Homo Fanaticus

Ante la nueva invasión de plásticos por decreto y por doquier, y la nuevas ordenanza de que todo sea monodosis y de usar y tirar (hasta las cartas de los restaurantes), hay quien se pregunta estos días: ¿Dónde están ahora los ecologistas?

Lo que antes era crimen, delito, actuación no sólo penada y multada, sino, lo que siempre es más grave, mal vista socialmente (usar vasos de plástico, pedir bolsas de ídem…) ahora es obligatorio, tanto legal como socialmente. Las circunstancias mandan, sí. Todos comprendemos que lo que un día se multe, se permita al siguiente, dado un cambio de coyuntura tan enorme. Hasta ahí, no hay nada que criticar, sólo admirarse ante lo paradójica que es la vida…

Pero lo que sí debe causar alarma es el instantáneo cambio de valores social. El mecanismo criticador murmurador intolerante que censura comportamientos cotidianos, ayer se apuntaba a la propuesta de “multar a quien vaya solo en su coche” (pues es antiecológico) y hoy censura como inmoral el usar transportes públicos, qué irresponsabilidad, pues se debe emplear mejor el vehículo privado, y a solas. No es el cambio de legislación lo llamativo (aun sin crisis, cambian tantísimo las legislaciones…); no: es la instantánea metamorfosis que se produce en millones de cerebros, que in ictu oculi transfieren la enorme carga de indignación moral que antes derramaban sobre un simple gesto de un conciudadano (“En esa tienda, ¡dan bolsas de plástico sin cobrarlas!¡Horror!”) hacia otro gesto igual de nimio, esta vez en sentido contrario (“La princesa tal- decía una crónica social- llevaba guantes de piel, en vez de desechables de plástico, ¡horror, irresponsable!”).

Esta situación, más allá de admirarnos por lo inesperada y paradójica, nos invita a extraer una moraleja, por extraña que suene esa palabra.

El ser humano por naturaleza tiene una cierta tendencia al fanatismo. Cuando está convencido de que algo es verdad, su inclinación es imponer esa idea a todo el mundo, y mirar mal a quien se le resista. Esto no se puede cambiar, ni acaso es deseable intentar hacerlo (la naturaleza humana no se puede cambiar, si acaso encauzar). Muchos creen vivir en una época “tolerante” simplemente porque en Occidente están en caída libre ciertos ideales (relacionados con la religión, el patriotismo, etc) por los que antaño muchos estaban dispuestos a dar la vida y por tanto son hoy tachados alegremente de “fanáticos”.  

Habrán cambiado los ideales, pero la tendencia al fanatismo, ciertamente que no. Más bien hay datos para temer que si acaso esté aumentando. Y ciertamente, que la carga moral, moralizante, criticadora, censuradora, sancionadora, que es inherente al ser humano, cada vez se emplea en cuestiones más banales…

(Los turistas que se alojaban en hoteles de cuatro estrellas no hacían, en su mayoría, examen de conciencia por las noches. Esto no quiere decir que su vida careciera de carga ética. Los letreritos invitándole a reutilizar sus toallas el máximo tiempo posible, por el bien del planeta, convertían el deseo de lavarlas a diario en ni más ni menos que inmoral)

Que el abuso del plástico parecía malo para el medio ambiente era verdad. Y que, llegada esta crisis, el empleo de objetos de usar y tirar parece recomendable, también es verdad. Lo cierto es que todos los fanatismos suelen surgir de una idea razonable. El fanatismo consiste el hacer de ese concepto el ideal máximo, el que reine sobre todas las demás consideraciones; el imponer alegremente ese ideal a todo el mundo, ignorar cualquier otro punto de vista. La idea que da origen a un fanático suele ser buena (no van a hacer adeptos con eslóganes malos), pero es simplista, cerrada. Ignora la complejidad de las realidades humanas. Y de algo que podría servir como sugerencia en cuestiones menores (reciclemos papel), pues lo convierten en el centro de su sistema moral.

Si esto fuera un cuento antiguo, con su moraleja (alguno se sorprendería leyendo los originales de Perrault, tan poco tiernos), acabaríamos diciendo: 

“Cuando en el futuro te convenzas de algo (por ejemplo, de que hay que reciclar papel; o de que se deben usar guantes; o de que hay que donar precisamente a esta ONG), pues actúa en consecuencia, sí, pero DEJA UN MARGEN en tu cerebro, admite humildemente las limitaciones del intelecto humano, para no lanzarte a muerte a imponer esa norma a todos, demonizando a quien la incumpla… que mañana donde dije digo puede ser Diego”.

Porque claro, será demasiado pedir el que nuestra inherente carga moralizante la destinemos a algo que merezca más la pena…

 

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