiso no se plasmara en un documento formal existen evidencias de su existencia, especialmente por parte de los dirigentes de Estados Unidos. Como advirtió Georges Kennan en 199, la expansión hacia el Este sería un error fatídico, 

En un principio, las relaciones entre la OTAN y Rusia fueron por el camino de la cooperación, de la que fui testigo presencial desde mi puesto de Embajador en Moscú, especialmente con motivo de la visita del Juan Carlos I en mayo de 1997. Cuando Boris Yeltsin se quejó al Rey de que –tras el fin de  la tensión entre los bloques y la mejora de las relaciones entre Rusia y Occidente- la inclusión en la OTAN de los antiguos aliados de Rusia en el Pacto de Varsovia y de Estados que habían formado parte de la URSS era una provocación y un inmenso error histórico, y pidió explicaciones al respecto. Juan Carlos  le contestó que ni España ni la OTAN querían minusvalorar a Rusia, sino que –antes al contrario- su seguridad era indispensable para la seguridad de Europa. Rusia era una nación muy importante que formaba parte de Europa y debía integrarse cada vez más en ella. Invitó a Yeltsin a que asistiera a la Conferencia de la OTAN que se iba a celebrar en julio en Madrid, donde se podría entrevistar con el presidente norteamericano. Juan Carlos le añadió que su presencia en la Conferencia mostraría al mundo que la ampliación de la Alianza no se haría en contra de Rusia, sino en su presencia y con su participación. Yeltsin –un tanto sorprendido- agradeció la invitación y dijo que la estudiaría. No llegó a asistir, pero las relaciones se relajaron.

Las negociaciones para llegar a un Acuerdo entre  las dos Partes habían sido realizadas por el Secretario General, Javier Solana, y culminaron de forma satisfactoria el 27 de mayo de ese año cuando se firmó en Paris el Acta Fundacional sobre las Relaciones de Cooperación y Seguridad Mutuas, por la que ambas partes se comprometían a construir juntas una paz verdadera, basada en los principios de democracia, seguridad y cooperación, y a  desarrollar una asociación estable sobre la base del interés común, la reciprocidad y la transparencia. Se creó un Consejo Conjunto Permanente para la consulta, la cooperación y la toma en común de decisiones. En 1998, Rusia estableció un Misión Permanente ante la Alianza en Bruselas.

En 1999 se incorporaron a la OTAN Checoslovaquía. Hungría y Polonia, y posteriormente Rumanía y Bulgaria. Rusia lo toleró porque se trataba de Estados que habían sido independientes al margen de la URSS. En 2004 ingresaron Estonia, Letonia y Lituania, lo que fue firmemente criticada por las autoridades soviéticas al tratarse de Estados que –aunque en su día fuerin independientes- habían formado parte integrante de la Unión Soviética. En 2003, Rusia –junto con Armenia, Bielorrusia, Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán- creó la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, un pacto  de alianza y defensa colectiva que era una pobre imitación de la OTAN.

La tensión creció de forma considerable  cuando la Conferencia de Bucarest (2008) decidió –por presión de Estados y pese a las reticencias de Alemania y Francia- invitar a Georgia y a Ucrania a ingresar en la OTAN. Rusia se opuso firmemente a esta decisión, que consideró una línea roja infranqueable, y su Ministro de Asuntos Exteriores, Sergei Lavrov, afirmó que una nueva expansión de la Alianza hacia las fronteras rusas retrotraería las relaciones a los tiempos de la guerra fría. En realidad, aunque en Bucarest se decidiera mantener el carácter abierto de la Alianza y se invitara a integrarse a Georgia y a Ucrania, se pusieron unas estrictas condiciones que suponía la remisión de la incorporación “ad calendas grecas”.

Cuando en 2008 accedió a la presidencia de la Federación, Dimitri Medveded se puso como objetivo mejorar las relaciones con Estados Unidos y con la OTAN,  y propuso  -adoptar una nueva estructura de seguridad continental y un renovado sistema de seguridad colectiva que eliminara en Europa las líneas divisorias que habían producido la ampliación de la Alianza. A tales efectos, sugirió crear de  un Tratado de Seguridad Colectiva para Europa, que consagrara  el compromiso de no recurrir a la fuerza sin una consulta previa entre los Estados Partes y estableciera un mecanismo para la celebración de esas consultas. La propuesta de Medveded no era inocente, pues pretendía situar a Rusia como uno de los polos básicos de influencia en el mundo y diluir a la OTAN, que se integraría en el nuevo macro-organismo junto con la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, la OSCE, la UE y la Comunidad de Estados independientes- en un batiburrillo cuyo principal objetivo era neutralizar la Alianza e impedir su expansión. La estrambótica propuesta no fue aceptada por los Estados occidentales y quedó relegada al ámbito de los deseos piadosos. 

