Holodomor

Todos los trabajos requieren de una cualificación especial, pero hay algunos que despiertan la admiración a poco que nos pongamos en la piel de quien los lleva a cabo. Pongo como ejemplo el de los humoristas o cómicos que haciendo de tripas corazón por serios problemas personales, se ven impelidos a despertar la risa de un público que desconoce por completo los duros momentos que puede estar atravesando el actor.

Algo parecido debe sentir el escritor que no puede redactar una línea porque le abruman sucesos que no le dejan concentrarse. En menor escala he podido sentir esa sensación en los momentos que atravesamos con la guerra ruso ucraniana, al comprobar cómo me resulta muy difícil escribir de otro asunto que no sea el referido conflicto bélico.

Ucrania siempre me ha traído buenos recuerdos: ucraniana, Lyuga, era la señora que cuidó de mi anciana madre muchos años, con cariño de hija; en Dnipropetrovsk pude asistir en persona al pase a la final four de la eurocup del C. D. Baloncesto Sevilla (entonces Cajasol) en marzo de 2011, ciudad cuyo equipo de futbol cayó en la final de la Europa league ante el Sevilla F.C. en mayo de 2015.

Pero sobre todo, hay un hecho histórico poco conocido que despertó en mí la compasión por ese magnífico país, cuna de la gran Rusia (Kiev fue capital antes que Moscú), escenario de guerras entre la confederación polaco lituana y el pujante imperio otomano, que tras tomar Constantinopla, hoy Estambul, se vio frenado a las mismas puertas de Viena. Me refiero al Holodomor.

Tras la revolución bolchevique de 1918 y la guerra civil, Stalin no le perdonó a Ucrania sus ansias de libertad. En la década de los años treinta del pasado siglo, él y sus secuaces sometieron al país de la bandera azul y amarilla al infierno en la tierra. Una hambruna terrible, diseñada con gélida precisión desde el Kremlin, en la que pudieron sucumbir en la peor de las miserias hasta diez millones de seres humanos. Les invito a buscar en internet los detalles de este genocidio, una ventana al paraíso comunista.

Tras ser sometidos sus habitantes a numerosas vejaciones, en diciembre de 1991 más del noventa por ciento de los ucranianos votaban por la independencia en medio del más genuino entusiasmo. Habían sufrido mucho. Su propia tierra quedaba herida para los siglos venideros, víctima del veneno radiactivo de Chernobyl.

Estábamos avisados: en el verano de 2014 Putin tomó la península de Crimea (todo su afán es cerrarle la salida al mar a Ucrania, por donde realiza sus exportaciones), ¿hemos olvidado ya cómo quedó sin castigo la destrucción con un misil del vuelo MH17 entre Amsterdam y Kuala Lumpur, donde murieron 250 inocentes? Vista la tibia reacción de Occidente, ahora el tirano ruso da un paso más, no sin asegurarse el respaldo de China a cambio de su apoyo a la reivindicación de Taiwán.

Putin, nieto de un cocinero de Stalin y antiguo jefe de la temida KGB, añora los tiempos de la U.R.S.S. y sus países satélites tomados con tanques (Hungría 1956, Checoslovaquia 1968,…) y, en mi modesta opinión no se va a conformar con invadir Ucrania, donde va a encontrar recursos muy cotizados: suelo cultivable y uranio (primera de Europa), titanio (segunda), gas de esquisto (tercera), girasol (primera del mundo) manganeso (segunda), maíz (tercero) y carbón (séptima). Suele ocurrir lo que en Economía llamamos “la maldición de los recursos naturales” o “paradoja de la abundancia”, por la que países dotados de recursos naturales se ven sometidos a un menor crecimiento por la apreciación de su tipo de cambio o la volatilidad de sus ingresos, cuando no involucrados en conflictos bélicos.

Ignoro si cuando estas líneas lleguen a Vd., querido lector, la guerra habrá concluido o seguirá luchándose en Kiev calle a calle, edificio a edificio, pero negociar la paz desde una posición de fuerza por parte de Putin me recuerda aquel episodio que tuvo lugar en 1938 entre Churchill y Chamberlain, quien traía al Parlamento británico el acuerdo alcanzado entre las potencias occidentales y Hitler para que detuviera su expansión en los Sudetes checoslovacos.

Mientras la mayoría de los diputados aplaudía el logro de una paz alcanzada desde el temor a una Alemania militarizada y de ideología nazi, Churchill, con su flema habitual dijo su asiento: “Os dieron a elegir entre deshonor y guerra: elegisteis deshonor. Tendréis guerra”. La historia no se repite, pero rima.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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3 Comments

  1. Pedro dice:

    Hola Alberto,

    Coincido con tus frases finales, a veces se olvida la perspectiva histórica, la cual puede dar pistas del porvenir si se suceden los mismos actos. Como cada semana un placer leerte.

    Un saludo,
    Pedro.

  2. Charo dice:

    Magnífico artículo Alberto.

  3. José Antonio Molino dice:

    Terrible episodio el Holodomor ucraniano. Como bien dices, el infierno en la tierra, llevando a millones de seres humanos a una degradación difícil de explicar. Paradigma de la crueldad del régimen stalinista, por mucho que hayan querido ocultar y disimular incluso después de la caída del muro. Los gobiernos ucranianos desde el 2013 no son precisamente modélicos, pero sea como sea y se diga lo que se diga, una guerra de agresión es intolerable igual que lo fue en 1939 y antes en 1914. Ahora la UE ha reaccionado con contundencia con las sanciones económicas a Rusia, pero eso no bastará. Las sanciones llegan tarde y además no es posible desligarse de la dependencia energética que tenemos respecto a los rusos. Al menos, no a corto plazo. Si Putin quiere guerra, la única manera de frenarle será la guerra, la guerra de verdad, con soldados sobre el terreno y combatiendo, no pidiéndole que razone o negocie, porque si quisiera hacerlo, ya lo habría hecho. El episodio de Churchill con Chamberlain, como bien dices no es exacto del todo, En el siglo XXI la UE ya llevaba el deshonor desde siempre, no tuvo que elegirlo, Dios nos asista a todos…… ( Me temo que el tema continuará )

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