Huy, no hay que juzgar

¿Les suena esta frase? En el trabajo, entre amigos, en cualquier grupo, de repente el más acerbo criticador y opinador de todo pues resulta que adquiere un tono moral y virtuoso; como por arte de magia le desaparece su habitual estilo cínico y agresivo, y declara, como el que rebosa prudencia y bondad: “Yo no juzgo”.

O bien: “No debemos juzgar”, “No se puede juzgar”… Una lo oye, y si ha osado opinar algo, se queda como avergonzada… Hasta que piensa un poco.

Hace ya casi un siglo que Ortega y Gasset, en “La rebelión de las masas” describía la característica más curiosa del hombre contemporáneo, la que a su parecer no se había dado nunca antes: el opinar continuamente de todo. “El hombre-masa ni siquiera aspira a tener razón, pero quiere imponer su opinión a toda costa”. Para él se trata de algo nuevo. El campesino de la Edad Media tenía muchísimas cosas en común con nosotros; al fin y al cabo, en amores, odios, trabajo, descanso, anhelos, rencores, distracciones… pues todos los seres humanos nos parecemos tanto. Pero en lo de opinar, no. Esto es algo reciente, decía el filósofo, hace casi cien años (antes de la televisión, antes hasta de los radioescuchas que intervenían… No digamos de las redes sociales).

Nos pasamos la vida opinando de todo; es una característica de nuestro tiempo, y cada vez a más y más velocidad. A los pocos minutos de cualquier suceso en cualquier lugar del mundo, ya encontramos en las redes sociales miles y miles de opiniones sobre el mismo. Sin criticar ahora este hecho (sin “opinar” sobre el mismo), estaremos de acuerdo, imagino, en que ES un hecho.

Pues muy bien, lo aceptamos (¡qué remedio!). Ese es nuestro modo de vida. Bombardeo continuo de noticias y de opiniones. Sobre políticos, artistas, jueces, médicos, deportistas, escritores, o lo que antes se llamaban ciudadanos de a pie, que hoy día son ya potenciales “famosos” todos. Para todo hay detractores, admiradores, comentadores de este discurso o de aquel gesto o este vestido, o quién tuvo más culpa en tal desaguisado… Criticar, alabar, culpar, defender, considerar… Así vivimos.

Pero, ¡oh! De repente, como digo, el articulista de periódico que con más virulencia arremete contra unos y otros; o el cibernauta más asiduo en sus críticas extremas, pues un día nos sorprende diciéndonos como si fuera un reposado profesor de Ética: “Yo no juzgo”.

¿Qué ha pasado? ¿Cómo dice que “él no juzga” quien no hace nunca otra cosa? Ah, ya. Que por una vez la persona cuya actuación se comenta y censura, por una vez le “cae bien” al comentarista de turno. Entonces, en vez de argumentar a su favor, pues es más simple y efectivo sentenciar con estas palabras ampulosas: “Yo no juzgo”.

Creo que hay frases que significan exactamente lo contrario de lo que enuncian. En este caso, “Yo no juzgo” quiere decir, justa y precisamente: “YO JUZGO”.

Cuando yo opino, opino. Pero si los demás opinan, a eso hay que llamarle “juzgar, juzgar al prójimo”, lo cual es una gran inmoralidad. He dicho.




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