Rusia estimaba que la eventual incorporación de Georgia y Ucrania a la OTAN constituía un grave riesgo para su seguridad y había que pararla por todos los medios. Tomando como pretexto la ofensiva que Georgia había lanzado contra los rebeldes de Osetia del Sur, el 7 de agosto de 2008  las tropas rusas invadieron Osetia, Abjazia y otras zonas del país, y Georgia tuvo que capitular. Tras la mediación del presidente francés, Nicolás Sarkozy, se llegó a un acuerdo de alto el fuego y de retirada de las tropas rusas. Estas mantuvieron, no obstante, la presencia suficiente en las zonas fronterizas para asegurar la independencia de los nuevos Estados. Fue un ejemplar castigo y aviso a navegantes, que privó a Georgia de buena parte de sus territorio y la convirtió en un Estado fallido.

Ucrania se libró de un castigo similar por “el negro de una uña” –por utilizar una expresión de Don Quijote”-, gracias al oportuno cambio de Gobierno producido a principios de 2010. El presidente pro-occidental Viktor Yushenko había tomado algunas decisiones sumamente arriesgadas tanto en el plano interno –negativa a la co-oficialidad de la lengua rusa y anuncio de que no se renovaría el Acuerdo que concedía bases en Crimea a la flota rusa-, como en el internacional –adopción de un Acuerdo de asociación con la UE y petición de ingreso en la OTAN-, que eran totalmente inaceptables para Rusia. Sin embargo, en las elecciones generales de enero de ese año resultó elegido presidente el candidato pro-ruso, Viktor Yanukovich, que lo primero que hizo fue prorrogar hasta el año 2042 el Acuerdos de cesión de bases a Rusia en Crimea y retirar la petición de ingreso en la Alianza Atlántica, con lo que evitó que Ucrania siguiera el camino de Georgia. 

Yanukovich dio un giro radical en la política exterior ucraniana con su alineamiento con Rusia y se negó a firmar el Acuerdo de Asociación negociado con la UE, lo que provocó la ira de los jóvenes y de elementos nacionalistas radicales que –fue respaldados por Estados Unidos- provocaron la revuelta de la plaza de Maidán –que fue brutalmente reprimida- y la huida a Rusia de Yanukovich, en lo que  unos en Occidente consideran que se trató de una reacción espontánea del pueblo ucraniano y otros en Oriente de un golpe de Estado en toda regla orquestado por los servicios secretos norteamericanos. En cualquier caso, la coyuntura dejó el camino abierto a Rusia para un ataque a Ucrania que no se haría esperar.

Pese a las divergencias surgidas, Barack Obama deseaba a normalizar las relaciones con Rusia y -tras su elección a finales de 2008- decidió reiniciar una nueva etapa por estimar que Rusia debería ser un actor esencial para garantizar la seguridad internacional, y comenzó lo que su vicepresidente Joe Biden calificó de “puesta a cero” –“reset”-. Ya en la Conferencia celebrada en Bruselas a finales de 2008, la OTAN decidió relanzar las relaciones con Rusia, pues –como comentó el Secretario General, Jaap de Hook- que la Alianza tuviera posiciones divergentes sobre Georgia o Ucrania no debería impedir que las dos Partes tuvieran relaciones normales a través del Consejo OTAN-Rusia. Aunque hubiera muchos desacuerdos, la OTAN necesitaba a Rusia y ésta necesitaba a aquélla, por lo que convenía centrarse en los temas en los que estaban de acuerdo. La OTAN decidió replantearse la incorporación de Georgia y de Ucrania, y Obama invitó a Medeved a asistir a la Conferencia que se celebró en Lisboa en noviembre de 2010, que aprobó una Declaración relativa a Rusia y a otros países de su entorno como Georgia y Ucrania.

La Conferencia de Lisboa consolidó la colaboración entre las dos Partes, al  reconocer que la seguridad de ambas era indivisible y estaba estrechamente conectada. Los jefes de Estado y de Gobierno afirmaron que –a la luz de los intereses de seguridad comunes- estaban decididos a “construir una paz duradera y global junto con la Federación de Rusia en la zona euro-atlántica”, y se mostraron dispuestos a lograr una auténtica “asociación estratégica” y a actuar en consecuencia, con la expectativa de reciprocidad por parte de Rusia. Respecto a las peticiones de ingreso de Georgia y de Ucrania, mantuvieron el principio del carácter abierto de la OTAN, pero aguaron las expectativas de los aspirantes, supeditándolas a una serie de requisitos tan exigentes que suponían en la práctica un aplazamiento “sine die” de su ingreso. En el caso de Georgia, se comprometieron a fomentar el diálogo  político y la cooperación práctica, y a apoyar la realización de las reformas necesarias, en particular la democrática, la electoral y la judicial. En relación con Ucrania, acogieron con beneplácito  el compromiso del Gobierno ucraniano de seguir llevando a cabo  la asociación con la Alianza, incluido el diálogo político y la cooperación práctica a través de la Comisión OTAN-Ucrania. 

