Hojeando libros de texto

En el anual fenómeno septembrino de los Libros de Texto que acompaña el comienzo de curso en los colegios confluyen tantos elementos inquietantes que no se sabe por dónde empezar…

Lo primero, que el mismo inicio del curso sea noticia, incesantemente anunciada en todos los medios (¿acaso lo cotidiano es noticia?). Pero en fin, eso sucede en realidad hoy día con todo, hasta con la lluvia o el sol, todo es noticia y es espectáculo.

Luego, la enorme cantidad de libros que se consideran necesarios, desde los primeros años de Primaria. Pero si un adulto de formación mediana hojea cualquiera de ellos  -cualquier manual dirigido a por ejemplo a alumnos de diez, once, doce años- normalmente experimentará un extraño asombro. Bueno, muchos progenitores (la nueva ola de superpadres, los que consideran niño prodigio al capaz de escribir dos palabras seguidas) tal vez no lo adviertan. Pero visto desde fuera, asombra la vacuidad, el paternalismo absurdo, y sobre todo la inmensa cantidad de páginas y páginas llenas de dibujitos en colores, muchas casi en blanco…

Acerca de los libros de texto se discute mucho, pero en otro sentido. Dejando aparte la politización y la ideología –asunto tremendo a su vez- se habla de la necesidad de su gratuidad; y además de que estén nuevos; y de que a nadie le falten – pero que las administraciones lo paguen (como producto básico). De esto se habla, así como de la climatización en las aulas; escándalo se considera que falte la calefacción o el aire acondicionado. La calidad de enseñanza se confunde con el confort material máximo. 

Y lo que nadie plantea jamás es si son necesarios esos libros.

Los que frecuentamos librerías de viejo solemos encontrarnos con manuales antiguos, y nos admira su solidez. Muchísima información contenida en un solo libro, que conviene conservar para referencia futura, y para repasar datos de historia, de latín, de dibujo técnico, de todo. Por el contrario, los libros de texto de hoy, gruesos, pesados, numerosísimos y obligatorios, se consideran (y si los hojeamos comprendemos por qué) tan pasajeros como pueda serlo una revista del corazón. Son de un solo uso. De usar y tirar.

El presente estilo de libros de texto no es nuevo en realidad. Si retrocedemos treinta, cuarenta años, ya tendían a ser como ahora, muy ilustrados, llenos de colorines y de ejercicios banales; y ya los editores procuraban que no pudieran heredarse entre hermanos, a veces con técnicas tan burdas como cambiando unas páginas de sitio de una edición a otra. Entonces abundaban las familias numerosas, y los alumnos avispados retaban el mercantilismo utilizando ediciones del año anterior aun despaginadas. Pero aun así, otras veces los cambios eran mayores, e inevitablemente se acumulaban los libros de texto en las casas, montañas de libros banales, casi idénticos pero distintos, inútiles para el repaso… casi como revistas atrasadas.

El “timo” de los editores se comentaba ya entonces entre los alumnos; no necesariamente por ser poco pudientes, sino porque el derroche (que los padres te tengan  que comprar un libro nuevo, casi idéntico al que ya hay en casa, pero con cambios estratégicos en el orden de los ejercicios) era tan irritante que le chirriaba hasta al más mimado de los niños. “A ver si alguien se da cuenta de este abuso, y acaba con él algún día”, pensábamos algunos.

¿Ha sucedido eso, ya entradito el siglo XXI? Pues ha habido cambios, pero lejos de terminar con el abuso, lo que han hecho es encumbrarlo, institucionalizarlo y sellarlo de forma casi grotesca. Los libros absurdos, hinchados, vacuos y de usar y tirar seguirán existiendo, millones nuevos cada año, pero ahora en vez de sólo los padres, los pagaremos entre todos. En lenguaje demagógico, serán “gratis”, lo que los convertirá en aún más banales y de usar y tirar. (Ya ni sucederá que un niño medio responsable se irrite ante la duplicación del gasto. Como “no lo paga nadie”…)

Nadie lo denunciará, porque interviene aquí otro elemento inquietante: la divinización de la palabra Libro, como la de Educación, que justifica cualquier macro derroche que se haga en su nombre, sin indagar nada. Lo que en otro campo sería un desperdicio que clama al cielo aquí se llama “Gasto en Educación”.

Pero todos somos muy ecológicos. 




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