Iglesias y la chica del diecisiete

Parecerá prehistórico reclamar ciertas medidas que cayeron en el saco roto de la catatonia de este gobierno inerte…

Inerte, sí, nunca mejor dicho, porque el dinero de los ERTE ya no alcanza y pronto perderán la “T” definitivamente; y también porque en materia sanitaria “está tan quieto que parece no tener vida”, está inactivo, inmóvil, paralítico y paralizado, incapaz de reacción , sin vida, flojo y desidioso… O sea, un muermo, un cadáver en el cerebro del Estado.

Digo que de nada servirá referirnos a algo que parece prediluviano, aunque puede que al menor rebrote nos vuelvan a caer chuzos de punta y nos lluevan sapos, ranas y culebras desde el cielo como una plaga bíblica. La epidemia puede rebrotar, y es lo más probable que lo haga, pero yo no me culparé de los besos y los abrazos, de las reuniones de familia o de los reencuentros con los amigos.

Cuando eso llegue, será bueno tener presente que el sanchicomunismo y su equipo de expertos encargado de expandir la epidemia se han saltado los pasos necesarios recomendados para atajarla, porque siguen sin hacerse test masivos y no se rastrean con una mínima sistemática los focos sospechosos. Todo lo fían al confinamiento, como hubiera hecho el Gran Tamerlán en las postrimerías de la Edad Media.

Grandes progresos no se han hecho bajo el estado de alarma, la verdad, salvo estarnos quietos, aunque sí hemos avanzado, con paso firme y recto, hacia el confinamiento de… Fernando Simón. Y será en prisión (espero), donde habrá que ponerle rejas en lo alto del patio de la cárcel, porque ahora nos desvela que su pasión es escalar al aire libre.

Así se entiende mejor eso de la “desescalada”, porque él vive en la inopia de una cumbre, en la indigencia absorta de una piedra muy arriba, desde donde da lo mismo contar los muertos o resucitarlos por decreto, como hace Snchz con los suyos como de plastilina.

Volverán los virus, de murciélago, como oscuras golondrinas, pero a mí que no me busquen, porque son ellos los que se han negado a atajar la crisis sanitaria (contribuyeron a expandirla) y continúan a la espera de que el virus se aburra o de que el Estado haga crack, lo que viene a ser lo mismo, porque los virus no se aburren y un Estado no puede soportar tanta negligencia ni, sobre todo, tanta estulticia.

Como no hay día sin disparates en el sanchicomunismo, ayer escuché a Errejón, ese personaje de cómic (¿Dónde está Wally?) con cara de búho, que no se ríe ni en el gusano loco, proclamando con la seriedad del burro que no se pueden tirar a la basura los 3.000 puestos de trabajo directos y los 25.000 indirectos de la Nissan. Y propone, ¡ojo al dato!, que el Estado se haga cargo de las instalaciones y del personal para fabricar no sé si aspiradoras o si maquinillas de afeitar.

Y Rufián, otro mandril incapacitado para sonreír (es célebre que lo primero que pierde un comunista es el sentido del humor porque todo le resulta trascendente), perfeccionó la idea y exigía nacionalizar la Nissan, aunque no aclaraba si su pretensión incluía el desembarco de los mossos de Trapero en las playas de Japón, con Puigdemont y Junqueras disfrazados con kimono.

Estos bobos solemnes no recuerdan que, al caer la URSS, un burócrata de entonces tuvo la luminosa y sagaz ocurrencia de querer reconvertir la ex poderosa industria militar soviética, aprovechando los rotores de las torretas de los tanques, por ejemplo, para fabricar lavadoras domésticas o batidoras. Los artilugios resultantes fueron indestructibles y resistentes a ataques terroristas, aunque no hubo carcasa ni tambor capaces de aguantarle más de diez centrifugados y las batidoras te dejaban un muñón al menor descuido. No lograron exportarlas ni a Chechenia.

No he logrado averiguar del todo si es que son así de analfabestias o si se trata apenas del mastodóntico cinismo habitual, porque hasta hace diez minutos esta muchachada exigía que la Nissan y demás industrias se marcharan de España. Y el turismo, también.

Bastaría con preguntar cuántas factorías de la Chevrolet, de la General Motors o de la Johnson & Johnson fueron capaces de reutilizar en Cuba o Venezuela cuando el comandante mandó a parar. O sea, pretenden otra vez inventar la rueda en una fábrica de coches y enseñar a hacer hijos a sus padres, cuando de todos es sabido que hasta los terroristas saben hacer hijos (a las pruebas me remito)…, aunque su experiencia abunde más en ejecutarlos.

Cayetana es una fotógrafa excelente y, si en el Congreso le fabricó un retrato francamente inolvidable a Pablo Iglesias entre “la aristocracia del crimen político”, ayer lo perfeccionó: “Llamó a los abogados como hacen las folclóricas”, dijo. Y entonces, al día siguiente, picado en su miseria, Iglesias se vino arriba..

Debió pensar que para fotografiarle a él, nada mejor que hacerse un selfie. Se puso junto a Patxi López, le pidió a Espinosa de los Monteros que le sujetase la cámara un momento y se inmortalizó con un clic que sonó como un eructo tabernícola que resulta irrepetible por su hedor a coles del lumpen ideológico al que pertenece.

El guerracivilismo de Iglesias es tan infame, apestoso, sectario e indocumentado como el de cualquier votante medio de esta izquierda agreste, atrabiliaria y montaraz, pero sólo Sánchez puede saber dónde se mete este tribulete de la revolución de 1917 y comprender de dónde saca pa tanto como destaca.
No es que esperásemos de un gallo arrabalero modales de guardiamarina ni que bailase el minué, pero bien pudo haber aprendido en casa lo que todo hijo de vecino aprende de sus padres…, siempre y cuando, claro, tu padre no se dedique a una actividad tan infernal.

La chulesca altanería de Iglesias es tan burda, tan arcaica, tan macarra y de tal bajeza moral, que carece de rango y no cotizaría ni en el patio de un colegio chungo. El chaval es un cansino, un plasta, cuyo único discurso lo construye siempre alrededor de una repetitiva letanía goebbelsiana, pero que se le mustia por días en el chalet con piscina de Galapagar, porque ya no engaña ni a sus devotos y sólo le va quedando la pólvora mojada de su largocaballerismo calumnioso y faltón.

Demasiado tomate, Pablo, para tan pocos huevos.

He dicho

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