La Conferencia aprobó un nuevo Concepto Estratégico conforme al cual la OTAN se comprometía a defender a sus miembros contra todo tipo de amenazas y, a tales efectos- a “desplegar fuerzas militares potentes dónde y cuándo sea requerido por nuestra seguridad, y a ayudar a promover la seguridad común de nuestros socios alrededor del globo”. La Alianza no limitó su ámbito geográfico de actuación y estimó que debería disponer de capacidad para actuar globalmente, cerrándose así de forma implícita la discusión sobre el carácter regional o universal de la Organización.

Al final de la sesión se reunión el Comité OTAN-Rusia -con participación de Medveded-, que adoptó una Declaración Conjunta, en la que afirmó que se iniciaba una nueva etapa de cooperación con miras a una asociación estratégica y modernizada, “basada en los principios de confianza recíproca, transparencia y previsibilidad, con el fin de contribuir a la creación de un espacio común de paz, seguridad y estabilidad en la zona euro-atlántica”. Los miembros del Consejo se abstendrían de la amenaza o del uso de la fuerza entre ellos o contra terceros Estados, su soberanía, integridad territorial o independencia política, en violación  de la Carta de la ONU y de la Declaración de Principios contenida en el Acta de Helsinki

El cumplimiento de este compromiso tuvo los días contados. Tras el derrocamiento de Yanukovich, el Parlamento de Crimea eligió a un primer ministro pro-ruso, y acordó la secesión de Ucrania y su incorporación a la Federación de Rusia. El 26 de marzo de 2014 se celebró un referéndum sin las mínimas garantías y la inmensa mayoría del pueblo de Crimea se pronunció a favor de reincorporarse a Rusia. Desde principios de febrero, Rusía había ido enviando sigilosamente contingentes militares a Crimea, produciéndose lo que el periodista de la BBC John Simpson ha calificado de “la invasión más suave de los tiempos modernos”, que terminó antes de que el mundo exterior se diera cuenta de que había comenzado. Dos días después, Putin formalizó en un anunció solemne la reincorporación de Crimea a la madre patria. La comunidad internacional reaccionó de forma tenue y –aunque se produjeran altisonantes condenas verbales y Estados Unidos y la UE aplicaran a Rusia sanciones económicas de menor cuantía, se dieron por consolidados los hechos consumados.  

En paralelo, Rusia envió unidades militares camufladas y grupos de mercenarios para apoyar a los rebeldes ucranianos que se habían alzado contra el Gobierno central y habían declarado la independencia de Donetsk y de Lugansk. Rusia facilitó militar y políticamente la independencia “de facto” de estos dos seudo-Estados, aunque no llegara a reconocerlos oficialmente como había hecho con Osetia del Sur y Abjazia.

Siguiendo con su intento de desintegrar a Ucrania, Rusia concentró importantes contingentes de tropas en la fronteras del norte, este y sur de Ucrania, y –tras reconocer la independencia de Donetsk y Lugansk-, Putin ordenó la invasión de Ucrania en todos sus frentes, pensando que -tras un paseo militar triunfal- conquistaría en unos días Kiev y derrocaría el Gobierno “nazi” de Valdimir Zelenski. Sus cálculos se vieron frustrados por la heroica resistencia del pueblo ucraniano y se ha llegado al empantanamiento bélico actual, pese a los exorbitantes bombardeos con tanques, aviones y misiles contra todo tipo de objetivos, que están causando la destrucción de buena parte de las ciudades ucranianas y la muerte de muchos ciudadanos civiles, el desplazamiento interno de ocho millones de habitantes y el éxodo de seis millones de refugiados.

Insólito apoyo del papa Francisco a las tesis de Putin

Por el artículo sobre “El Papa Francisco destroza la narrativa occidental sobre Rusia”, publicado el 6 de mayo de 2022 por el periodista indio Venu Gopal Narayan en la revista “Swarjya”, me enteré que el día 3 de ese mes el Papa había hecho unas declaraciones al periódico “Corriere della Sera”, en las que afirmó que Putin podría haberse sentido obligado a invadir Ucrania porque “la OTAN estaba ladrando a las puertas de Rusia”, y añadía que no había manera de saber si había provocado la furia de Putin, pero que sospechaba que podría haberse visto facilitada por la actitud de Occidente. Estas lamentables declaraciones -que no sé si son genuinas porque no he tenido acceso al periódico italiano- han sorprendido sobremanera a todos los que condenamos la incalificable agresión de Rusia a Ucrania, porque culpaba a la Alianza de  haber desencadenado la guerra y exoneraba a Putin de su responsabilidad. Tanto el fondo como la forma –no era lenguaje adecuado de un Pontífice llamar perros a respetables Estados habitados en algunos casos por una población mayoritariamente católica- eran inadecuados  y resultaban inaceptables. Como católico, respeto las decisiones del Papa en cuestiones de doctrina y de moral, pero -como ciudadano libre y responsable- no puede menos que rechazar unas afirmaciones de carácter político ajenas al magisterio papal y carentes de fundamento.

