“¿Hemos sido amables?” Esto le pregunta una maquinita al viajero aéreo moderno tras haber pasado por la humillación de los “controles de seguridad”; y le invitan a responder utilizando el primitivo lenguaje de caritas sonrientes o enfadadas (el sistema que precedió al invento del alfabeto, y que hoy va emulando a este último). El viajero entonces puntúa su nivel de satisfacción: apretando un botón piensa que premia a los empleados que le han tratado bien esta vez, o que castigarán al que haya hecho esos controles aún más desagradables con sus palabras desabridas…


El mismo sistema se emplea en los grandes almacenes, con la diferencia de que aquí opinar no es optativo sino obligatorio; antes de cobrar cualquier producto, el cliente debe darle a la tecla evaluatoria, bajo la mirada del dependiente que lo ha atendido.

Se nos pregunta la opinión. Se nos tiene en cuenta. Esto suena grato, y seguramente lo es. Pero erraríamos suponiendo que nuestra opinión tendrá consecuencias prácticas. Nadie “reñirá” al empleado de seguridad que compensa lo modesto de su cargo dándose la gratificación de ejercer un poco de sadismo; ni premiará al que, dotado de otro temperamento, encuentre más grato el ser amable. Es casi seguro que no hay ningún inspector, ninguna alta autoridad tomando nota de esas opiniones y tomando medidas al respecto. El sistema se ha implantado para dar satisfacción psicológica al usuario; para darle el placer de opinar, evaluar y puntuar, que es casi una necesidad del ciudadano del siglo XXI.


¿Es esto criticable? ¿Nos parece bien o mal? Pues difícil de decir. Alguien opinará que el trato aeroportuario, similar al del transporte de animales, se suaviza con esa posibilidad de al menos opinar. Pero alguno podrá pensar que ese aparatito calculadamente tranquilizador lo hace más humillante aún. En fin: sin entrar en profundidades, lo cierto es que si una mayoría de viajeros –o de usuarios de cualquier servicio- se queda así más tranquila, y olvida enfados y reclamaciones, pues habrá mejor ambiente para todos…

(“Dime que me quieres, aunque sea mentira”. Pues: “Déjame opinar, aunque sea para nada”).

Trasladadas al ámbito político, sin embargo, este tipo de medidas psicológico-sociológicas resultan más discutibles. El Ayuntamiento de Sevilla, y seguramente muchos otros, ofrece múltiples posibilidades para que el ciudadano participe, para que exponga quejas y opiniones. Más de un alma ingenua se entretuvo enviando correos electrónicos, breves y sucintos, con sugerencias de coste cero y de beneficios generales obvios… Hubo de pasar mucho tiempo para que hasta la más crédula de las ingenuas comprendiera que no es que las cosas vayan muy lentas, no es que la Administración ya sabemos que es muy caótica, no… Es que no está pensado que ese buzón de sugerencias del ciudadano sea jamás respondido ni aun leído. Es un truco psicológico para que el ciudadano se desahogue y se quede más tranquilo. Luego ya olvidará el asunto en cuestión. Es una idea baratísima y “genial”… para ellos (para el Poder).

Debieron inspirarse en los reguladores de temperatura de las habitaciones de hoteles sofisticados. Viajeros observadores ya advirtieron hace tiempo que esos botones son ficticios; el cliente no puede regular la temperatura, pero se queda más a gusto si cree que puede. Lo que puede perdonarse al empresario que se ha de ganar la vida es más difícil en el caso de una Administración pública.

Opinemos si así nos quedamos más tranquilos. Pero no creamos que alguien va ni a leer nuestra opinión.