La revista de los jesuitas norteamericanos “America” salió al quite del Papa y – en un artículo sobre “Lo que los críticos de los comentarios del Papa no entienden sobre la diplomacia del Vaticano”-, Victor Gaetán  afirmaba que la posición piadosa se mantenía equidistante de todos los lados, lo que abría la puerta a una diplomacia constructiva y abnegada. El Papa Francisco había condenado la guerra contra Ucrania descartando el eufemismo de “operación militar” y se había referido a una guerra sacrílega que estaba causando muerte, destrucción y miseria, pero no se quiso enfrentar directamente a Putin, al que ni siquiera ha mencionado en sus alocuciones. No ha hablado de la inocencia de Ucrania en contraste con la violación por parte de Rusia del Derecho Internacional. ¿Por qué –se ha preguntado el articulista- se ha abstenido el Papa de mencionar estas verdades? La respuesta ha sido que, al abstenerse de condenar a Putin, Francisco esperaba crear un espacio en el que la diplomacia de paz de la Iglesia pudiera surtir efecto en un momento decisivo. En otro artículo sobre “El Papa Francisco es sabio al no llamar directamente a Putin”,  Gregorio Reichberg ha señalado que tenemos  el deber moral de proteger a los civiles ucranianos, pero eso no significaba que tuviéramos que ir a la guerra contra Rusia. 

Sin embargo, como ha manifestado la periodista de la CNN Clarissa Ward –autora del libro “En todos los frentes”-, no es posible mantenerse neutral en medio de una guerra como la de Ucrania, a menos que seas un monstruo. “Ucrania es un país soberano que no ha cometido ningún acto de agresión, que ha sido invadido ilegalmente y donde miles de personas han sido asesinadas y millones han sido desplazadas. Es ridículo tratar de ser neutral y dar a entender que los dos lados son sólo dos caras de la misma moneda”. No debemos acostumbrarnos a que una nación soberana en Europa haya sufrido la invasión más grande desde la II Guerra Mundial, a que la gente muera todos los días en una guerra y a que todo el orden mundial se haya desmoronado por el intento de Putin de reescribirlo.

En efecto, se puede ser neutral y equidistante entre dos Estados culpables de un conflicto armado, para tratar de mediar entre ellos a fin de conseguir una solución negociada, pero no cabe adoptar una actitud similar entre el agresor y el agredido, a los que se ponga en pie de igualdad. Ni siquiera cabe aplicar a Putin la parábola del hijo pródigo a cuyo comprensivo padre se arrojaba a sus brazos  para abrazarlo, porque –a diferencia de éste- Putin jamás ha ofrecido el menor síntoma de arrepentimiento e insiste una y otra vez en su acción criminal. 

Los argumentos de Putin no pueden ser más falaces. En relación con su afirmación del grave peligro para la soberanía rusa del acercamiento de la OTAN a sus fronteras, esta situación se ha producido desde hace años en Noruega o los Países bálticos, sin que Rusia se haya sentido obligada a invadir a ningunos de sus vecinos. El argumento de que es un deber histórico que Ucrania regrese a la madre Rusia para restaurar la integridad del Imperio zarista se compadece mal con las amenazas proferidas contra Suecia, que nunca formó parte del mismo.

El único argumento que podría tener una justificación jurídica si fuera verdad sería el de la intervención para acabar con el genocidio infligido por el Gobierno nazi de Zelenski contra los ucranianos ruso-parlantes, pero incluso si se aceptara esta situación como hipótesis de trabajo –¡que ya es aceptar!-, un Estado no puede recurrir al uso de la fuerza armada para prevenir la comisión de un delito de genocidio sin la autorización del Consejo de Seguridad. Según el artículo VIII de la Convención de 1948 para la prevención y sanción del delito de genocidio, cualquier Estado Parte podrás recurrir a los órganos competentes de la ONU para que adopten las medidas oportunas para la prevención o represión del genocidio, pero no podrá tomarse la justicia por su mano.

Tanto Estados como individuos deberían aunar sus esfuerzos para impedir que Rusia siga cometiendo flagrantes actos de guerra y de agresión, crímenes de guerra y  delitos de lesa humanidad en Ucrania. El zar Vlaidimir está desnudo y no merece que nadie le ofrezca una túnica para cubrir su desnudez y, aún menos, que le ofrezca en bandeja el ternero cebado de la ocupación de Ucrania.




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